Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

sábado, 3 de junio de 2017

Pentecostés

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11; Salmo 104(103),1ab.24ac.29bc-30.31.34; Carta I de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13; Evangelio según San Juan 20,19-23. 

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tanto, que nos envía su Espíritu Santo que nos sostiene en la fe y nos ayuda a comprender las enseñanzas de Jesús.

Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, el día en que el Espíritu Santo hace sentir su presencia en los Apóstoles y en toda la Iglesia.

Una vez más celebramos que Dios cumple sus promesas. Hoy cerramos el tiempo de Pascua, en que celebramos el cumplimiento de la gran Promesa hecha a nuestros primeros padres cuando pecaron y rompieron la comunión de Dios, la Promesa de que enviaría un Salvador que sanara nuestras heridas. En Jesús, Dios se hizo uno de nosotros, y por su fidelidad nos salvó; por su Cruz y Resurrección sanó todas nuestras heridas. El domingo pasado celebramos su regreso junto al Padre.
Durante tres años transmitió sus enseñanzas a los discípulos, pero ellos no comprendían muchas de sus palabras. Jesús les prometió que enviaría su Espíritu, que les enseñaría la verdad completa.

Una vez más, hoy Jesús cumple sus promesas, y es formidable ver cómo el Espíritu Santo renueva la vida de estos discípulos; cómo los convierte de personas que no comprendían mucho a personas que descubrieron la profundidad del Evangelio; de personas encerradas por miedo a valientes misioneros de Jesús y su Reino.
No en vano se eligieron como representación del Espíritu al fuego que quema y purifica, al viento que sopla donde quiere y mueve. Con razón el salmista exclama: "Señor, Dios mío, ¡qué grande eres!

Este mismo Espíritu nos regaló la fe, y llena la Iglesia con sus dones, nos permite creer en Jesús y nos sostiene en la esperanza.

Vamos a dar gracias al Señor por regalarnos su Espíritu y le vamos a pedir que nos ayude a ser dóciles a Él. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que mantuvo a la comunidad de los apóstoles unidos en oración a la espera del Espíritu, ella que escuchó y obedeció, nos ayude a estar abiertos al Espíritu, de manera que podamos decir: "Envía, Señor, tu Espíritu. Renueva nuestra vida, renueva la faz de la tierra.

domingo, 28 de mayo de 2017

Solemnidad de la Ascensión del Señor.

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 1,1-11; Salmo 47(46),2-3.6-9; 2ª lectura: Efesios 1,17-23; Evangelio según San Mateo 28,16-20.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es fiel a sus promesas.

Celebramos hoy la Ascensión del Señor, el Regreso de Jesús junto al Padre, un nuevo cumplimiento de la Promesa.

Como he dicho otras veces, el plan de Dios para la humanidad es un plan de felicidad en comunión con Él y con los hermanos. Pero nuestros primeros padres se hicieron otro proyecto y rompieron la comunión con Dios, hecho que conocemos con el nombre de pecado original. La ruptura de la relación con Dios trajo como consecuencia la ruptura de las demás relaciones: entre los seres humanos; entre el ser humano y la Creación; y del ser humano consigo mismo. Nuestra naturaleza quedó herida. Pero inmediatamente, Dios promete el envío de un Salvador que sanará todas las heridas. Ésta es la gran Promesa que Israel esperará durante mucho tiempo. 

Esta Promesa se cumplió definitivamente en Jesús. En Él, Dios se hizo uno de nosotros, igual en todo, menos en el pecado; y siendo fiel al proyecto de amor del Padre hasta la muerte y muerte de Cruz, nos reconcilió con Dios, sanó todas nuestras heridas y nos abrió el camino de salvación. Y Dios lo resucitó al tercer día, cumpliendo sus promesas.

Con la Ascensión se cierra el círculo, que hermosamente describió san Pablo en su Carta a los Filipenses: “Jesucristo, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,6-11). Jesús salió del Padre, se hizo igual a nosotros, nos salvó, volvió al Padre, y ahora nos espera, preparándonos un lugar para ir con Él.

