Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

sábado, 5 de marzo de 2016

Domingo IV de cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Josue 5,9a.10-12; Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7; 2ª lectura: Carta II de San Pablo a los Corintios 5,17-21; Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que en su infinita misericordia, como Padre bueno, nos espera con los brazos abiertos para recibirnos cada vez que nos alejamos.

El texto del evangelio que hoy meditamos, es la llamada "Parábola del Hijo Pródigo", y es un texto que nos daría para hacer un retiro espiritual, dada la profundidad de su simbología; pero intentaré no extenderme mucho.

Recordemos que en la parábola lo que importa es el mensaje que quiere transmitir, a diferencia de la alegoría donde cada elemento tiene su propio significado. Por esto, no tenemos que dejarnos distraer por la "escenografía". 

Nuestra primera reacción a la parábola, seguramente será ponernos del lugar del hijo mayor, y reclamar ante la "injusticia" que significa el festejo del regreso del irresponsable del hijo menor. Pero ésta, es la reacción normal ante una lectura superficial del texto; cuando uno profundiza en él, descubre una historia muy distinta.

Es cierto que las actitudes del hijo menor son muy reprochables: pide su parte de la herencia, que iba a recibir luego de fallecido el padre, es como si dijera que para él, ya está muerto; se va a un país lejano, rompe la comunión con su familia, es como si renegara de ella, y de la vida compartida con ella; gastó todos sus bienes en una vida que lo deshumanizó; y en el fondo de la crisis, en vez de pensar en pedir perdón al padre, piensa en que éste lo trate como a uno de sus trabajadores.

Pero miremos el texto como Jesús quiere que lo miremos. El padre de la parábola es Dios Padre, que nos regala la vida en herencia, sin merecerlo de nuestra parte. ¿Quién es el hijo menor? ¿Quién es el mayor?

El hijo menor representa al hijo que rompe la relación con el Padre, es decir, peca. Ahora bien, los únicos dos que nunca rompieron su relación con Dios son Jesús y María; por lo tanto, el hijo menor nos representa a nosotros. Tenemos que admitirlo, para poder estar dispuestos a recibir el abrazo del perdón del Padre. En caso contrario, nos creeremos perfectos, como el hijo mayor, que aparentemente nunca se alejó del Padre, pero por su reproche demuestra que todo este tiempo que permaneció junto a él, estaba a disgusto, esperando cobrar una recompensa. Sin saberlo, afectivamente, el hijo mayor también se había ido lejos.

Todo esto nos enseña dos etapas de un proceso: primero, estamos llamados a reconocer con sinceridad nuestra debilidad y pecado para; segundo, abrirnos al perdón que Dios nos quiere ofrecer. Por esto, San Pablo nos dice que "El que vive en Cristo es una nueva criatura"... porque Dios "nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación"... "somos, entonces, embajadores de Cristo"... para aconsejar a nuestros hermanos: "Déjense reconciliar con Dios".

El amor misericordioso de Dios es un regalo tan grande que nada que hagamos nos hace merecedores de él: pero es un regalo, es gratuito. Por eso, el salmista nos invita a decir: "Bendeciré al Señor en todo tiempo... Busqué al Señor: El me respondió y me libró de todos mis temores, que lo oigan los humildes y se alegren... Miren hacia Él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán. Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias". Pero como digo siempre: es un regalo y una tarea. Estamos llamados a ser misioneros de este amor, que es el único que nos sana y salva.

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale reconocer nuestra debilidad y pecado, para abrirnos a su abrazo misericordioso; y a María, Madre de misericordia, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor, para tantos hermanos y hermanas que tanto lo necesitan.

sábado, 27 de febrero de 2016

Domingo III de cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Éxodo 3,1-8a.13-15; Salmo 103(102),1-2.3-4.6-7.8.11; 2ª lectura: Carta I de San Pablo a los Corintios 10,1-6.10-12; Evangelio según San Lucas 13,1-9.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es misericordioso y nos tiene una paciencia infinita.

Seguimos avanzando en este Tiempo de Cuaresma, y el texto de hoy nos invita a meditar sobre la paciencia y misericordia que Dios nos tiene.

