Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

domingo, 30 de octubre de 2016

Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura: Sabiduría 11,22-26.12,1-2; Salmo 145(144),1-2.8-9.10-11.13.14; 2ª lectura: Segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,11-12.2,1-2; Evangelio según San Lucas 19,1-10. 

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que, en Jesús, vino a buscar y salvar lo que estaba perdido.

En el texto del evangelio que meditamos hoy, contemplamos otro encuentro de Jesús que cambia la vida de una persona, en este caso, Zaqueo.

A pesar de ser muy rico, Zaqueo era un marginado, porque trabajaba como jefe de recaudadores de impuestos. El Imperio Romano, que en ese momento tenía el dominio sobre el país de Jesús, pedía un impuesto, pero de manera muy astuta, "tercerizaba" la cobranza, haciendo que gente del pueblo hiciera esta labor, a cambio de una retribución que ellos mismos se daban. Muchas veces cobraban más del doble de lo que Roma les solicitaba, lo que los hacía ricos rápidamente, a costa de sus hermanos. Por esto eran considerados como "pecadores públicos", "traidores a la patria" por trabajar para el imperio que los oprimía, y como ladrones, por enriquecerse robando a sus hermanos.

Zaqueo era despreciado por sus compatriotas. Estaba marginado de la vida social, y también de la vida religiosa, y de la relación con Dios. Pero algo en él buscaba otra vida. La riqueza no le había posibilitado ser feliz. Seguramente se había enterado de lo que hacía y decía Jesús, y lo quería ver, solo eso, nada más. El sólo ver a Jesús le bastaba para sentir que otro camino era posible. Por eso, no le importó quedar en ridículo y expuesto a la burla de todos al subirse al sicómoro. Pero Jesús no se deja ganar en generosidad, y por eso, al verlo, lo llama, y le pide para alojarse en su casa, lo que supera ampliamente las expectativas de Zaqueo, y provoca en él una inmensa alegría; pero también, despierta las críticas de la multitud.

Es que, para un judío, compartir la mesa es compartir la condición del otro. Esto quiere decir que Jesús, al alojarse en la casa de Zaqueo se hacía pecador como Zaqueo, y ésto por amor. Es esta actitud misericordiosa de Jesús, es su amor, el que produce el milagro de la conversión de Zaqueo. Jesús no dijo nada, no le pidió nada; solo demostró el rostro misericordioso del Padre, y esta misericordia despertó el deseo del cambio. Zaqueo va más allá de lo que pide la ley, y arriesga quedar en "bancarrota" con tal de permanecer en esa mirada misericordiosa.

Éste es un ejemplo más de la misión de Jesús que, como dice Pablo, "siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza", cumpliendo todas las promesas de Dios, entre ellas la que leímos en el libro de la Sabiduría: "Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida".

De esta manera nos ama, y nos busca cada vez que nos alejamos, y nos recibe cada vez que nos acercamos, porque como dice el salmo: "El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. El Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que están encorvados".

A este Dios que nos ama tanto vamos a pedirle que nos ayude a buscarlo siempre, como Zaqueo, y a María, Madre de Misericordia, le vamos a pedir que nos regale una mirada misericordiosa como la de su Hijo, Jesús, que sabe ver más allá de las apariencias y de los errores, porque mira con amor y misericordia.

sábado, 27 de agosto de 2016

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura:  Eclesiástico 3,17-18.20.28-29; Salmo 68(67),4-5.6-7.10-11; 2ª lectura: Hebreos 12,18-19.22-24; Evangelio según San Lucas 14,1.7-14.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, como lo dice el salmo: es bueno con los pobres y los humildes.

Las lecturas de este domingo nos invitan a revisar nuestra vida en torno a esta virtud de la humildad.

