Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

sábado, 30 de marzo de 2019

Domingo IV de cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Josue 5,9a.10-12; Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7; 2ª lectura: Carta II de San Pablo a los Corintios 5,17-21; Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que en su infinita misericordia, como Padre bueno, nos espera con los brazos abiertos para recibirnos cada vez que nos alejamos.

El texto del evangelio que hoy meditamos, es la llamada "Parábola del Hijo Pródigo", y es un texto que nos daría para hacer un retiro espiritual, dada la profundidad de su simbología; pero intentaré no extenderme mucho.

Recordemos que en la parábola lo que importa es el mensaje que quiere transmitir, a diferencia de la alegoría donde cada elemento tiene su propio significado. Por esto, no tenemos que dejarnos distraer por la "escenografía". 

Nuestra primera reacción a la parábola, seguramente será ponernos del lugar del hijo mayor, y reclamar ante la "injusticia" que significa el festejo del regreso del irresponsable del hijo menor. Pero ésta, es la reacción normal ante una lectura superficial del texto; cuando uno profundiza en él, descubre una historia muy distinta.

Es cierto que las actitudes del hijo menor son muy reprochables: pide su parte de la herencia, que iba a recibir luego de fallecido el padre, es como si dijera que para él, ya está muerto; se va a un país lejano, rompe la comunión con su familia, es como si renegara de ella, y de la vida compartida con ella; gastó todos sus bienes en una vida que lo deshumanizó; y en el fondo de la crisis, en vez de pensar en pedir perdón al padre, piensa en que éste lo trate como a uno de sus trabajadores.

Pero miremos el texto como Jesús quiere que lo miremos. El padre de la parábola es Dios Padre, que nos regala la vida en herencia, sin merecerlo de nuestra parte. ¿Quién es el hijo menor? ¿Quién es el mayor?

El hijo menor representa al hijo que rompe la relación con el Padre, es decir, peca. Ahora bien, los únicos dos que nunca rompieron su relación con Dios son Jesús y María; por lo tanto, el hijo menor nos representa a nosotros. Tenemos que admitirlo, para poder estar dispuestos a recibir el abrazo del perdón del Padre. En caso contrario, nos creeremos perfectos, como el hijo mayor, que aparentemente nunca se alejó del Padre, pero por su reproche demuestra que todo este tiempo que permaneció junto a él, estaba a disgusto, esperando cobrar una recompensa. Sin saberlo, afectivamente, el hijo mayor también se había ido lejos.

Todo esto nos enseña dos etapas de un proceso: primero, estamos llamados a reconocer con sinceridad nuestra debilidad y pecado para; segundo, abrirnos al perdón que Dios nos quiere ofrecer. Por esto, San Pablo nos dice que "El que vive en Cristo es una nueva criatura"... porque Dios "nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación"... "somos, entonces, embajadores de Cristo"... para aconsejar a nuestros hermanos: "Déjense reconciliar con Dios".

El amor misericordioso de Dios es un regalo tan grande que nada que hagamos nos hace merecedores de él: pero es un regalo, es gratuito. Por eso, el salmista nos invita a decir: "Bendeciré al Señor en todo tiempo... Busqué al Señor: El me respondió y me libró de todos mis temores, que lo oigan los humildes y se alegren... Miren hacia Él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán. Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias". Pero como digo siempre: es un regalo y una tarea. Estamos llamados a ser misioneros de este amor, que es el único que nos sana y salva.

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale reconocer nuestra debilidad y pecado, para abrirnos a su abrazo misericordioso; y a María, Madre de misericordia, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor, para tantos hermanos y hermanas que tanto lo necesitan.

domingo, 24 de marzo de 2019

Domingo III de cuaresma, ciclo C

1ª lectura: Éxodo 3,1-8a.13-15; Salmo 103(102),1-2.3-4.6-7.8.11; 2ª lectura: Carta I de San Pablo a los Corintios 10,1-6.10-12; Evangelio según San Lucas 13,1-9.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es misericordioso y nos tiene una paciencia infinita.

Seguimos avanzando en este Tiempo de Cuaresma, y el texto de hoy nos invita a meditar sobre la paciencia y misericordia que Dios nos tiene.