La mentalidad de los judíos de la época de Jesús era muy concreta, y consideraba que cada uno tenía la vida que merecía; por lo tanto, a los que le iba bien eran bendecidos por Dios, y a los que le iba mal era debido a su pecado o el de sus padres. Es un razonamiento simplista, completamente falso, como lo demuestra la experiencia cotidiana, o como ya lo había hecho la Sagrada Escritura en el libro de Job, tratando el sufrimiento del inocente. Pero no nos escandalicemos de aquellos judíos, porque aún hoy mucha gente, y mucha cristiana, sigue sosteniendo esto, y cuando algún hecho negativo nos sorprende, muchas veces es nuestra primera reacción "algo habrá hecho", "se lo merecía", etc. Insisto en que la realidad nos muestra día a día la falsedad de este razonamiento, cuando vemos tantos inocentes sufrir y tantos culpables teniendo éxito; y ésto sin que Dios tenga responsabilidad, ya que , Él respeta nuestra libertad, y permite que estas cosas ocurran.

Zanjada esta cuestión, Jesús nos invita a reflexionar sobre la misericordia de Dios. Él es un Padre bueno, que espera hasta el último momento nuestra conversión, y aunque caemos, una y otra vez, nos regala una nueva oportunidad. Sin embargo, como he dicho muchas veces, esto no es una "vía libre" al pecado, es decir, es falso pensar "pequemos, igual Dios nos perdona". San Pablo una y otra vez nos exhorta, como hoy: " no nos dejemos arrastrar por los malos deseos... No nos rebelemos contra Dios"... "somos hijos de la Luz", comportémonos como tales.

En este año estamos llamados especialmente a ser misioneros de la misericordia. Recibimos este llamado como lo recibió Moisés. Dios ha visto la opresión de nuestro pueblo, y nos pide anunciarles su amor y misericordia, la única que nos libera y salva. Porque, como dice el salmo: "El Señor hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos;... El Señor es bondadoso y compasivo,  lento para enojarse y de gran misericordia; Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por nosotros".

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a comprender su amor y misericordia por nosotros, y a ser misericordiosos como lo es Él; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor para tantos hermanos que aún no lo conocen.

domingo, 21 de febrero de 2016

Domingo II de Cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Génesis 15,5-12.17-18; Salmo 27(26),1.7-8.9abc.13-14; Filipenses 3,17-21.4,1; Evangelio según San Lucas 9,28b-36.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que hoy nos dice a cada uno "Tú eres mi Hijo, mi elegido".

Ésta no es sólo una hermosa frase para sentirnos bien; es nuestra más profunda identidad. Lo sabemos gracias a San Pablo, que nos enseñó que por el Bautismo pasamos a formar parte del Cuerpo de Cristo, y a partir de este hecho, todo lo que se diga de Jesús se puede decir de nosotros, en cuanto miembros de Cristo. Por esto, con toda propiedad podemos decir que estas palabras del Padre están también dirigidas a cada uno de nosotros: "Tú eres mi Hijo, mi elegido". 

Meditamos en el texto del evangelio de hoy el misterio de la Transfiguración, en el cual, Jesús deja entrever su naturaleza divina a Pedro, Santiago y Juan. Los especialistas dicen que éste fue un gesto de Jesús para prepararlos al difícil momento de la Pasión. Nuestro querido San Pedro, una vez más hace gala de su impulsividad, y le pide a Jesús hacer tres carpas para quedarse en esa situación. Es perfectamente comprensible. Está con Jesús, se siente en el Cielo; ¿qué hay de malo en su planteo? Que sin saberlo él (Lucas dice que Pedro no sabía lo que decía, es decir, no había pensado en el alcance de su afirmación), es una actitud egoísta. Me explico. Quedarse en esa situación, soñada para Pedro, implicaba que Jesús no cumpliera su misión, no nos amara hasta la muerte y muerte de Cruz, y no nos habría salvado. Evidentemente, Pedro no tenía ni idea de estas consecuencias. Pero Jesús sí tenía clara su misión, por eso los invitó a bajar del monte y continuar cumpliendo la Voluntad del Padre.

