Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

sábado, 5 de abril de 2014

Domingo V de Cuaresma Ciclo A.

1ª lectura:  Ezequiel 37,12-14. Salmo 130(129),1-4.6a.5b.6c.7a.7bc.8. 2ª lectura: Romanos 8,8-11. Evangelio según San Juan 11,1-45.

Queridos hermanos, queridas hermanas:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tanto, que sabe sacar bien de nuestros males, y vida de nuestras muertes.


En este hermoso texto del capítulo 11 del Evangelio de San Juan encontramos varias perlas, expresiones preciosas de las actitudes de Jesús. Veamos:

Jesús tenía amigos, igual que nosotros. Aquí se nos presentan tres hermanos, Marta, María y Lázaro. A Marta y María las conocemos de otros episodios. Un día Jesús las visitó. Marta estaba muy ocupada en las cosas de la casa. María estaba escuchando a Jesús, sentada a sus pies. Marta le reclamó a Jesús, que le dijera a María que la ayudara. Jesús le respondió: “Marta, Marta, te inquietas por muchas cosas. Una sola es necesaria, María encontró la mejor parte que no le será quitada”. Marta aprendió a priorizar y a servir por amor, y no por perfeccionismo. María es la misma que gastó el sueldo de todo un año en un perfume que derramó sobre los pies de Jesús, y luego se los secó con sus propios cabellos.
Marta manda avisar a Jesús sobre la enfermedad de Lázaro, el amigo querido. Sin embargo, Jesús permanece dos días más y Lázaro muere. Entonces Jesús dice: “Volvamos a Judea”. En efecto, Betania era un pueblo que distaba 3 km de Jerusalén. Las autoridades judías ya habían iniciado los planes para condenar a Jesús. Los discípulos de advierten sobre el peligro que esto implica. Jesús arriesga su vida por salvar a su amigo. Tomás, al que tantas veces se le llamó “el incrédulo”, hoy hace una expresión de su adhesión a Jesús: “Vayamos nosotros también a morir con Él”.
Marta, con dolor hace una expresión que huele a reproche: “si hubieras estado aquí”. Cuántas veces le reprochamos a Dios tantas cosas: “¿por qué permitiste esto?, ¿por qué no me das lo que te pido?”. Jesús sabe del dolor de Marta, y sabe de nuestros dolores, por eso no se ofende por nuestros reproches; y ayuda a Marta a salir del dolor y abrirse a la esperanza: “Lázaro resucitará”. Marta recibe esto más como un consuelo, (como un consuelo de los que acostumbramos decir, quien murió ya está bien, etc., que muchas veces no consuela a la persona ni la abre a la esperanza), que como una declaración efectiva: Jesús hace lo que dice. Jesús ahora propicia que Marta crezca en la fe, revelándole una Verdad más grande: “YO SOY la Resurrección y la Vida”; y Marta, antes que los demás Apóstoles, hace una profesión de fe que la destaca como discípula, es la primera en decir: “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”. Inmediatamente después sale a rescatar a su hermana María del encierro de dolor en el que estaba viviendo: “El maestro está aquí y te llama”.
María responde inmediatamente y salió al encuentro de Jesús. Le hace el mismo reclamo: “si hubieras estado aquí…”. Lo que sigue es una notable expresión de la humanidad de Jesús. Viendo la tristeza de María y de los que la acompañaban, Jesús se conmovió y lloró. Frente a los que nos dicen “no llores”, frente a los que dicen no tenés que llorar porque quien falleció está con Dios, Jesús nos muestra que es sano llorar. Si Jesús lloró una muerte, ¿no vamos a llorar nosotros? Jesús sabía bien que la muerte no es el fin, sabía bien del amor misericordioso de Dios. Nosotros también lo sabemos. Lo que lloramos es la distancia. También lloramos cuando alguien se va a otro país: la persona sigue viva, pero lloramos, lloramos la distancia. Todo esto para decir, no es malo llorar cuando alguien querido muere; Jesús también lloró. Lo malo es quedar encerrado en el dolor.
Jesús pide que abran la tumba. Marta, aún en el dolor, le responde que llevaba cuatro días de fallecido, y huele mal. Cuatro días de fallecido era para los judíos el tiempo sin retorno, el tiempo en el que no es posible hacer nada más. Pero para Dios no hay nada imposible, y Jesús le devuelve la vida a Lázaro. Se cumple en Jesús la profecía de Ezequiel: “Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas…Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán;… y así sabrán que yo, el Señor, lo digo y lo hago”.

En este tiempo de cuaresma hemos recorrido un camino en el que contemplamos a varias personas que al encontrarse con Jesús vieron sus vidas transformadas: la mujer samaritana, el ciego de nacimiento, Lázaro y su familia. Estas personas nos han enseñado que un verdadero encuentro con Jesús debe cambiar nuestra vida. Por esto busquemos que en este tiempo que nos queda antes de Pascua, y en especial durante la semana santa, pongamos todo de nuestra parte para encontrarnos en serio con Jesús, para lo cual deberemos limpiar nuestro corazón de lo que nos aleja de Él, deberemos tomar conciencia de cuánto lo necesitamos, y deberemos pedirle que nos regale sentir su cercanía y amor.

Vamos a pedirle a Él que salga a nuestro encuentro, que llene de luz nuestras oscuridades, que siga sacando bienes de nuestros males, y vida de nuestras muertes. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, le vamos a pedir que tengamos una fe como la de ella, para que podamos decir como el salmista “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su Palabra”.