La mentalidad de los judíos de la época de Jesús era muy concreta, y consideraba que cada uno tenía la vida que merecía; por lo tanto, a los que le iba bien eran bendecidos por Dios, y a los que le iba mal era debido a su pecado o el de sus padres. Es un razonamiento simplista, completamente falso, como lo demuestra la experiencia cotidiana, o como ya lo había hecho la Sagrada Escritura en el libro de Job, tratando el sufrimiento del inocente. Pero no nos escandalicemos de aquellos judíos, porque aún hoy mucha gente, y mucha cristiana, sigue sosteniendo esto, y cuando algún hecho negativo nos sorprende, muchas veces es nuestra primera reacción "algo habrá hecho", "se lo merecía", etc. Insisto en que la realidad nos muestra día a día la falsedad de este razonamiento, cuando vemos tantos inocentes sufrir y tantos culpables teniendo éxito; y ésto sin que Dios tenga responsabilidad, ya que , Él respeta nuestra libertad, y permite que estas cosas ocurran.

Zanjada esta cuestión, Jesús nos invita a reflexionar sobre la misericordia de Dios. Él es un Padre bueno, que espera hasta el último momento nuestra conversión, y aunque caemos, una y otra vez, nos regala una nueva oportunidad. Sin embargo, como he dicho muchas veces, esto no es una "vía libre" al pecado, es decir, es falso pensar "pequemos, igual Dios nos perdona". San Pablo una y otra vez nos exhorta, como hoy: " no nos dejemos arrastrar por los malos deseos... No nos rebelemos contra Dios"... "somos hijos de la Luz", comportémonos como tales.

Una vez más, estamos llamados especialmente a ser misioneros de la misericordia. Recibimos este llamado como lo recibió Moisés. Dios ha visto la opresión de nuestro pueblo, y nos pide anunciarles su amor y misericordia, la única que nos libera y salva. Porque, como dice el salmo: "El Señor hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos;... El Señor es bondadoso y compasivo,  lento para enojarse y de gran misericordia; Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por nosotros".

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a comprender su amor y misericordia por nosotros, y a ser misericordiosos como lo es Él; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor para tantos hermanos que aún no lo conocen.

domingo, 17 de marzo de 2019

Domingo II de Cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Génesis 15,5-12.17-18; Salmo 27(26),1.7-8.9abc.13-14; Filipenses 3,17-21.4,1; Evangelio según San Lucas 9,28b-36.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que hoy nos dice a cada uno "Tú eres mi Hijo, mi elegido".

Ésta no es sólo una hermosa frase para sentirnos bien; es nuestra más profunda identidad. Lo sabemos gracias a San Pablo, que nos enseñó que por el Bautismo pasamos a formar parte del Cuerpo de Cristo, y a partir de este hecho, todo lo que se diga de Jesús se puede decir de nosotros, en cuanto miembros de Cristo. Por esto, con toda propiedad podemos decir que estas palabras del Padre están también dirigidas a cada uno de nosotros: "Tú eres mi Hijo, mi elegido". 

Meditamos en el texto del evangelio de hoy el misterio de la Transfiguración, en el cual, Jesús deja entrever su naturaleza divina a Pedro, Santiago y Juan. Los especialistas dicen que éste fue un gesto de Jesús para prepararlos al difícil momento de la Pasión. Nuestro querido San Pedro, una vez más hace gala de su impulsividad, y le pide a Jesús hacer tres carpas para quedarse en esa situación. Es perfectamente comprensible. Está con Jesús, se siente en el Cielo; ¿qué hay de malo en su planteo? Que sin saberlo él (Lucas dice que Pedro no sabía lo que decía, es decir, no había pensado en el alcance de su afirmación), es una actitud egoísta. Me explico. Quedarse en esa situación, soñada para Pedro, implicaba que Jesús no cumpliera su misión, no nos amara hasta la muerte y muerte de Cruz, y no nos habría salvado. Evidentemente, Pedro no tenía ni idea de estas consecuencias. Pero Jesús sí tenía clara su misión, por eso los invitó a bajar del monte y continuar cumpliendo la Voluntad del Padre.

En este segundo domingo de cuaresma, meditar este texto es una invitación para que nosotros también nos preparemos, que teniendo en el horizonte la Resurrección asumamos con toda su profundidad la Pasión y Muerte de Jesús.

Este episodio, entonces, en la vida de los discípulos es una oportunidad para hacer lo que más tarde nos enseñaría San Ignacio de Loyola: en tiempos de satisfacción espiritual (consolación) reservar fuerzas para los momentos de crisis (desolación). Es un excelente consejo para vivirlo nosotros.