Cuando uno tiene la oportunidad de leer toda la Biblia, se da cuenta que ésta es la pedagogía de Dios: la de manifestar su grandeza y fortaleza en lo débil, en lo pequeño. Y una, y otra vez, Dios se declara cercano del pobre, del que sufre. Esta pedagogía tuvo su expresión máxima en la misma encarnación de Jesús. Como nos lo dice San Pablo, "Él, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza"; "Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor... se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz". En la Cruz, Jesús termina de asumir toda nuestra naturaleza, hasta en sus aspectos más oscuros. En la Cruz, de verdad Jesús se hizo el más pobre de todos, y por su Amor, al resucitar, nos elevó junto a Él, y nos abrió el acceso a la mesa del banquete eterno, donde los últimos serán los primeros.

Por esto, si queremos seguir a Jesús, debemos cargar con nuestra cruz; es decir, también nosotros debemos tener esta actitud de humildad. Esto es lo que nos recuerda el fragmento del libro del Eclesiástico, "realiza tus obras con modestia y serás amado por los que agradan a Dios. Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor, porque el poder del Señor es grande y él es glorificado por los humildes". Esto implica ir contra corriente de una cultura donde se nos transmite que debemos ser número uno en lo que sea; o se es campeón, o no se es nada, empujándonos a una vida llena de frustración, porque es imposible que todos sean número uno. En esa competencia uno se vuelve soberbio, y termina despreciando a los hermanos. Como dice el Eclesiástico, la soberbia es como una planta maligna que echa raíces en nuestro corazón, y no nos deja ser libres ni felices.

Opuesta a esta cultura del éxito, la Cruz de Jesús nos enseña el camino de la verdadera realización; sólo un amor fiel hasta el extremo nos hará felices. 

A este Dios tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a crecer en el amor, sobre todo a los más desfavorecidos; y a María, la Madre humilde por excelencia, le pedimos que nos ayude a crecer en humildad, para que como dice San Pablo, en nuestra debilidad se muestre perfecta la fuerza de Dios.

sábado, 6 de agosto de 2016

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura: Sabiduría 18,6-9; Salmo 33(32),1.12.18-19.20-22; Hebreos 11,1-2.8-19; Evangelio según San Lucas 12,32-48.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que porque nos ama tanto, nos regala el Tesoro del Reino.

El texto del evangelio que meditamos hoy nos invita, por un lado, a buscar el verdadero Tesoro que es el Reino de Dios, y por otro, a permanecer vigilantes y atentos, a no sentirnos satisfechos con la medida de nuestra fe, sino a buscar crecer cada día más.

Comienza con una hermosa frase de Jesús: "No temas, pequeño Rebaño". En ella podemos ver la ternura del Buen Pastor que siente compasión de nosotros, "pequeño rebaño", pequeño en cantidad, pero también por la conciencia de nuestra debilidad, nuestras necesidades, nuestras heridas, nuestros temores, etc. Pero no es una frase arbitraria, como cuando uno dice "no llores", sin dar mayor motivos para no hacerlo. Este "no temas" está acompañado de su causa: "porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino". No debemos temer, porque Dios es gratuito e incondicional; nos acepta con nuestros defectos y virtudes, y porque es bueno, sin que nosotros podamos merecerlo, nos regala su Reino; esto es, ese sueño de Dios en el que todos seremos plenamente felices en plena comunión con Dios y nuestros hermanos. No debemos temer porque conocemos hacia dónde caminamos, y cuál es nuestro horizonte. Éste es nuestro Tesoro, éste es el Tesoro que Jesús nos llama a buscar, un Tesoro que no nos pueden robar y que no se echa a perder porque la fidelidad de Dios lo sostiene.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que busca otros valores; se nos quiere hacer creer que necesitamos cosas que en realidad no necesitamos, se nos quiere hacer creer que la felicidad viene con tal y cual producto, y muchos terminan buscando un tesoro que se corrompe y nos corrompe, un tesoro que se echa a perder, y nos deshumaniza. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de esta tentación, hasta que un día descubrimos que acumulamos cosas sin sentido. Por esto, Jesús nos invita a estar alerta, a vigilar nuestra fe, y nuestra relación con Dios y con los hermanos; a no sentirnos conformes con lo que ya somos, como si fuésemos perfectos; todo esto, con la imagen del señor que vuelve en la noche, del ladrón; en definitiva de su Segunda Venida: estemos atentos como si Jesús fuese a volver de un momento a otro.

