Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Domingo XXII durante el año, ciclo A.

1ª lectura: Jeremías 20,7-9; Salmo 63(62),2.3-4.5-6.8-9; 2ª lectura: Romanos 12,1-2; Evangelio según San Mateo 16,21-27.

 ¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y nos acepta tal como somos. Esto es lo que, una vez más, nos enseña este encuentro entre Jesús y Pedro.

El domingo pasado, el evangelio nos mostraba a nuestro querido Pedro, reconociendo en Jesús al Mesías, al Hijo de Dios; y recibiendo la felicitación del Maestro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". Celebramos una de las mejores facetas de Pedro; pero igual que nosotros, da dos pasos y parece echar por tierra el elogio de Jesús. Hoy vemos a Jesús anunciando su Pasión, y nuestro Pedro se "desubica", sale de su lugar de discípulo, se pone en lugar de maestro para corregir al MaestroPor este motivo Jesús, el mismo que lo elogió, le hace una dura corrección: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de tropiezo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres". Lo llama como al Adversario, como al que se opone a los planes de Dios. Muy bien reflexionaba mucho tiempo después San Ignacio de Loyola: "el mal espíritu muchas veces se disfraza de bien". Detrás de una "buena" intención de querer "cuidar" a Jesús, de querer evitarle un "mal", está la sombría intención del mal espíritu de que Jesús no sea fiel al proyecto del Padre (que sea fiel hasta las últimas consecuencias). Por eso, Jesús enseña a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"; el que quiera ser discípulo debe estar dispuesto a asumir las consecuencias que trae consigo ser fieles a la Voluntad del Padre. Porque, añade: ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Este mismo lema inspirará al mismo San Ignacio a dejar una vida "exitosa", para entregarse por completo al Señor.

San Pablo refuerza esta última idea al invitarnos a no tomar como modelo a este mundo, es decir, a no ser seducidos en la búsqueda del prestigio, del poder y del poseer, sino que, nos dediquemos a discernir cuál es la Voluntad de Dios, o sea, buscar lo que es bueno, agradable y perfecto a sus ojos.

El profeta Jeremías nos invita a dejarnos seducir por el Señor, con la experiencia de que cuando lo hacemos, el amor de Dios es en nuestro corazón como un fuego encerrado, y que mueve a San Pablo a decir ¡Ay de mí si no evangelizo!

El salmista nos comparte su experiencia, que lo es nuestra, de la necesidad de Dios. Lo buscamos ardientemente, como busca el sediento al agua; por Él suspiramos como tierra reseca; porque experimentamos su amor, y sabemos que vale más que la vida, que sólo Él puede saciar nuestra alma, que siempre ha sido nuestra ayuda, que somos felices cuando experimentamos que nuestra alma está unida a Él y que su mano nos sostiene.

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a seguir tomando conciencia de su amor que nos acepta tal como somos; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, Madre del buen discernimiento, que nos ayude a abrir nuestro corazón a la inspiración del Espíritu para elegir lo que es bueno, agradable y perfecto a sus ojos.

sábado, 12 de agosto de 2017

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo A

1ª lectura: Primer Libro de los Reyes 19,9a.11-13a; Salmo 85(84),9ab-10.11-12.13-14; Romanos 9,1-5; Evangelio según San Mateo 14,22-33.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos rescata de nuestras tormentas, de nuestras situaciones difíciles y crisis.  

Una vez más meditamos un evangelio cargado de imágenes y conceptos para reflexionar. Veamos:

Inmediatamente antes de este episodio del evangelio sucedieron dos hechos importantes: la muerte de Juan Bautista y la multiplicación de los panes.

La muerte de Juan Bautista fue para Jesús un episodio que suscitó varios sentimientos, el dolor de perder a su primo y precursor, y que fuera de una manera que no le hacía honor a la vida que llevó (recordemos que estaba preso por denunciar la corrupción de Herodes, y éste lo decapitó a pedido de su hija, luego que ésta lo cautivo con su baile). Jesús quería retirarse pero la gente no lo dejó; y Él, al verlos como ovejas sin pastor (según San Juan), sintió compasión, dejó de lado sus necesidades, les predicó, y obró el milagro de la multiplicación de los panes. 
Luego de este episodio, Jesús obliga a los discípulos a cruzar el lago mientras Él se retira al monte a orar. Jesús nos enseña a confiar en manos de Dios nuestras necesidades, preocupaciones, problemas, como un hijo confía en su padre.