Pero las lecturas de hoy nos aportan otros hermosos consejos para nuestros tiempos de crisis. En la primera lectura contemplamos a Abram , un anciano que no esperaba nada nuevo de la vida, al que Dios sorprende con su llamado y una nueva misión. Obviamente Abram se debe haber sentido desconcertado, como nos desconcertamos nosotros en las crisis. En esos momentos, recordemos las palabras de nuestro Dios: "Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas"; como para decirnos "levanta la mirada, sal del encierro de tus preocupaciones, contempla la inmensidad y belleza de la Creación, y aún así, nosotros somos su creación más amada". Por eso, el salmista nos invita a decir "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?... El Señor es el baluarte de mi vida... tú, eres mi ayuda". Y cuando la angustia parezca oscurecer nuestra mirada, recordemos el consejo del salmista: "Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor". Espera en el Señor porque Él no nos abandona nunca, porque Él es fiel a sus promesas..

San Pablo nos recuerda que "El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso", como en las Bodas de Caná, tomará nuestra pobre agua y la transformará en el vino mejor. Pero para hacernos beneficiarios de esta promesa, San Pablo nos exhorta "hermanos míos muy queridos,... perseveren firmemente en el Señor"

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a tomar conciencia de su amor; y a María, Madre de la Luz, le vamos a pedir que nos ayude a perseverar como ella, firmes en la fe. 

sábado, 8 de diciembre de 2018

Domingo II de Adviento, ciclo C.

1ª lectura: Baruc 5,1-9; Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6; Filipenses 1,4-6.8-11; Evangelio según San Lucas 3,1-6.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que hace maravillas por nosotros.

Seguimos avanzando en este tiempo de Adviento, tiempo de espera y preparación a la llegada del Señor en Navidad. Por eso, hoy escuchamos en el Evangelio la voz de Juan Bautista, esa voz que, como dijo el profeta Isaías, "grita en el desierto": "Preparen el camino del Señor".

Juan predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Hoy Juan nos dice a nosotros "Preparen el camino del Señor", preparen el corazón, saquen de él todo aquello que los aleja de Dios y los hermanos, abandonen los caminos del egoísmo, individualismo, consumismo que llevan a la frustración, y opten por el Camino Verdadero que lleva a la Vida, a la felicidad plena en Jesús. Entonces "todos verán la salvación de Dios".

Por eso, el profeta Baruc nos invita a sacarnos el traje de la angustia y la preocupación, y vestirnos de la confianza en el Dios fiel a las promesas que nos hizo. Nos invita a levantar la cabeza y la mirada hacia el horizonte: el horizonte de la Promesa de nuestro Salvador; a recordar las maravillas que hizo por nosotros, y a llenarnos de alegría con ellas. 

San Pablo nos invita a confiar en que Aquél que inició en nosotros la obra buena, la va a llevar a su pleno cumplimiento.
Con sus palabras le pedimos a Dios que nos ayude a crecer en el conocimiento de su amor, para discernir lo que es mejor, y así ser encontrados irreprochables el día que Cristo; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que por excelencia supo contemplar y proclamar las maravillas que Dios hace por su pueblo, nos ayude a descubrir su presencia amorosa, y las maravillas que obra en nosotros cada día, para que con ella digamos: "proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque hizo en mí maravillas".

domingo, 2 de diciembre de 2018

Domingo I de adviento, ciclo C.

1ª lectura: Jeremías 33,14-16; Salmo 25(24),1b-6.21; 2ª lectura: 1 Tesalonicenses 3,12-13.4,1-2; Evangelio según San Lucas 21,25-28.34-36.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que, fiel a sus promesas, nos anima y sostiene en medio de las dificultades que vivimos.

Comenzamos hoy el tiempo de adviento, y con él, un nuevo año litúrgico. El tiempo de adviento es un tiempo de espera, y de preparar el corazón para la llegada de Jesús, en un doble sentido: la venida de Jesús al final de los tiempos; y la venida de Jesús en Navidad. Esto se explica porque la liturgia es actualización, es decir, no recordamos simplemente lo que pasó hace dos mil años, sino que celebramos que hoy Jesús nace entre nosotros.

