Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

miércoles, 16 de julio de 2014

Domingo XV del Tiempo Ordinario Ciclo A.

1ª lectura: Isaías 55,10-11; Salmo 65(64),10abcd.10e-11.12-13.14; Romanos 8,18-23; Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tan gratuitamente, que llena la tierra de su amor, como el sembrador que esparce la semilla por todos lados.


No sé nada de cultivos, pero me imagino que en un mundo que busca maximizar el éxito, ahorrando recursos, seguramente el sembrador de la parábola será visto como alguien despreocupado, derrochón, y hasta tonto. ¿A quién se le ocurre esparcir la semilla fuera del terreno fértil, donde seguro crecerá? ¿No le importa desperdiciar tanta semilla fuera de él?
Pero Jesús no quiere dar clases de agricultura, sino que busca enseñar la Verdad de su Padre.
Dios es el incondicional por excelencia, y derrama su amor sobre toda la Tierra, aún sobre aquellos que lo rechazan o pensamos que por sus actitudes no son dignos del amor de Dios; Él "no escatima en gastos"; siembra con generosidad, y gratuitamente. Y respeta el crecimiento de la semilla, no fuerza sus tiempos.
Pero el resultado es dispar. Jesús advierte, que hay gente que mira pero no ve; hay gente que oye pero no escucha la Palabra; y aún así, Él sigue regalando su amor, gratuitamente.
Ahora bien, la explicación que hace Jesús de la parábola, puede ser malentendida, y podemos llegar a creer que Jesús establece una categoría de personas, los indiferentes como la semilla que cayó en el camino; los superficiales, como la semilla que cayó entre las piedras; los que dejan que sus problemas o las riquezas ahoguen su fe; y los que escuchan y viven la Palabra dando fruto como el terreno fértil. Siguiendo este razonamiento podemos llegar a car en el error de ubicarnos en el grupo de los que producen fruto, y digo error, porque si bien es lo deseable, por nuestra fragilidad no es una realidad estable, no siempre somos terreno fértil.
Como alguien me enseñó, en realidad somos todos los terrenos: a veces soy indiferente, superficial, desconfiado, y -gracias a Dios- también produzco fruto; y, como dijimos antes, Él sigue derramando su amor gratuitamente, aún cuando nos comportemos con indiferencia, etc.
El profeta Isaías nos anima, recordándonos que la Palabra y el amor de Dios se derraman como lluvia sobre toda la Creación, y no vuelven a Él vacíos, sin producir fruto. Aunque a nosotros nos gustaría ver frutos en muchas de nuestras acciones, la realidad es que raras veces los vemos. Sólo Dios conoce el crecimiento de la semilla, y los frutos que se producen. Por eso decía que Isaías nos da ánimo, al saber que el amor no vuelve a Dios vacío. Tampoco nuestros actos de amor quedan en el vacío, aunque aquí y ahora no veamos sus resultados.
El salmista nos cuenta de forma poética de qué manera cuida Dios el terreno, con qué cariño y respeto prepara nuestro corazón, para recibir -sin forzar- su Palabra.
Al ser "todos los terrenos", a veces nuestras preocupaciones y problemas nos ahogan. San Pablo también nos dirige hoy una Palabra de esperanza, ya que, nos dice que "los sufrimientos de hoy no se comparan con la gloria que viviremos un día junto a Dios"; la última palabra en nuestra vida no la tiene el mal y la muerte; la última palabra la tiene el amor de Dios y la Vida, y si alguien duda de esto, mire la Cruz, gracias a la cual nos salvó, y nos reconcilió con Dios.
A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que siga derramando su Gracia sobre nosotros, que nos haga terreno fértil para su Palabra; y a María, nuestra Madre, que nos ayude a tener un corazón dispuesto para, como ella, dejar que el Espíritu se haga fecundo en nosotros.