De este Tesoro nos habla una "nube de testigos, como nos recuerda la Carta a los Hebreos, y que hoy nos presenta la vida de Abraham, quien teniendo su vida ya resuelta, Dios llama en su ancianidad a emprender un camino nuevo, dejando todas sus seguridades; su pequeño tesoro, en busca del Verdadero Tesoro, la Promesa cuya concreción comienza con su obediencia generosa.

Por esto el salmo nos invita a tomar conciencia de lo dichosos que somos por tener al Señor como nuestro verdadero Tesoro; sus ojos "están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y sustentarlos en el tiempo de indigencia". Por eso "Nuestra alma espera en el Señor; él es nuestra ayuda y nuestro escudo. Nuestro corazón se regocija en él:  nosotros confiamos en su santo Nombre".

A este Dios tan bueno, le vamos a pedir, como dice el salmo, que su amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en Él; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a centrar nuestro corazón en el amor de Dios, que ese Amor sea nuestro Tesoro, y lo que guíe nuestra vida.

domingo, 24 de julio de 2016

Domingo XVII del tiempo ordinario del ciclo C.

1ª lectura: Génesis 18,20-32; Salmo 138(137),1.2a.2b.2c.2d.2e-3.7c.8; Colosenses 2,12-14; Evangelio según San Lucas 11,1-13.

Queridos/as hermanos/as: 

¡Qué bueno es Dios!, que nos escucha siempre cuando lo invocamos. Ésto es lo que nos invitaba a decir la antífona del salmo de hoy, y una de las enseñanzas que, acerca de la oración, nos trasmite la Palabra de Dios.

Muchas personas se quejan de que Dios no los escucha. Esto no es cierto. Como dice el salmo, Él nos escucha siempre cuando lo invocamos, lo que pasa es que nos responde muchas veces de manera distinta a lo que esperamos. Pero siempre lo que nos dé será para nuestro bien; ésta es otra de las enseñanzas que nos trasmite Jesús en el fragmento que meditamos hoy.

En el Evangelio vemos a Jesús rezando. Su manera de rezar es distinta a las de las autoridades religiosas de su época. Su oración es un diálogo de amor con su Padre. Es ésto lo que despierta en los discípulos el deseo de aprender a orar como Jesús lo hace. Jesús, como buen Maestro, les enseña el "Padre Nuestro", una oración de fácil memorización, pero de una profundidad inigualable. Primero nos ayuda a llamar a Dios "Padre". El recitarlo todos los días nos ayuda a recorrer el largo camino que va desde nuestra mente a nuestro corazón, de saber intelectualmente que Dios es nuestro Padre, a vivirlo afectivamente. Segundo, enseña a pedir lo fundamental. Nos enseña a pedir que se cumpla la Voluntad de Dios, es decir, el proyecto de Dios para nuestra vida, y éste es que seamos plenamente felices en comunión con Dios y nuestros hermanos. Luego nos enseña a preocuparnos sólo por lo necesario para el día, "porque el mañana traerá sus propios problemas". A continuación les trasmite la necesidad de perdonar a los hermanos para ser perdonados. 

Luego, a partir de ejemplos nos enseña la necesidad de ser insistentes en la oración, de confiar en que Dios nos dará siempre cosas buenas.

En definitiva: las lecturas de hoy nos llevan a revisar nuestra vida de oración. ¿Nos dirigimos a Dios con la confianza con la que un hijo se dirige a su Padre? ¿Soy consciente que Él siempre me escucha y responde?, ¿o pienso que no me escucha porque no sucede lo que deseo? ¿Qué le pido a Dios? ¿Es lo que más necesito? Cuando oro, ¿pienso en mis hermanos?

A este Dios que es tan bueno le vamos a pedir que nos ayude a crecer en nuestra vida de oración, para que no sea un mero recitar palabras, sino una verdadera relación amorosa con Dios; y a María, Madre de Misericordia, le pedimos que nos regale purificar nuestra mirada para descubrir la presencia amorosa de Dios en nuestra vida.   

viernes, 22 de julio de 2016

22 de julio: Santa María Magdalena.

Cantar de los Cantares 3,1-4a; Salmo 63(62),2.3-4.5-6.8-9; Evangelio según San Juan 20,1-2.11-18. 

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que nos ama y acepta tal como somos, con nuestros defectos y virtudes. Santa María Magdalena es un ejemplo más de esta realidad.

Celebrar la memoria de María Magdalena es celebrar la maravilla del amor de Dios que transforma nuestra vida.

La tradición ha asociado a esta mujer a la prostitución, pero en ninguna parte del evangelio se nos dice tal cosa, sino que el Señor de ella "expulsó siete demonios". Sabemos que el número siete en la Biblia es sinónimo de algo que está completo, acabado; decir que alguien tiene siete demonios es decir que está completamente perdido. María Magdalena era un "caso perdido" para la sociedad de la época de Jesús; pero no así para Dios, que veía en ella a una hija amada, con mucha riqueza para salvar. Con esta mirada Jesús la incluye entre sus discípulas, y sólo esto ya es sanador para ella. Jesús le devuelve su dignidad de persona y de hija de Dios; le ayuda a rescatar de su interior la riqueza que Dios le había regalado y que ella desconocía. Ella es como la mujer del Cantar de los Cantares, que busca al amor de su vida, como dice el salmo, como tierra sedienta, reseca, agostada, sin agua. Pero ha errado en la búsqueda, buscando el amor y la vida fuera de Dios. Esa búsqueda en lugares equivocados la terminó convirtiendo en un "caso perdido". Pero Jesús, el Buen Pastor, la encontró, y la cargó sobre sus hombros. Desde entonces, María Magdalena se convierte en una de las discípulas más cercanas.

El episodio del evangelio nos muestra a María Magdalena en una nueva búsqueda, esta vez, acertada, del amor de su vida. Lo busca de noche, en la noche que le provoca la muerte de su Maestro y Amigo, en la oscuridad de sentido que le provoca este acontecimiento. Un llamado común, "mujer", no la hace reaccionar, pero el ser llamada por su nombre hace que identifique a Jesús, de inmediato. El Evangelio no nos dice qué hizo María al reconocerlo, pero sabemos que se aferró a Él, en una actitud perfectamente normal que provoca el reencuentro con el ser que quiero tanto: como que con su actitud dice "te perdí una vez, ahora nadie me va a alejar de Ti". Sin embargo, Jesús le pide que lo suelte. No es una actitud negativa de Jesús, sino que, como Buen Maestro, sigue enseñando, y ahora le enseña a la discípula que no puede apropiarse de Dios, lo puede amar pero no intentar retenerlo para sí. Este Amor pide comunicarse, y por eso, Jesús la envía a misionar: Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'. La que era un caso perdido, por el Amor de Dios, es transformada en la primera misionera de la Resurrección.

A este Dios tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a tomar conciencia de que Él nos ama y acepta tal como somos, a aceptar a los demás con sus defectos y virtudes; y a María Virgen, Madre de Misericordia, que nos ayude a hacer como María Magdalena, escuchar la Palabra de Jesús, y ponerla en práctica.

sábado, 16 de julio de 2016

Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura: Génesis 18,1-10a; Salmo 15(14),2-3.3-4.5; Colosenses 1,24-28; Evangelio según San Lucas 10,38-42.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y acepta tal como somos, con nuestros defectos y virtudes.
Esto es lo que una vez más, Jesús nos enseña a través de este hermoso fragmento del Evangelio.

Obra del P. Ricardo Ramos
Jesús se encuentra en la casa de sus amigos en Betania. Sólo esto da mucho para meditar: poder contemplar a Jesús con sus amigos, tres hermanos, cada uno con sus peculiaridades, pero que son amados por Jesús sin condiciones; una casa que lo recibe a menudo cuando Jesús viaja a Jerusalén, la capital del poder religioso y político de Israel. Es notable que Jesús elige pasar la noche no en Jerusalén, la casa del poder, sino en Betania, que en hebreo significa la “casa del pobre”. Está a tres kilómetros de Jerusalén, como ir de aquí a Piedras Blancas.

En esta casa se da una escena simple, pero profunda a la vez. Marta cumple con sus deberes de hospitalidad hacia el visitante; su hermana, María, está sentada a los pies de Jesús, escuchando su Palabra, como extasiada. Marta se termina enojando, porque su hermana la dejó sola para los deberes de la atención del huésped, y su amistad y confianza con Jesús le permiten hacerle un reproche: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. Es una reacción muy natural, que seguramente alguna vez nos pasó en nuestra casa. La respuesta de Jesús es la del Buen Maestro y Amigo que la corrige con cariño: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”. Esta respuesta nos permite varias reflexiones.

Marta está tan ocupada, que está perdiendo la oportunidad de disfrutar de la presencia del Amigo. Me hace acordar a cuando uno va a un cumpleaños a saludar a una persona querida, y ésta no para un segundo en la mesa, sino que entra y sale una y otra vez trayendo comida y bebida; al final, uno termina charlando con cualquier otra persona, menos con la que quería. Marta está tan ocupada que está perdiendo la oportunidad de escuchar al Maestro. ¡Tiene a Jesús sentado en su casa! ¡Qué privilegio, que ni siquiera nos da la inteligencia para imaginárnoslo!, y ella se permite desperdiciarlo.

Pero entonces, ¿qué?, ¿Marta tiene que dejar de servir?, ¿y quién se encarga de tantas cosas tan necesarias para la vida cotidiana? El problema de Marta no es lo que hace, sino con qué corazón lo hace; su problema es que está inquieta y agitada, molesta, descentrada. Ella está concentrada en no fallar a las normas de hospitalidad, en no “quedar mal” frente a la visita, más que en la atención amorosa al Amigo que viene de visita. María sabe que con semejante Presencia en la casa, no hay nada más importante que escucharlo. La corrección de Jesús se dirige a las intenciones y el corazón de Marta; y sus palabras fueron escuchadas. En el Evangelio de San Juan, luego de la resurrección de Lázaro, se nos cuenta que los amigos de Betania le ofrecen una cena de agradecimiento, y Marta está… ¡sirviendo! Pero sin agitación ni inquietud, sino con el amor como centro. Marta es un ejemplo más de cómo Jesús nos acepta con nuestros defectos y virtudes. En el mismo Evangelio de Juan se nos muestra cómo es ella, la primera discípula en llegar a la madurez del discipulado. El evangelio nos muestra el proceso del discípulo que en el comienzo necesita ver un signo o milagro que le muestre la gloria de Dios para poder creer; antes de la resurrección de Lázaro nos muestra a Marta creyendo sin ver, y su fe permite que la gloria de Dios se manifieste en el gran signo de la resurrección de su hermano; es también la primera en declarar a Jesús como “el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.

Como dice un Biblista, el P. Fidel Oñoro, lo ideal para nosotros sería servir con el corazón de María, y las manos de Marta; es decir, ser activos como Marta, pero centrados en el amor que María demuestra.

A este Dios que nos ama y acepta tal como somos, le pedimos que nos regale tomar conciencia de cuánto nos ama, y que nos acepta tal como somos; y a María, Madre de Misericordia, que nos regale centrar nuestro corazón en el amor de su Hijo, “la única cosa necesaria”.

domingo, 10 de julio de 2016

Domingo XV del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura: Deuteronomio 30,10-14; Salmo 69(68),14.17.30-31.33-34.36.37; 2ª lectura: Colosenses 1,15-20; Evangelio según San Lucas 10,25-37.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que, en Jesús, es como el buen samaritano para nosotros.