El texto del evangelio que hoy leemos nos invita a reflexionar sobre la Venida de Jesús al final de la historia. Es un texto que presenta características del género literario apocalíptico. Un género literario es como un molde donde el escritor vuelca el contenido a trasmitir. Este molde o estructura presenta unas características propias que lo hacen reconocible. Debemos no dejarnos distraer por estas características, por el molde, y concentrarnos en el mensaje que se nos quiere trasmitir. En los textos apocalípticos, el "molde" está formado por una serie de imágenes impactantes, catástrofes en el cielo, en la tierra, en el mar, muerte, angustia, que no debemos permitir que nos distraigan del mensaje principal. ¿Cuál es este mensaje? En todos los textos apocalípticos la constante es que el mal despliega todo su poder y parece acorralar al bien, parece que el bien va a ser derrotado, pero al final es a la inversa, el bien es el que vence; la sola aparición de Jesús sana y calma todas las situaciones desesperantes. Por esto, paradójicamente, el mensaje de los textos apocalípticos es un mensaje de esperanza.

En el evangelio que hoy leemos debemos concentrarnos en dos grandes mensajes que nos trasmite Jesús:
1)  "tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación". Aunque los problemas nos invadan, aunque haya grandes conflictos a nuestro alrededor, somos invitados a "levantar la cabeza" y mirar más allá, mirar el horizonte, es decir, hacia dónde peregrinamos. Caminamos hacia el cielo y tierra nueva donde no habrá más llanto, ni sufrimiento ni muerte, porque todo lo de antes pasó, peregrinamos hacia la plena felicidad en plena comunión con Dios y nuestros hermanos. Ésta es nuestra esperanza: que la última palabra sobre nuestra vida no la tiene el dolor, el mal y la muerte, sino la Vida y Amor de Dios.
2) "Estén prevenidos y oren incesantemente". Es una invitación a esforzarnos por ser las mejores personas que podamos ser, como si Jesús fuese a aparecer de un momento a otro; a no dejarnos estar, sino, como dice San Pablo, a "crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás".

Todo esto es posible porque somos sostenidos por su promesa, que el profeta Jeremías hoy nos recuerda, la Promesa de que un Salvador nos nacerá, y apoyados en las palabras del salmista:
"Él nos guía por las sendas de la fidelidad".



A Dios vamos a pedirle con el Apóstol San Pablo,  que nos haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, que fortalezca nuestros corazones en la santidad y nos haga irreprochables; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que es la mujer de la espera por excelencia, que nos regale preparar el corazón para que en esta Navidad Jesús vuelva a nacer en nosotros.

sábado, 27 de octubre de 2018

Domingo XXX del tiempo Ordinario, ciclo B.

1ª lectura: Jeremías 31,7-9; Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6; Hebreos 5,1-6; Evangelio según San Marcos 10,46-52.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que sana nuestras cegueras y nos ayuda a seguirlo por el camino.

Meditamos hoy otro hermoso encuentro entre Jesús y una persona que que ve su vida transformada. Es un texto para meditar con profundidad. No es sólo un milagro de Jesús que hace ver a un ciego: hay mucho más, que vamos a compartir, aunque evitando ser muy extensos.

El episodio ocurre en el camino que va de Jericó a Jerusalén. Jericó era una ciudad fronteriza, con mucho comercio, por lo que este camino era transitado en gran parte por personas que llevaban dinero para comerciar. De ahí que fuese también un camino peligroso, como nos lo cuenta Jesús en la parábola del Buen Samaritano.

Fuera del camino se encuentra "Bartimeo" es decir "el hijo de Timeo", un hombre ciego que pedía limosna. En el tiempo de Jesús, decir Bartimeo, es como decir nombre y apellido. El hijo de Timeo es una persona concreta que los primeros cristianos conocían. Este dato nos da seguridad de que este hecho no es una catequesis, sino un hecho histórico, porque el evangelista no se arriesgaría a nombrar a alguien con nombre y apellido solo para trasmitir una catequesis, porque todos conocen a Bartimeo, y saben lo que vivió.