Jesús nos sanó y salvó; en Él Dios cumplió todas sus promesas. Pero nos salvó para vivir en comunión con Él y nuestros hermanos, porque el amor sano sólo sabe vivir comunicándose. Por eso, como Jesús envió a sus discípulos a todo el mundo a anunciar las obras de su amor, también nos envía a nosotros para ser mensajeros de su amor hacia tantos hermanos que viven angustiados, sin sentido, en oscuridad, y necesitan saber cuánto los ama Dios.

Es cierto que esta misión no es fácil, y muchas veces nuestros propios problemas nos paralizan, pero, como leímos en los Hechos de los Apóstoles, Jesús nos prometió enviar la fuerza del Espíritu Santo, para ser sus testigos en todo el mundo. El cumplimiento de esta promesa la celebraremos el próximo domingo, en Pentecostés.

A este Dios que nos ama tanto, vamos a pedirle que nos ayude a tomar conciencia del cumplimiento de sus promesas en nuestra vida, y a María, primera misionera de su amor, que nos ayude a tener la valentía de anunciar a nuestros hermanos cuánto nos ama Dios.

sábado, 25 de marzo de 2017

Solemnidad de la Anunciación.

1ª lectura:  Isaías 7,10-14.8,10c; Salmo 40(39),7-8.9.10.11; Hebreos 10,4-10; Evangelio según San Lucas 1,26-38.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que en Jesús se hizo uno de nosotros igual en todo, menos en el pecado.

Celebramos hoy la Anunciación del Señor, es decir, el momento en que el Ángel le anunció a María de que iba a ser la Madre de Dios y, gracias al Sí de María, es también el momento de la Encarnación del Salvador del mundo. Celebramos que Dios es fiel y cumple sus promesas.

Hoy se cumple la Promesa hecha a nuestros primeros padres, luego de que rompieran su relación con Dios por el pecado original, y dejaran a la humanidad herida en su naturaleza: la Promesa de que vendría un Salvador que sanaría a la humanidad herida.

Esta Promesa se transmitió de generación en generación, y profetas como Isaías comenzaron a anunciar la manera en que se iba a cumplir: "Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emmanuel. Porque Dios está con nosotros."

Ya que nosotros no fuimos capaces de reconciliarnos con Él, fue Él el que se hizo uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado, para demostrarnos que la fidelidad es posible. Desde entonces el ser humano no puede decir que está solo, "Porque Dios está con nosotros."   

Es un misterio inmenso: el Creador y Rey del Universo, por amor se hizo el más pequeño e indefenso en un bebé. Él, que lo puede todo, eligió necesitar de nosotros, de una madre y un padre que lo cuidaran. Él, siendo el más rico, por amor, se hizo el más pobre.

Este misterio de la Encarnación está estrechamente unido al  de la Pasión que nos disponemos a celebrar la próxima semana. En la Cruz, Jesús se hace el último, y asume lo más profundo de nuestra humanidad. En la Cruz, Jesús asume nuestra oscuridad, nuestra falta de amor, nuestra culpa, nuestro pecado y nuestra muerte; y por su amor fiel, en la Resurrección lo cambia cor luz, perdón, sanación y vida, "porque no hay nada imposible para Dios". 

A este Dios que nos ama tanto, vamos a pedirle que nos ayude a abrazar y amar este misterio de su Encarnación; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que nos regale una disponibilidad al Espíritu como la suya, para que podamos decir como ella, "Yo soy la servidora/el servidor del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho".  

sábado, 3 de diciembre de 2016

Domingo II de Adviento, ciclo A.

1ª lectura: Is 11,1-10; Sal 72(71),1-2.7-8.12-13.17; 2ª lectura: Romanos 15,4-9; Evangelio: Mateo 3,1-12.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es fiel a su Palabra y cumple su Promesa, trayéndonos la paz y la reconciliación.