Los discípulos comienzan a vivir una serie de situaciones que sabemos bien qué significan: mar, barco, noche, viento en contra = crisis. Los discípulos que a la luz del día ven a Jesús multiplicar los panes y saciar a más de cinco mil personas, ahora, solos en el barco, en el medio de la noche, y con el viento en contra, entran en crisis. Pero Jesús les sale al encuentro: -"Ánimo, no teman, Soy Yo". Jesús sale a nuestro encuentro en las crisis, nos anima y fortalece.
Pedro pide ir caminando sobre el agua hacia Jesús, Éste se lo concede. Y hay aquí una imagen que invito a meditar con profundidad: mientras Pedro tiene los ojos fijos en Jesús, puede superar las adversidades; cuando se distrae con la fuerza del viento, las olas, las dificultades, se hunde. Pedro nos enseña que en nuestras dificultades y crisis debemos mantener los ojos fijos en Jesús y permanecer firmes en la fe; porque cuando nos distraemos de Él y nos centramos en nosotros mismos, en nuestras dificultades, nuestros sufrimientos, etc., nos hundimos, y este hecho está probado por la psicología.
Cuando Jesús sube a la barca el viento se calma. Cuando atravesemos nuestras "tormentas" debemos estar seguros de que Jesús está con nosotros en el barco; si nos damos cuenta de esto, nuestras tormentas se calman.

Pero, muchas veces no nos damos cuenta de su Presencia, porque esperamos alguna manifestación extraordinaria. Elías, en la primera lectura, nos enseña que Dios no elige manifestarse en los grandes cataclismos, sino en la brisa suave, en una brisa respetuosa; como para decirnos que su Presencia en nuestra vida es una brisa suave, respetuosa de nuestra libertad, y que nos exige tener nuestros "sentidos espirituales" atentos a ella.
Por todo esto, pidamos al Señor como el salmista: "Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación"; ayúdanos a darnos cuenta de tu presencia en nuestra cotidianidad. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que supo perseverar firme en la fe a pesar de las dificultades, que nos ayude también a nosotros a crecer en la fe, para que aún en medio de las dificultades podamos decir: "verdaderamente, Éste es Hijo de Dios".

sábado, 29 de julio de 2017

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo A.

1ª lectura: Primer Libro de los Reyes 3,5-6a.7-12; Salmo 119(118),57.72.76-77.127-128.129-130; 2ª lectura: Carta de San Pablo a los Romanos 8,28-30; Evangelio según San Mateo 13,44-52.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que se nos regala como tesoro escondido en el campo; se nos regala pero de una manera que respeta nuestra libertad, de una manera que implica que decidamos si aceptarlo o no. ¡Qué bueno es Dios!, que siendo el Creador y Rey del universo, es capaz de abajarse de ser aceptado o no por nosotros.

Hemos leído en estos domingos, diversas parábolas de Jesús acerca del Reino de los Cielos. Es necesario en este momento hacer una distinción entre el género de parábolas y el de las alegorías, para tratar de comprender mejor qué quiere enseñar Jesús.
Muchas veces leemos las parábolas como si fueran alegorías, llegando a conclusiones que nos desconciertan. En una alegoría, cada elemento que la integra tiene un significado propio que viene a hacer su aporte al concepto general que se quiere trasmitir. Al analizar las parábolas con esta mentalidad, llegamos a pensar, por ejemplo, en que el dueño de la viña que paga lo mismo al que trabajó todo el día como al que trabajó una sola hora es muy injusto; sin embargo, la parábola quiere enseñar que Dios es gratuito con nosotros, y nos espera hasta último momento. Es que, en la parábola debemos centrarnos en la enseñanza que trasmite y no en los detalles "escenográficos".

Así, la parábola del tesoro escondido y la perla preciosa nos trasmiten un mensaje, y no debemos distraernos en otros detalles.

Primero: el Reino de los Cielos es el cumplimiento de la Voluntad del Padre, esto es, el sueño que Dios tiene para todos nosotros, en el que seremos plenamente felices en comunión con Él y nuestros hermanos. Este Reino se nos regala como un tesoro, pero está escondido, requiere nuestra decisión, nuestra libertad. Segundo: este sueño de Dios para nosotros merece que nos entreguemos completamente, "que vendamos todo lo que tenemos" y "compremos el campo donde está el tesoro". Es importante distinguir que se compra el campo, no el tesoro: el tesoro se nos da gratuitamente, pero espera una decisión libre de nuestra parte.