Se encuentra fuera del camino, al margen del camino, es decir, marginado en el sentido pleno de la palabra. En el tiempo de Jesús, se creía que los enfermos, pobres, y desafortunados eran así porque "se lo merecían", porque habían pecado ellos o sus padres. Por lo que, se los consideraba pecadores, marginados de la sociedad y también de la relación con Dios, propiedad exclusiva de los "judíos puros", es decir, de quienes se ajustaban principalmente a los criterios de los fariseos. Por este motivo, cuando Bartimeo llama a Jesús, la multitud lo manda callar, como diciéndole "vos no merecés que el Maestro te dedique un tiempo; vamos a Jerusalén, donde está la gente importante, no podemos perder tiempo con un mendigo; además, si vamos a para a hablar con cada mendigo no vamos a llegar nunca". Esta multitud profundiza la marginación de Bartimeo, privándolo también de la relación con el Único que puede salvarlo. Pero la valentía del hijo de Timeo es fabulosa: no se deja callar, no permite que le construyan nuevos muros, él sabe que tiene derecho a acudir a Jesús, y por eso grita más fuerte "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí". Este enunciado nos habla mucho de esta persona: conoce a Jesús; cree que Él es el Mesías anunciado por los profetas como descendiente de David; y profesa su fe de que Jesús puede hacer algo por él.

La reacción de Jesús es brillante. El venía en movimiento. El ciego estaba quieto. Ahora Jesús se detiene, compartiendo así la situación del ciego, haciéndose solidario con él, pero más aún: hace que aquellos que querían callar al ciego, sean los que ahora lo tienen que llamar; es como un gesto terapéutico para quienes acentuaban la marginación de Bartimeo: los que pronunciaban palabras de marginación, ahora deben hacerlo de integración. La expresión que utilizan es hermosa: "ánimo, levántate, Él te llama". Es una frase para guardar en la memoria y repetírnosla cada vez que nos sentimos angustiados y deprimidos. Hoy Jesús me dice "ánimo, levántate, te estoy llamando". Nosotros tenemos, a su vez, la misión de anunciar a los heridos de nuestro tiempo: "ánimo, levántate, Él te llama".

La respuesta del ciego es extraña:  "arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él". El manto era la única posesión de Bartimeo, su única seguridad; era su hábitat; con él se cubría del frío de la noche, con él cuidaba su vida de la hipotermia; en él guardaba las monedas de su sustento. El hijo de Timeo es capaz de dejar lo único que tiene para ir a Jesús. Pero algo más: si me imagino a un ciego sentado, para ir con Jesús lo visualizo parándose de a poco, con mucha precaución; pero este ciego da un salto, confiado plenamente en Jesús, es capaz de dar el salto aunque no vea nada; su actitud de discípulo le gana por lejos a muchos de los propios apóstoles. Bartimeo nos enseña a dar el "salto en la fe" confiados en Jesús, aunque no veamos con claridad.

A continuación Jesús hace una pregunta que parece tener una respuesta obvia: "¿Qué quieres que haga por ti?" Algún discípulo podría decirle a Jesús: "Jesús, ¿para qué le preguntás eso?, es obvio, quiere ver". Pero, al preguntarle, Jesús muestra varias cosas: 1) respeto a la libertad de Bartimeo: quizá su ceguera no era lo que más le dolía, quizá lo que más le dolía era su marginación, su distancia de la familia, su exclusión de la vida religiosa, etc.; 2) Jesús le devuelve, al que había sido privado de voz, la dignidad de persona, lo reconoce como interlocutor válido, esto es tan o más sanador que la propia cura de la ceguera; 3) dándole al hijo de Timeo la posibilidad de poner en palabras lo que consideraba su necesidad más urgente.

Bartimeo pide ver, porque, en realidad, los otros males que vivía derivaban de esa condición. Que se convirtiera en vidente no era una solución del estilo "y fue feliz para siempre": pasar a ver traía como consecuencia renunciar a la "seguridad", aunque escasísima, que tenía por tantos años de ceguera, dejar de pedir limosna, tener que buscar trabajo siendo ya adulto, buscar reconstituir todas sus relaciones, "crear" una vida como de cero. Pedir la vista no es solo la solución feliz de la ceguera, es emprender un viaje nuevo hacia lo desconocido, dejando la seguridad de lo que conocí hasta ahora.

Marcos no relata cómo Jesús le devolvió la ceguera, como que no interesa: lo que importa es que el encuentro con Jesús produjo un cambio radical de vida para una persona marginada por su ceguera. El que estaba ciego, quieto, al margen del camino, luego del encuentro con Jesús, ve, se integra al camino y está en movimiento con Jesús.