¿Qué Promesa? Permítanme que lo repita una vez más. El proyecto de Dios fue crearnos por amor, para amar y ser felices, en plena unión con Él y nuestros hermanos. Pero nuestros primeros antepasados rompieron la relación con Dios, hecho que conocemos con el nombre de Pecado Original, provocando que nuestra naturaleza humana quedase herida y no pudiese acceder a la felicidad. Pero inmediatamente, Dios prometió un Salvador que reconciliaría todas las cosas consigo. Desde ese momento comenzó el tiempo de la espera, marcado por la fidelidad de Dios, y la fragilidad e infidelidad del ser humano. Esta Promesa se cumplió en Jesús, a cuya venida en Navidad nos estamos preparando en este Adviento.

La profecía de Isaías que leemos hoy, es una expresión de esta Promesa. El Mesías viene a traer paz y armonía, viene a integrar y reconciliar opuestos, y a establecer un reinado de justicia, pero no como la nuestra que se basa en lo superficial, en las evidencias, sino que comprende y conoce el corazón de la persona. 

El domingo pasado las lecturas nos invitaban a estar estar en vela y orar. Hoy nos invitan a preparar el camino y el corazón a la llegada del Señor.

Preparemos el camino. San Pablo nos da una serie de recomendaciones que nos ayudan a crecer en la relación con los demás, y en especial a crecer como comunidad: tener los mismos sentimientos unos hacia otros; ser mutuamente acogedores; a ejemplo de Jesús, para que tengamos "un solo corazón y una sola voz", característica fundamental de las primeras comunidades cristianas. También nos ayuda a ver cómo la Palabra de Dios nos da constancia y consuelo de manera que mantengamos la esperanza.

Es ésto, lo que hacía San Juan Bautista, predicando un bautismo para el perdón de los pecados y el cambio de vida, para que el pueblo se hallase en paz con Dios. Pero a este bautismo le faltaba algo fundamental. En este bautismo sólo se perdonaban los pecados, y permanecer en ese estado de pureza dependía en exclusivo de las personas, y... conocemos cuán débil es el ser humano.

Juan anunciaba la llegada de Aquél que bautizará con Espíritu Santo, no sólo para el perdón de los pecados, sino para que su Espíritu habite en nosotros y  nos ayude a permanecer fieles.

Estén prevenidos... preparen el camino... está cerca nuestra salvación.

A este Dios bueno y fiel, vamos a pedirle que nos regale su gracia para prepararnos y permanecer fieles a su voluntad; y a María, nuestra Madre Inmaculada, que nos cuide con su ternura para que sepamos evitar las tentaciones, y así, la Navidad nos encuentre en paz con Dios.

domingo, 30 de octubre de 2016

Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura: Sabiduría 11,22-26.12,1-2; Salmo 145(144),1-2.8-9.10-11.13.14; 2ª lectura: Segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,11-12.2,1-2; Evangelio según San Lucas 19,1-10. 

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que, en Jesús, vino a buscar y salvar lo que estaba perdido.

En el texto del evangelio que meditamos hoy, contemplamos otro encuentro de Jesús que cambia la vida de una persona, en este caso, Zaqueo.

A pesar de ser muy rico, Zaqueo era un marginado, porque trabajaba como jefe de recaudadores de impuestos. El Imperio Romano, que en ese momento tenía el dominio sobre el país de Jesús, pedía un impuesto, pero de manera muy astuta, "tercerizaba" la cobranza, haciendo que gente del pueblo hiciera esta labor, a cambio de una retribución que ellos mismos se daban. Muchas veces cobraban más del doble de lo que Roma les solicitaba, lo que los hacía ricos rápidamente, a costa de sus hermanos. Por esto eran considerados como "pecadores públicos", "traidores a la patria" por trabajar para el imperio que los oprimía, y como ladrones, por enriquecerse robando a sus hermanos.

