Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Miércoles de ceniza.

1ª lectura: Joel 2,12-18; Salmo 51(50),3-4.5-6a.12-13.14.17; 2ª lectura: Carta II de San Pablo a los Corintios 5,20-21.6,1-2; Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos regala un tiempo propicio para la reconciliación.

Comenzamos hoy el tiempo de Cuaresma, estos cuarenta días de preparación antes de la Pascua, un tiempo propicio para revisar nuestra vida y buscar la reconciliación con Dios y nuestros hermanos. Es un tiempo de preparación, de reflexión y de aprendizaje. La Iglesia nos ofrece no sólo la escucha de la Palabra de Dios, sino también tres gestos concretos, que nos ayuden a externalizar nuestro proceso: el ayuno, la limosna y la oración. Como leímos en el Evangelio, son los tres gestos de los que habla Jesús; pero también escuchamos de Él la recomendación de que estos gestos sean para ofrecércelos a Dios, y no para que los demás digan "¡qué santo es!". Nuestro Padre, que ve en lo secreto conoce nuestras intenciones, y como dice el libro de Joel, quiere que cambiemos el corazón y no las vestiduras.

Es un tiempo para identificar aquellas prácticas que van en contra del Proyecto de Dios (la felicidad plena o salvación), es decir, para descubrir el pecado en nuestra vida. El pecado es aquello que hacemos intencionalmente, con plena conciencia, de que estamos rompiendo nuestra relación con Dios, con nuestros hermanos, con la Creación o con nosotros mismos. Como ya dije, si bien el pecado muchas veces nos reporta pequeñas gratificaciones inmediatas, nos aleja de la verdadera felicidad, y nos paraliza en el camino de conseguirla. Hacer un examen de conciencia, y reflexionar sobre nuestro pecado, lejos de ser una práctica masoquista, es ya el inicio de la sanación, ya que, identificar nuestros problemas es ya "medio camino" para la sanación. Una vez identificados, pedimos perdón por ellos, tratamos de identificar qué cosas están "en la raíz"y nos llevan al pecado, y pedimos la gracia necesaria para sanar y no volver a caer en ellos. Aún, esto no alcanza.

La naturaleza humana pide signos concretos y visibles del perdón. Nuestro Dios, conociéndonos a fondo, en su infinito amor, y de acuerdo a la pedagogía de la Encarnación, nos dejó en la Iglesia signos concretos y visibles de su amor y perdón: los sacramentos. El sacramento de la Reconciliación responde a nuestra necesidad y a la pedagogía de Dios. Además, no existe pecado que no dañe a la comunidad, ya que, por el Bautismo, formamos un Cuerpo. La frase "yo le confieso mis pecados solo a Dios", refleja una actitud que no nos sana, sino que al contrario, muchas veces se convierte en "una vía libre" para seguir haciendo aquello que rompe nuestra relación con Dios, lastima a la comunidad y nos aleja de la felicidad. También se dice no querer confesar los pecados a un hombre tan pecador como uno; pero es Dios, el que, teniendo en cuenta nuestra naturaleza y por la pedagogía de la Encarnación estableció el Sacerdocio, para que, hombres comunes y pecadores actúen en la Persona de Cristo. Es la Persona de Cristo quien escucha nuestra confesión y nos otorga el perdón, a través de la voz humana y concreta del hombre sacerdote, y por el Sacramento de la Reconciliación, actualizamos en nosotros los efectos de la Cruz, es decir, de ese amor hasta el extremo de Jesús que reconcilió todas las cosas consigo.

La Cuaresma es, en palabras de San Pablo, un tiempo favorable, para "dejarnos reconciliar con Dios", Él que, en palabras de Joel, "es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad".

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale la gracia necesaria para buscar la reconciliación; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, le vamos a pedir que tengamos un corazón atento a la Palabra del Señor, la única Palabra que sana y salva.