En este segundo domingo de cuaresma, meditar este texto es una invitación para que nosotros también nos preparemos, que teniendo en el horizonte la Resurrección asumamos con toda su profundidad la Pasión y Muerte de Jesús.

Este episodio, entonces, en la vida de los discípulos es una oportunidad para hacer lo que más tarde nos enseñaría San Ignacio de Loyola: en tiempos de satisfacción espiritual (consolación) reservar fuerzas para los momentos de crisis (desolación). Es un excelente consejo para vivirlo nosotros.

Pero las lecturas de hoy nos aportan otros hermosos consejos para nuestros tiempos de crisis. En la primera lectura contemplamos a Abram , un anciano que no esperaba nada nuevo de la vida, al que Dios sorprende con su llamado y una nueva misión. Obviamente Abram se debe haber sentido desconcertado, como nos desconcertamos nosotros en las crisis. En esos momentos, recordemos las palabras de nuestro Dios: "Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas"; como para decirnos "levanta la mirada, sal del encierro de tus preocupaciones, contempla la inmensidad y belleza de la Creación, y aún así, nosotros somos su creación más amada". Por eso, el salmista nos invita a decir "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?... El Señor es el baluarte de mi vida... tú, eres mi ayuda". Y cuando la angustia parezca oscurecer nuestra mirada, recordemos el consejo del salmista: "Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor". Espera en el Señor porque Él no nos abandona nunca, porque Él es fiel a sus promesas..

San Pablo nos recuerda que "El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso", como en las Bodas de Caná, tomará nuestra pobre agua y la transformará en el vino mejor. Pero para hacernos beneficiarios de esta promesa, San Pablo nos exhorta "hermanos míos muy queridos,... perseveren firmemente en el Señor"

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a tomar conciencia de su amor; y a María, Madre de la Luz, le vamos a pedir que nos ayude a perseverar como ella, firmes en la fe.
  

domingo, 14 de febrero de 2016

Domingo I de Cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Deuteronomio 26,4-10; Salmo 91(90),1-2.10-11.12-13.14-15; 2ª lectura: Romanos 10,8-13; Evangelio según San Lucas 4,1-13.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que por amor a se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado, y vivió todo lo que nosotros vivimos, incluso las tentaciones.

Estamos en el inicio del tiempo de Cuaresma, tiempo de preparar el corazón para celebrar el acontecimiento más importante de nuestra vida: la entrega del Amor que nos salvó, la Pascua.
Queremos acercarnos a Dios, pero el mal espíritu nos quiere alejar y nos tienta.

Meditamos en el evangelio las tentaciones de Jesús, que los estudiosos dicen no constituir un hecho puntual, sino que estas tentaciones estuvieron presentes a lo largo de toda su vida. Veamos:

1) "Convertir las piedras en pan". La tentación de utilizar su poder de manera mágica para resolver los problemas. Leído así parece muy burda, pero en el fondo está la pregunta que se hacen tantos: si existe Dios, ¿por qué hay hambre en el mundo? Luego de la multiplicación de los panes, Jesús reprende a quienes lo siguen solo porque les dio pan hasta saciarse y no por sus palabras de vida. Es que su misión no era erradicar el hambre del mundo; ésa es nuestra misión, porque Él creó alimentos para todos, pero que existan personas al borde de la muerte por la hambruna es fruto del egoísmo del ser humano, y Dios lo permite por un misterio difícil de comprender: la libertad humana. Es que si Dios resolviera nuestros problemas de manera "mágica" (como "Deus ex machina") anularía nuestra libertad, y perderíamos la dignidad de personas que Él nos regaló, porque sólo puede amar quien es libre. Por esto, "no solo de pan vive el hombre".

2)  "Te daré todo este poder". La tentación de dominar y oprimir, de utilizar el poder para beneficio personal. Luego de la multiplicación de los panes quisieron tomar a la fuerza a Jesús para proclamarlo rey. Muchos esperaban que Jesús fuese el libertador de Israel a fuerza de persuasión y espada. Pero como dice San Pablo: "Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres". "Él, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza". El poder de Jesús, es un poder que se hace servicio, por amor, para salvarnos. Todos poseemos cierta porción de poder: ¿cómo lo ejercemos?