Un detalle más: la pregunta "¿Qué quieres que haga por ti?", es la misma que el domingo pasado le dirigió Jesús a Santiago y Juan, luego que éstos, de forma "desubicada" (fuera del lugar de discípulos le dijeran "queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir". Los apóstoles, como Bartimeo, tuvieron la oportunidad de pedirle a Jesús que los ayudará en sus necesidades más hondas. Sin embargo, los apóstoles pidieron los primeros puestos, el poder, muy lejos de lo que habían aprendido de Jesús. Hoy, Bartimeo, le gana por lejos a estos dos apóstoles, y digo esto no para criticarlos, sino para tomar conciencia de que, al igual que los apóstoles, somos aceptados por Dios con nuestros defectos y virtudes, y con su ayuda podemos convertirnos de personas comunes y corrientes en santos, como lo hizo con estos apóstoles. También Bartimeo nos enseña ser humildes: la gente sencilla ¡tiene tanto para enseñarnos!

Hoy vamos a meditar la pregunta de Jesús. Hoy, Jesús pasa por nuestra vida, y hoy nos pregunta: "¿Qué quieres que haga por ti?"

domingo, 21 de octubre de 2018

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo B.

1ª lectura: Isaías 53,10-11; Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22; Hebreos 4,14-16; Evangelio según San Marcos 10,35-45.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que siendo el Omnipotente Creador del cielo y la tierra, por amor a nosotros, en Jesús, se hizo el servidor de todos; siendo el primero se hizo el último.

De esta manera se cumplió en Él la profecía de Isaías que leemos en la primera lectura: Jesús ofreció su vida para salvarnos, su fidelidad para reconciliarnos con Dios, cumpliendo así su voluntad. Ésto lo hizo amándonos hasta el extremo, hasta la muerte y muerte de Cruz.

Antes del episodio del evangelio que leemos hoy, Jesús le anuncia por tercera vez su Pasión a los discípulos, cómo será traicionado, torturado y asesinado, pero resucitado a los tres días. ¿Cuál es la respuesta de los discípulos? Pedirle los primeros puestos, buscar poder.

Es lastimoso ver que los discípulos no están en sintonía con Jesús. Él les abre el corazón, les anuncia lo que va a sufrir, y ellos... se preocupan por el poder. Además, la actitud de Santiago y Juan es "desubicada", en el sentido literal de la palabra: salen de su lugar de discípulos y se colocan en el lugar del maestro cuando le dicen "queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir", le ordenan al maestro lo que tiene que hacer según ellos. La pregunta de Jesús "¿Qué quieren que haga por ustedes?" es una preciosa oportunidad que pierden: le podrían haber pedido mucha gracia para ser mejores discípulos, pero no, le piden los primeros puestos. Jesús les hace notar sobre lo inadecuada de la propuesta, y les pregunta si serán capaces de pasar por lo que Él va a pasar. La respuesta de los dos Apóstoles es una muestra de soberbia: "podemos". Los otros diez se indignan con Santiago y Juan. ¿Por qué habrá sido? ¿Por no estar en sintonía con lo que el Maestro les acababa de revelar respecto a su Pasión? No lo creo. Más bien, se enojaron porque los otros dos les ganaron de mano, les sacaron ventaja, porque en definitiva ellos querían lo mismo. Ésto lo afirmo tomando en cuenta el discurso posterior de Jesús sobre el servicio; y lo digo no para criticar a los Apóstoles, sino para tomar conciencia de que Dios nos ama y nos acepta tal como somos, con nuestros defectos y virtudes, que Él no eligió a los Apóstoles por ser santos, sino que eran personas comunes que con su ayuda y amor llegaron a ser santos. 

A continuación, Jesús les vuelve a enseñar que "el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos"; y lo enseña de palabra y de obra. Jesús mismo, siendo el Primero, se hizo el último, por amor a nosotros. ¿Cuándo? Desde su Encarnación, pero especialmente en la cruz, donde muere como el más marginado, como un maldito. En la cruz realmente se hizo el último de todos, y gracias a ese amor entregado, también se cumplieron las palabras del salmo "el amor de Dios desciende sobre nosotros", y por eso, "la tierra está llena de su amor".

Es un regalo que no merecemos, pero es también una tarea. Como dice Hebreos: "permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe"... "Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno"; confiados en las palabras del salmo: "Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y sustentarlos en el tiempo de indigencia".

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale su Gracia, para tomar conciencia de su amor entregado por nosotros en la cruz; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que es la "servidora del Señor" por excelencia, que nos regale humildad para evitar la tentación del poder, y seguir el ejemplo de su Hijo que "no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud".