Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

sábado, 7 de febrero de 2015

Domingo V del Tiempo Ordinario, ciclo B.

1ª lectura: Job 7,1-4.6-7; Salmo 147(146),1-2.3-4.5-6; Carta I de San Pablo a los Corintios 9,16-19.22-23; Evangelio según San Marcos 1,29-39.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que, como dice el salmista, sana a los que están afligidos y nos venda las heridas.

Las lecturas de hoy nos hablan de inquietud, aflicción, debilidad, y del Único que puede sanarnos y salvarnos de ellas: Jesús.

En la primera lectura nos encontramos con Job, paradigma del justo sufriente. Él encarna a todos aquellos inocentes que por diversas circunstancias sufren, y se preguntan por qué sufren si no han hecho nada malo, y por qué a tantos que hacen lo malo les va tan bien. Con exquisita visión psicoafectiva nos describe Job esos momentos en que nuestra vida parece una rutina vacía, un simple suceder de los días junto con noches cargadas de soledad y dolor. Cuántas personas se sentirán identificadas con este personaje de la Biblia. Si leemos el libro completo de Job, entendemos el misterio del justo sufriente, y que la teoría de la “recompensa terrena” no es verdadera. Sufrimos porque somos creaturas y no Dios, es decir, sólo Él es perfecto; nosotros vivimos las contingencias de seres imperfectos, expuestos a la enfermedad y la muerte. Sufrimos porque amamos, porque el amor implica salir de sí, renunciar a nuestros caprichos, a nuestras necesidades de satisfacción; sufrimos porque la otra persona seguirá siendo siempre un misterio inabarcable, que no podemos poseer. El sufrimiento es parte de la vida. La clave está en saber integrarlo, y buscar en Dios las fuerzas necesarias para atravesarlo y sanarlo.

El Evangelio nos muestra a Jesús sanando a la suegra de Pedro, a muchos enfermos y endemoniados. En Él se cumplen las palabras del salmista: Él nos reconstruye, sana nuestras aflicciones, nos venda las heridas, eleva a los que se sienten oprimidos. Él, en la Cruz, nos muestra su solidaridad con nuestros sufrimientos; Él sufrió como nosotros, sintió lo que nosotros sentimos; ya no es posible decir que estamos solos en el dolor, ya no es posible preguntar ¿dónde está  Dios?, porque Él está allí en la Cruz, a nuestro lado, sufriendo con nosotros, pero a diferencia de nosotros, Él tiene el poder de la Resurrección, Él es capaz de resucitarnos y sanar todas nuestras heridas. Él saca bienes de nuestros males y vida de nuestras muertes. Con razón dicen los discípulos: “todos te andan buscando”. El problema es que muchas veces lo buscamos en lugares equivocados, siguiendo expectativas equivocadas, y tardamos en darnos cuenta como San Agustín: ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.


A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a sanar nuestras heridas; a María, nuestra Madre que nos ayuda, que como nadie supo mantenerse firme en la fe, vamos a pedirle que nos ayude a crecer en la fe, para poder atravesar las dificultades, y para poder hacernos como San Pablo, todo para todos.