3)  "Si tú eres Hijo de Dios, tírate..." El mal espíritu es astuto, y utiliza la Palabra de Dios para tentarnos, como diciéndonos, "si es cierto que Dios te ama, entonces no puede permitir que te pase nada malo". Es una tentación muy presente en nuestra vida. Dijimos que Dios nos creó libres para amar; por esto, no nos guarda en una "cajita de cristal" para que no nos pase nada. Pero cuando sufrimos algún accidente, o pasamos por alguna experiencia que consideramos negativa, experiencias propias de la vida, nos surge esa pregunta fruto de nuestra emoción afectada "¿por qué Dios permitió esto?, ¿por qué no me protegió? Esto hace que nos enojemos y nos alejemos de Dios, dejando satisfecho al mal espíritu. Jesús nos invita a apoyarnos en su Palabra. Su amor sostiene nuestra existencia.

Jesús venció las tentaciones siendo uno de nosotros, enseñándonos que también nosotros podemos vencerlas con su ayuda. Porque, como dice San Pablo, "La Palabra está en tu boca y en tu corazón... El que cree en él, no quedará confundido... todo el que invoque el nombre del Señor se salvará"

Por esto, cuando sintamos que nos acecha el peligro recordemos las palabras del salmista: "En el peligro, Señor, Tú estás conmigo"; Él es nuestro refugio, nos cuida en todos nuestros caminos, nos defiende y protege.

A Dios, le pedimos Gracia para mantenernos firmes en la fe; a María, le pedimos que nos ayude a tener un corazón dispuesto para recibir su Palabra, la única que nos sana y salva.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Miércoles de ceniza.

1ª lectura: Joel 2,12-18; Salmo 51(50),3-4.5-6a.12-13.14.17; 2ª lectura: Carta II de San Pablo a los Corintios 5,20-21.6,1-2; Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos regala un tiempo propicio para la reconciliación.

Comenzamos hoy el tiempo de Cuaresma, estos cuarenta días de preparación antes de la Pascua, un tiempo propicio para revisar nuestra vida y buscar la reconciliación con Dios y nuestros hermanos. Es un tiempo de preparación, de reflexión y de aprendizaje. La Iglesia nos ofrece no sólo la escucha de la Palabra de Dios, sino también tres gestos concretos, que nos ayuden a externalizar nuestro proceso: el ayuno, la limosna y la oración. Como leímos en el Evangelio, son los tres gestos de los que habla Jesús; pero también escuchamos de Él la recomendación de que estos gestos sean para ofrecércelos a Dios, y no para que los demás digan "¡qué santo es!". Nuestro Padre, que ve en lo secreto conoce nuestras intenciones, y como dice el libro de Joel, quiere que cambiemos el corazón y no las vestiduras.

Es un tiempo para identificar aquellas prácticas que van en contra del Proyecto de Dios (la felicidad plena o salvación), es decir, para descubrir el pecado en nuestra vida. El pecado es aquello que hacemos intencionalmente, con plena conciencia, de que estamos rompiendo nuestra relación con Dios, con nuestros hermanos, con la Creación o con nosotros mismos. Como ya dije, si bien el pecado muchas veces nos reporta pequeñas gratificaciones inmediatas, nos aleja de la verdadera felicidad, y nos paraliza en el camino de conseguirla. Hacer un examen de conciencia, y reflexionar sobre nuestro pecado, lejos de ser una práctica masoquista, es ya el inicio de la sanación, ya que, identificar nuestros problemas es ya "medio camino" para la sanación. Una vez identificados, pedimos perdón por ellos, tratamos de identificar qué cosas están "en la raíz"y nos llevan al pecado, y pedimos la gracia necesaria para sanar y no volver a caer en ellos. Aún, esto no alcanza.

La naturaleza humana pide signos concretos y visibles del perdón. Nuestro Dios, conociéndonos a fondo, en su infinito amor, y de acuerdo a la pedagogía de la Encarnación, nos dejó en la Iglesia signos concretos y visibles de su amor y perdón: los sacramentos. El sacramento de la Reconciliación responde a nuestra necesidad y a la pedagogía de Dios. Además, no existe pecado que no dañe a la comunidad, ya que, por el Bautismo, formamos un Cuerpo. La frase "yo le confieso mis pecados solo a Dios", refleja una actitud que no nos sana, sino que al contrario, muchas veces se convierte en "una vía libre" para seguir haciendo aquello que rompe nuestra relación con Dios, lastima a la comunidad y nos aleja de la felicidad. También se dice no querer confesar los pecados a un hombre tan pecador como uno; pero es Dios, el que, teniendo en cuenta nuestra naturaleza y por la pedagogía de la Encarnación estableció el Sacerdocio, para que, hombres comunes y pecadores actúen en la Persona de Cristo. Es la Persona de Cristo quien escucha nuestra confesión y nos otorga el perdón, a través de la voz humana y concreta del hombre sacerdote, y por el Sacramento de la Reconciliación, actualizamos en nosotros los efectos de la Cruz, es decir, de ese amor hasta el extremo de Jesús que reconcilió todas las cosas consigo.

La Cuaresma es, en palabras de San Pablo, un tiempo favorable, para "dejarnos reconciliar con Dios", Él que, en palabras de Joel, "es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad".

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale la gracia necesaria para buscar la reconciliación; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, le vamos a pedir que tengamos un corazón atento a la Palabra del Señor, la única Palabra que sana y salva.

domingo, 31 de enero de 2016

Domingo IV del tiempo Ordinario, ciclo C.

Primera lectura: Jeremías 1,4-5.17-19; salmo: 70,1-4a. 5-6ab. 15ab .17; Segunda lectura: 1 Corintios 12,31-13,13; Evangelio: Lucas 4,21-30.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que ya antes de nacer nos eligió y consagró, para ser sus hijos y misioneros en el amor.

Este misterio grandioso es lo que nos enseña el profeta Jeremías en la primera lectura de hoy. Una vez más, si tomásemos real conciencia de lo que significa, muchas cosas en nuestra vida cambiarían.
Conozco una niña de cinco años que ya lo tiene claro. Se llama Catalina. Al ver fotos de su familia anteriores a su nacimiento se preguntaba dónde estaba ella, y le angustiaba no verse con sus padres y hermanos. La solución que encontró, sin duda inspirada por el Espíritu Santo que desde el bautismo habita en ella, fue una versión propia de esta profecía de Jeremías. "Cuando sacaron esta foto, yo estaba en la mente de Dios", una respuesta brillante, que a mí, por ejemplo, después de estudiar cinco años teología, no se me había ocurrido; porque ella no repite la profecía, sino que la vive como realidad que es. A otros como yo, entenderlo intelectualmente se nos hace fácil, pero vivirlo afectivamente como Catalina, se nos hace muy difícil. Pero es nuestra más profunda identidad: antes de nacer fuimos soñados por Dios; Él soñó, deseó, amó nuestra existencia. Existimos porque Él nos ama. No existe lo que algunas personas dicen: "soy un accidente de la naturaleza"; "soy el producto de una borrachera"; ¡no!: existo porque Dios me ama y me llamó a existir. Si se tomara conciencia de esto, ya no habrían personas que se preguntasen cuál es el sentido de la vida; tampoco habría gente que sintiera que no le importa a nadie; ni nos sentiríamos un número en una cultura que cosifica. Nuestra más profunda identidad es la de ser hijos amados de Dios.

Como digo siempre: éste es un regalo que no hemos hecho nada para merecerlo; pero es también una tarea, porque Dios nos creó por amor, para amar como Él ama y ser felices.

Nosotros hemos tergiversado y diluido el concepto de amor, y lo utilizamos indebidamente cuando decimos "amo mi computadora, mi auto, mi trabajo, mi equipo de fútbol", etc. Pero el verdadero amor al que Dios nos llama es el que nos enseña el Apóstol San Pablo en su hermoso himno al amor: un amor que se entrega, un amor que promueve al otro. Éste es un amor que va contracorriente, como vemos reflejado en el texto del evangelio que hoy compartimos. El amor que muestra Jesús, amor que no discrimina, amor que promueve y salva, encuentra resistencia en quienes debían ser sus primeros destinatarios, y su vida corre riesgo por amar así. Pero su amor es fiel hasta las últimas consecuencias, y por eso, es el amor que nos sana y salva.

Con razón el salmista nos invita a decir: "Mi boca, Señor, anunciará tu salvación... Él es nuestra Roca y nuestra Fortaleza... Él es nuestra esperanza y seguridad... Desde el vientre materno fue nuestro Protector".

A este Dios que nos ama tanto, le pedimos una vez más tomar real conciencia de su amor por nosotros ya antes de nacer; y a María, Madre del amor, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor, el único que nos sana y salva.

domingo, 10 de enero de 2016

Bautismo del Señor, ciclo C.

1ª lectura: Isaías 40,1-5.9-11; Salmo 104(103),1b-2.3-4.24-25.27-28.29-30; 2ª lectura: Carta de San Pablo a Tito 2,11-14.3,4-7; Evangelio según San Lucas 3,15-16.21-22.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que hoy nos dice a cada uno, "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".

Varias veces lo he dicho, y lo seguiré repitiendo, ya que ésta es una de las verdades que es más difícil integrar a nuestra vida. Otras cosas se nos hacen más fáciles: reconocer nuestra debilidad y nuestro pecado, por ejemplo, ya que los tenemos ante nuestros ojos todos los días. Comprender intelectualmente que somos hijos amados de Dios es relativamente fácil, pero asumirlo afectiva y existencialmente es un proceso más largo. Y debe quedar claro que no es sólo una idea bonita para reconfortarnos; es una verdad que la Iglesia a trasmitido desde los primeros tiempos, ya que, gracias al Bautismo pasamos a formar parte del Cuerpo de Cristo, y a partir de allí, todo lo que se diga de Cristo de puede decir de nosotros, miembros de su Cuerpo. Es ñesta nuestra más profunda identidad: somos hijos muy amados de Dios.

En Jesús se cumplen todas las promesas que los profetas nos trasmitieron, como la que leímos hoy. Isaías nos dice que Jesús es quien viene a consolar a su pueblo, a revelar la gloria de Señor, a apacentarnos como Buen Pastor. Él es la gracia que se nos ha manifestado, como dice San Pablo. Él se entregó por nosotros para liberarnos de toda la iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo de elegidos, un Pueblo de hijos amados. Él nos hizo renacer por el Bautismo y derramó abundantemente el Espíritu Santo. Y todo esto, no porque lo merezcamos; no podemos hacer nada para merecerlo. Es Dios, en su infinita misericordia, que nos regala tanto amor. Es gratuito, pero no obligatorio, es decir, se regala gratuitamente a todos, pero no obliga a nadie a recibirlo. Por esto, estamos llamados a responder con decisión a este amor, aceptarlo.

Pero como he dicho otras veces, es un regalo, a la vez que una tarea. Es que el amor de Dios "no sabe vivir sino comunicándose" (Venerable Baltasar Pardal), desde la Creación, gran acto de amor de Dios, hasta la entrega de amor en la Cruz, hasta nuestra propia existencia, son actos de comunicación del amor de Dios. Es un amor que no resiste ser guardado egoístamente, sino que pide salir, comunicarse.

Por esto, hay otras palabras de hoy que también están dirigidas a cada uno de nosotros: "¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice el Señor! Hablen al corazón del hombre", díganle "¡Aquí está tu Dios!", a tantas personas que viven sin sentido, sin rumbo, que andan como ovejas sin pastor; para anunciarles que sólo Dios llena de sentido nuestra vida, sólo Él nos puede hacer plenamente felices.

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a tomar cada vez más conciencia de su amor; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que fue la primera misionera de Jesús, que nos ayude a ser dignos misioneros de este amor que es el único que nos sana y salva.