Si sirve para comprender mejor la imagen, yo viví algo parecido con mi vocación. Mucha gente me ha preguntado por qué si era feliz como maestro, decidí dejar todo para entrar en el Seminario. Es que, aunque me sentía realizado como persona, descubrí que Dios me regalaba una vocación al sacerdocio, en la que iba a ser feliz ayudando a ser felices a los demás. Fue para mí como descubrir un tesoro escondido en el campo. Decidí "vender todo", dejar todo, aceptar el dolor que produce quedarse "sin nada", el desconcierto de abandonar todas mis seguridades, para apropiarme de este tesoro, que para mí es la vocación sacerdotal. Y ciertamente en estos dos meses y medio de ministerio, el Señor ya me ha devuelto el ciento por uno. El Reino de los Cielos, el sueño de Dios para nuestra vida es invalorable, está por encima de todo valor, y por eso, merece que "vendamos todo", para apropiárnoslo.

Algo parecido le pasó al Rey Salomón. Podría haberle pedido a Dios ser el rey más rico y poderoso del planeta, pero pidió discernimiento y sabiduría, para servir según el corazón de Dios.

Este tipo de decisiones exigen coraje y entrega, Sabemos que implica "nadar contra la corriente", y ésto no es fácil. Por eso, San Pablo nos recuerda "que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman", que para los que creemos en Él, no existen situaciones negativas, sino oportunidades de crecer aún en la mayor dificultad, "esperando contra toda esperanza", sabiendo que "todo lo puedo en Aquél que me fortalece".

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a descubrir su tesoro y a "vender todo por él"; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que supo dejar su proyecto de joven hebrea para convertirse en la Madre de Dios, que nos regale discernimiento, para no encandilarnos con tesoros baratos y busquemos al Verdadero Tesoro, el único que puede hacernos plenamente felices.

domingo, 23 de julio de 2017

Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo A.

1ª lectura: Sabiduría 12,13.16-19; Salmo 86(85),5-6.9-10.15-16ª; Romanos 8,26-27; Evangelio según San Mateo 13,24-43. 

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que cuida de todos, que es compasivo y misericordioso.

Si bien la explicación que Jesús hace de la parábola del trigo y la cizaña es clara, al igual que el domingo pasado, creo que es bueno profundizar sobre algunos aspectos para evitar confusiones. 
La parábola nos presenta al dueño de un campo que siembre trigo, pero junto con él crece cizaña sembrada por el adversario. 
La explicación de Jesús utiliza los esquemas que comprendían los judíos de su tiempo, que creo deben ser actualizados para comprender el mensaje de la parábola. Las personas que rodeaban a Jesús en aquél tiempo pensaban en categorías del tipo blanco/negro, bueno/malo, está conmigo o contra mí. Por eso, nuestra primera reacción es pensar, los buenos son como el trigo / los malos son como la cizaña. ¿Dónde entramos nosotros? Y claro, en el trigo. Yo diría: ¡ojalá!, ojalá fuésemos siempre como el trigo, pero la verdad es que muchas veces nos parecemos más a la cizaña. Creo que las dos únicas personas que son trigo puro son Jesús y María, el resto, a veces somos como la cizaña. También debo decir que salvo “el adversario”, es difícil encontrar personas que sean sólo cizaña. Muchas veces las personas menos amables son en el fondo personas profundamente heridas, que muchas veces no se comportan libremente, y que no saben vivir sin compartir su herida dañando a otros. Por todo esto, esta parábola viene a decirnos: “no juzgues, y no serás juzgado”, “con la misma medida en que juzgues a los demás, serás juzgado”; sólo a Dios le está reservado el juicio, porque Él nos conoce en profundidad, y espera hasta el último momento por nuestra conversión; por eso, “no cortes la cizaña…”, no juzgues, eso le está reservado a Dios. 
Pero frente a nuestra propia cizaña, como dice el salmista, Dios es bondadoso, compasivo, indulgente, rico en misericordia, lento para enojarse, rico en amor y fidelidad. Obviamente, Él espera que seamos cada vez mejores personas, pero nos acepta tal como somos, con nuestros defectos y virtudes. Como dice el libro de la Sabiduría, Él cuida de todos, juzga con serenidad, nos gobierna con gran indulgencia, y siempre da lugar al arrepentimiento. Por esto, como dice el salmista, nos postramos para glorificarlo, porque es el único que obra estas maravillas en nosotros.
Ser como el trigo, según nuestra debilidad no es fácil, ya lo sabemos. Por eso, San Pablo viene hoy a darnos ánimo, diciéndonos que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, y ora en nuestro interior con gemidos inefables, que sólo Dios entiende; Él sondea nuestros corazones y pide por nuestras necesidades más hondas. Él nos ayuda a ser cada día mejores discípulos de Jesús, de manera que podamos ser para nuestros hermanos dignos testimonios de su presencia, y así nos convertimos como la levadura en la masa, y a través de nosotros nuestros hermanos se encuentran de alguna manera con Jesús. 
No debemos temer que somos pocos. Dios siempre actúa en lo sencillo, en lo débil, en lo pobre. Él hace que un granito de mostaza se convierta en la más grande de las plantas del huerto. No importa que seamos pocos… pero sí importa que los pocos seamos fermento, mostremos con nuestra vida que seguir a Jesús llena de sentido nuestra vida, y que sólo Él nos puede hacer plenamente felices.
A este Dios tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a seguir tomando conciencia de su amor y misericordia; y a María, Madre del Amor, que nos ayude a abrir nuestro corazón a la acción de Espíritu, para que podamos ser dignos testigos de este mismo Amor.