Zaqueo era despreciado por sus compatriotas. Estaba marginado de la vida social, y también de la vida religiosa, y de la relación con Dios. Pero algo en él buscaba otra vida. La riqueza no le había posibilitado ser feliz. Seguramente se había enterado de lo que hacía y decía Jesús, y lo quería ver, solo eso, nada más. El sólo ver a Jesús le bastaba para sentir que otro camino era posible. Por eso, no le importó quedar en ridículo y expuesto a la burla de todos al subirse al sicómoro. Pero Jesús no se deja ganar en generosidad, y por eso, al verlo, lo llama, y le pide para alojarse en su casa, lo que supera ampliamente las expectativas de Zaqueo, y provoca en él una inmensa alegría; pero también, despierta las críticas de la multitud.

Es que, para un judío, compartir la mesa es compartir la condición del otro. Esto quiere decir que Jesús, al alojarse en la casa de Zaqueo se hacía pecador como Zaqueo, y ésto por amor. Es esta actitud misericordiosa de Jesús, es su amor, el que produce el milagro de la conversión de Zaqueo. Jesús no dijo nada, no le pidió nada; solo demostró el rostro misericordioso del Padre, y esta misericordia despertó el deseo del cambio. Zaqueo va más allá de lo que pide la ley, y arriesga quedar en "bancarrota" con tal de permanecer en esa mirada misericordiosa.

Éste es un ejemplo más de la misión de Jesús que, como dice Pablo, "siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza", cumpliendo todas las promesas de Dios, entre ellas la que leímos en el libro de la Sabiduría: "Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida".

De esta manera nos ama, y nos busca cada vez que nos alejamos, y nos recibe cada vez que nos acercamos, porque como dice el salmo: "El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. El Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que están encorvados".

A este Dios que nos ama tanto vamos a pedirle que nos ayude a buscarlo siempre, como Zaqueo, y a María, Madre de Misericordia, le vamos a pedir que nos regale una mirada misericordiosa como la de su Hijo, Jesús, que sabe ver más allá de las apariencias y de los errores, porque mira con amor y misericordia.

sábado, 27 de agosto de 2016

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura:  Eclesiástico 3,17-18.20.28-29; Salmo 68(67),4-5.6-7.10-11; 2ª lectura: Hebreos 12,18-19.22-24; Evangelio según San Lucas 14,1.7-14.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, como lo dice el salmo: es bueno con los pobres y los humildes.

Las lecturas de este domingo nos invitan a revisar nuestra vida en torno a esta virtud de la humildad.

Cuando uno tiene la oportunidad de leer toda la Biblia, se da cuenta que ésta es la pedagogía de Dios: la de manifestar su grandeza y fortaleza en lo débil, en lo pequeño. Y una, y otra vez, Dios se declara cercano del pobre, del que sufre. Esta pedagogía tuvo su expresión máxima en la misma encarnación de Jesús. Como nos lo dice San Pablo, "Él, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza"; "Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor... se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz". En la Cruz, Jesús termina de asumir toda nuestra naturaleza, hasta en sus aspectos más oscuros. En la Cruz, de verdad Jesús se hizo el más pobre de todos, y por su Amor, al resucitar, nos elevó junto a Él, y nos abrió el acceso a la mesa del banquete eterno, donde los últimos serán los primeros.

Por esto, si queremos seguir a Jesús, debemos cargar con nuestra cruz; es decir, también nosotros debemos tener esta actitud de humildad. Esto es lo que nos recuerda el fragmento del libro del Eclesiástico, "realiza tus obras con modestia y serás amado por los que agradan a Dios. Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor, porque el poder del Señor es grande y él es glorificado por los humildes". Esto implica ir contra corriente de una cultura donde se nos transmite que debemos ser número uno en lo que sea; o se es campeón, o no se es nada, empujándonos a una vida llena de frustración, porque es imposible que todos sean número uno. En esa competencia uno se vuelve soberbio, y termina despreciando a los hermanos. Como dice el Eclesiástico, la soberbia es como una planta maligna que echa raíces en nuestro corazón, y no nos deja ser libres ni felices.

Opuesta a esta cultura del éxito, la Cruz de Jesús nos enseña el camino de la verdadera realización; sólo un amor fiel hasta el extremo nos hará felices. 

A este Dios tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a crecer en el amor, sobre todo a los más desfavorecidos; y a María, la Madre humilde por excelencia, le pedimos que nos ayude a crecer en humildad, para que como dice San Pablo, en nuestra debilidad se muestre perfecta la fuerza de Dios.

sábado, 6 de agosto de 2016

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura: Sabiduría 18,6-9; Salmo 33(32),1.12.18-19.20-22; Hebreos 11,1-2.8-19; Evangelio según San Lucas 12,32-48.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que porque nos ama tanto, nos regala el Tesoro del Reino.

El texto del evangelio que meditamos hoy nos invita, por un lado, a buscar el verdadero Tesoro que es el Reino de Dios, y por otro, a permanecer vigilantes y atentos, a no sentirnos satisfechos con la medida de nuestra fe, sino a buscar crecer cada día más.

Comienza con una hermosa frase de Jesús: "No temas, pequeño Rebaño". En ella podemos ver la ternura del Buen Pastor que siente compasión de nosotros, "pequeño rebaño", pequeño en cantidad, pero también por la conciencia de nuestra debilidad, nuestras necesidades, nuestras heridas, nuestros temores, etc. Pero no es una frase arbitraria, como cuando uno dice "no llores", sin dar mayor motivos para no hacerlo. Este "no temas" está acompañado de su causa: "porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino". No debemos temer, porque Dios es gratuito e incondicional; nos acepta con nuestros defectos y virtudes, y porque es bueno, sin que nosotros podamos merecerlo, nos regala su Reino; esto es, ese sueño de Dios en el que todos seremos plenamente felices en plena comunión con Dios y nuestros hermanos. No debemos temer porque conocemos hacia dónde caminamos, y cuál es nuestro horizonte. Éste es nuestro Tesoro, éste es el Tesoro que Jesús nos llama a buscar, un Tesoro que no nos pueden robar y que no se echa a perder porque la fidelidad de Dios lo sostiene.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que busca otros valores; se nos quiere hacer creer que necesitamos cosas que en realidad no necesitamos, se nos quiere hacer creer que la felicidad viene con tal y cual producto, y muchos terminan buscando un tesoro que se corrompe y nos corrompe, un tesoro que se echa a perder, y nos deshumaniza. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de esta tentación, hasta que un día descubrimos que acumulamos cosas sin sentido. Por esto, Jesús nos invita a estar alerta, a vigilar nuestra fe, y nuestra relación con Dios y con los hermanos; a no sentirnos conformes con lo que ya somos, como si fuésemos perfectos; todo esto, con la imagen del señor que vuelve en la noche, del ladrón; en definitiva de su Segunda Venida: estemos atentos como si Jesús fuese a volver de un momento a otro.

De este Tesoro nos habla una "nube de testigos, como nos recuerda la Carta a los Hebreos, y que hoy nos presenta la vida de Abraham, quien teniendo su vida ya resuelta, Dios llama en su ancianidad a emprender un camino nuevo, dejando todas sus seguridades; su pequeño tesoro, en busca del Verdadero Tesoro, la Promesa cuya concreción comienza con su obediencia generosa.

Por esto el salmo nos invita a tomar conciencia de lo dichosos que somos por tener al Señor como nuestro verdadero Tesoro; sus ojos "están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y sustentarlos en el tiempo de indigencia". Por eso "Nuestra alma espera en el Señor; él es nuestra ayuda y nuestro escudo. Nuestro corazón se regocija en él:  nosotros confiamos en su santo Nombre".

A este Dios tan bueno, le vamos a pedir, como dice el salmo, que su amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en Él; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a centrar nuestro corazón en el amor de Dios, que ese Amor sea nuestro Tesoro, y lo que guíe nuestra vida.