Contemplamos un texto del evangelio de los más conocidos, pero que es bueno analizar en profundidad.
El texto tiene dos partes: el diálogo del maestro de la ley con Jesús, y dentro de éste, la parábola del Buen Samaritano.

Se acerca a Jesús un maestro de la ley, es decir, un referente de la religión judía, que se sabía de memoria el Antiguo Testamento y la innumerable cantidad de normas que los fariseos hicieron derivar de la ley de Moisés. Se acerca a Él no para saber qué piensa Jesús, ni para intercambiar opiniones con Él, sino que lo hace con la intención de poner una prueba a Jesús que lo deje mal parado frente a los demás, y le pregunta qué hacer para heredar la vida eterna. Jesús, de manera brillante una vez más, esquiva la trampa y le devuelve la pregunta para que el maestro conteste según la ley. El maestro le contesta lo que cada judío reza todos los días, el "Shema" (Escucha Israel), que indica el amor a Dios y al prójimo. Jesús, luego de afirmar su respuesta le dice "obra así y alcanzarás la vida". Pero el maestro de la ley no quería quedar en ridículo frente a los demás, y por eso le hace una nueva pregunta: ¿quién es mi prójimo? Jesús le contesta con la parábola del Buen Samaritano.

Jesús nos sitúa en el camino que baja de Jerusalén (a unos más de 500 metro de altura) a Jericó (a unos 240 metros bajo el nivel del mar) de unos casi 30 km. Es un camino transitado, ya que Jerusalén es la capital del gobierno, y Jericó es una ciudad fronteriza, de mucho comercio. Ya hace 2000 años Jesús nos presenta una situación de inseguridad. El camino es conocido por su peligrosidad para quien viaja solo, ya que los ladrones están al acecho. Para la gente de la época de Jesús, le fue muy fácil imaginarse la situación del hombre robado y apaleado en este camino. Lo que sigue son tres ejemplos, de dos actitudes, la indiferencia y la solidaridad. Un sacerdote judío y un levita, los más religiosos, supuestamente, del pueblo, evitan ver al hombre y siguen su camino. Quien se detiene y es solidario es un samaritano, un hombre despreciado por los judíos debido a su origen. Este samaritano hace una obra perfecta con el herido, descripta en siete acciones: "al pasar junto a él, 1) lo vio y 2) se conmovió. Entonces 3) se acercó y 4) vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después 5) lo puso sobre su propia montura, 6) lo condujo a un albergue y 7) se encargó de cuidarlo". Y fue más allá aún: "Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'." El hombre despreciado fue el prójimo del herido, hecho que notó el maestro de la ley. Jesús lo exhorta a obrar de la misma manera.

Pero en una segunda lectura nos podemos dar cuenta de que Jesús fue para nosotros el Buen Samaritano, ya que viendo a la humanidad herida en su relación con Dios. Porque Él se acercó, se encarnó, haciéndose uno de nosotros igual en todo, menos en el pecado; y vendó sus heridas, Jesús sanó a la humanidad herida con su amor fiel hasta la Cruz; después lo puso sobre su propia montura, Él cargó sobre sí todos nuestros pecados y nuestros aspectos más negativos; lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'; Él nos cuida, pagó por todas nuestras deudas, también las futuras, y fue a prepararnos un lugar en el Cielo.

"Ve, y procede tú de la misma manera". Jesús nos invita a que, después de tomar conciencia de su amor que nos sana, seamos para los demás como el Buen Samaritano, estando atentos a las necesidades de los demás y, sobre todo, conduciendo a los demás al Único capaz de sanarnos y salvarnos: Jesús.

A este Dios tan bueno le vamos a pedir que nos ayude a seguir tomando conciencia de su amor; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a ser como Jesús, buenos samaritanos para los demás.