sábado, 3 de junio de 2017

Pentecostés

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11; Salmo 104(103),1ab.24ac.29bc-30.31.34; Carta I de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13; Evangelio según San Juan 20,19-23. 

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tanto, que nos envía su Espíritu Santo que nos sostiene en la fe y nos ayuda a comprender las enseñanzas de Jesús.

Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, el día en que el Espíritu Santo hace sentir su presencia en los Apóstoles y en toda la Iglesia.

Una vez más celebramos que Dios cumple sus promesas. Hoy cerramos el tiempo de Pascua, en que celebramos el cumplimiento de la gran Promesa hecha a nuestros primeros padres cuando pecaron y rompieron la comunión de Dios, la Promesa de que enviaría un Salvador que sanara nuestras heridas. En Jesús, Dios se hizo uno de nosotros, y por su fidelidad nos salvó; por su Cruz y Resurrección sanó todas nuestras heridas. El domingo pasado celebramos su regreso junto al Padre.
Durante tres años transmitió sus enseñanzas a los discípulos, pero ellos no comprendían muchas de sus palabras. Jesús les prometió que enviaría su Espíritu, que les enseñaría la verdad completa.

Una vez más, hoy Jesús cumple sus promesas, y es formidable ver cómo el Espíritu Santo renueva la vida de estos discípulos; cómo los convierte de personas que no comprendían mucho a personas que descubrieron la profundidad del Evangelio; de personas encerradas por miedo a valientes misioneros de Jesús y su Reino.
No en vano se eligieron como representación del Espíritu al fuego que quema y purifica, al viento que sopla donde quiere y mueve. Con razón el salmista exclama: "Señor, Dios mío, ¡qué grande eres!

Este mismo Espíritu nos regaló la fe, y llena la Iglesia con sus dones, nos permite creer en Jesús y nos sostiene en la esperanza.

Vamos a dar gracias al Señor por regalarnos su Espíritu y le vamos a pedir que nos ayude a ser dóciles a Él. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que mantuvo a la comunidad de los apóstoles unidos en oración a la espera del Espíritu, ella que escuchó y obedeció, nos ayude a estar abiertos al Espíritu, de manera que podamos decir: "Envía, Señor, tu Espíritu. Renueva nuestra vida, renueva la faz de la tierra.

domingo, 28 de mayo de 2017

Solemnidad de la Ascensión del Señor.

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 1,1-11; Salmo 47(46),2-3.6-9; 2ª lectura: Efesios 1,17-23; Evangelio según San Mateo 28,16-20.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es fiel a sus promesas.

Celebramos hoy la Ascensión del Señor, el Regreso de Jesús junto al Padre, un nuevo cumplimiento de la Promesa.

Como he dicho otras veces, el plan de Dios para la humanidad es un plan de felicidad en comunión con Él y con los hermanos. Pero nuestros primeros padres se hicieron otro proyecto y rompieron la comunión con Dios, hecho que conocemos con el nombre de pecado original. La ruptura de la relación con Dios trajo como consecuencia la ruptura de las demás relaciones: entre los seres humanos; entre el ser humano y la Creación; y del ser humano consigo mismo. Nuestra naturaleza quedó herida. Pero inmediatamente, Dios promete el envío de un Salvador que sanará todas las heridas. Ésta es la gran Promesa que Israel esperará durante mucho tiempo. 

Esta Promesa se cumplió definitivamente en Jesús. En Él, Dios se hizo uno de nosotros, igual en todo, menos en el pecado; y siendo fiel al proyecto de amor del Padre hasta la muerte y muerte de Cruz, nos reconcilió con Dios, sanó todas nuestras heridas y nos abrió el camino de salvación. Y Dios lo resucitó al tercer día, cumpliendo sus promesas.

Con la Ascensión se cierra el círculo, que hermosamente describió san Pablo en su Carta a los Filipenses: “Jesucristo, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,6-11). Jesús salió del Padre, se hizo igual a nosotros, nos salvó, volvió al Padre, y ahora nos espera, preparándonos un lugar para ir con Él.

Jesús nos sanó y salvó; en Él Dios cumplió todas sus promesas. Pero nos salvó para vivir en comunión con Él y nuestros hermanos, porque el amor sano sólo sabe vivir comunicándose. Por eso, como Jesús envió a sus discípulos a todo el mundo a anunciar las obras de su amor, también nos envía a nosotros para ser mensajeros de su amor hacia tantos hermanos que viven angustiados, sin sentido, en oscuridad, y necesitan saber cuánto los ama Dios.

Es cierto que esta misión no es fácil, y muchas veces nuestros propios problemas nos paralizan, pero, como leímos en los Hechos de los Apóstoles, Jesús nos prometió enviar la fuerza del Espíritu Santo, para ser sus testigos en todo el mundo. El cumplimiento de esta promesa la celebraremos el próximo domingo, en Pentecostés.

A este Dios que nos ama tanto, vamos a pedirle que nos ayude a tomar conciencia del cumplimiento de sus promesas en nuestra vida, y a María, primera misionera de su amor, que nos ayude a tener la valentía de anunciar a nuestros hermanos cuánto nos ama Dios.

sábado, 25 de marzo de 2017

Solemnidad de la Anunciación.

1ª lectura:  Isaías 7,10-14.8,10c; Salmo 40(39),7-8.9.10.11; Hebreos 10,4-10; Evangelio según San Lucas 1,26-38.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que en Jesús se hizo uno de nosotros igual en todo, menos en el pecado.

Celebramos hoy la Anunciación del Señor, es decir, el momento en que el Ángel le anunció a María de que iba a ser la Madre de Dios y, gracias al Sí de María, es también el momento de la Encarnación del Salvador del mundo. Celebramos que Dios es fiel y cumple sus promesas.

Hoy se cumple la Promesa hecha a nuestros primeros padres, luego de que rompieran su relación con Dios por el pecado original, y dejaran a la humanidad herida en su naturaleza: la Promesa de que vendría un Salvador que sanaría a la humanidad herida.

Esta Promesa se transmitió de generación en generación, y profetas como Isaías comenzaron a anunciar la manera en que se iba a cumplir: "Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emmanuel. Porque Dios está con nosotros."

Ya que nosotros no fuimos capaces de reconciliarnos con Él, fue Él el que se hizo uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado, para demostrarnos que la fidelidad es posible. Desde entonces el ser humano no puede decir que está solo, "Porque Dios está con nosotros."   

Es un misterio inmenso: el Creador y Rey del Universo, por amor se hizo el más pequeño e indefenso en un bebé. Él, que lo puede todo, eligió necesitar de nosotros, de una madre y un padre que lo cuidaran. Él, siendo el más rico, por amor, se hizo el más pobre.

Este misterio de la Encarnación está estrechamente unido al  de la Pasión que nos disponemos a celebrar la próxima semana. En la Cruz, Jesús se hace el último, y asume lo más profundo de nuestra humanidad. En la Cruz, Jesús asume nuestra oscuridad, nuestra falta de amor, nuestra culpa, nuestro pecado y nuestra muerte; y por su amor fiel, en la Resurrección lo cambia cor luz, perdón, sanación y vida, "porque no hay nada imposible para Dios". 

A este Dios que nos ama tanto, vamos a pedirle que nos ayude a abrazar y amar este misterio de su Encarnación; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que nos regale una disponibilidad al Espíritu como la suya, para que podamos decir como ella, "Yo soy la servidora/el servidor del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho".