Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Mensaje con motivo de mi segundo aniversario sacerdotal

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y nos acepta tal como somos, y nos regala ser ministros de su amor.

Aunque aún me cuesta creerlo, ya hace dos años que recibí el regalo de la Ordenación Sacerdotal, y de que llegara a ser lo que soñé y discerní que era la vocación que Dios había pensado para mí. Desde entonces tengo el privilegio de observar "en primera fila" las maravillas que Dios obra en la vida de cada uno de nosotros a lo largo de toda la vida.

He tenido la oportunidad de compartir las más hondas alegría y tristezas de mis hermanos; y de acompañarlos, desde la celebración de la vida nueva en el Bautismo, la alegría de la Primera Comunión de niños y adolescentes, el poder sanador del sacramento de la Reconciliación, el inicio de un proyecto de vida en pareja en la celebración del matrimonio, la presencia del Dios tierno y fiel que visita a los hermanos enfermos, y que les da una bendición en los últimos instantes de esta vida. También he podido compartir una palabra de esperanza en el momento de la partida de hermanos a la casa del Padre. Me he sentido pleno en mi labor como sacerdote, y amo especialmente celebrar la Eucaristía. En ella, me propuse comenzar cada homilía con la frase "¡Qué bueno es Dios", porque creo que en este momento nuestra gente necesita este anuncio, de un Dios que es bueno, que nos ama más que nadie, que nos acepta tal como somos, y que quiere nuestra felicidad. Solo después de tener estos conceptos claros es posible profundizar en el camino de seguimiento de Jesús.

Después de dos años de labor pastoral en la querida comunidad de Santa María de La Ayuda, en el hermoso barrio del Cerro, el Señor me regaló tener mi primera experiencia como animador de una comunidad, en la también hermosa comunidad de los Sagrados Corazones del barrio Las Acacias. Esta comunidad me ha recibido muy bien, y rápidamente me hizo sentir "en casa". Es una comunidad que me ayuda a ser el sacerdote que creo debo ser, sencillo, cercano, tratando de reflejar este amor tan grande que Dios tiene por todos. Creo que es el mejor lugar para tener mi primera experiencia de animación parroquial, por eso no me canso de agradecer a Dios por este regalo, que jamás soñé recibir.

Cada encuentro personal con mis hermanos, y que ellos sientan que a través de esta vasija de barro se pueden encontrar con el tesoro del amor de Dios, vale la renovación del Sí, quiero ser sacerdote, cada día, frente a cada situación.

A este Dios tan bueno, que muestra su bondad y fortaleza en nuestra debilidad, le pido que me regale ser fiel a esta vocación que me regaló, y a ser digno testigo de su amor. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que interceda por mí para que pueda vivir mi lema: "Dios me libre gloriarme si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo".

sábado, 7 de mayo de 2016

Ascensión del Señor.

1ª lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11; Salmo 47(46),2-3.6-9; Hebreos 9,24-28.10,19-23; Evangelio según San Lucas 24,46-53. 

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es fiel a sus promesas.

Celebramos hoy la Ascensión del Señor, el Regreso de Jesús junto al Padre, un nuevo cumplimiento de la Promesa.

Como he dicho otras veces, el plan de Dios para la humanidad es un plan de felicidad en comunión con Él y con los hermanos. Pero nuestros primeros padres se hicieron otro proyecto y rompieron la comunión con Dios, hecho que conocemos con el nombre de pecado original. La ruptura de la relación con Dios trajo como consecuencia la ruptura de las demás relaciones: entre los seres humanos; entre el ser humano y la Creación; y del ser humano consigo mismo. Nuestra naturaleza quedó herida. Pero inmediatamente, Dios promete el envío de un Salvador que sanará todas las heridas. Ésta es la gran Promesa que Israel esperará durante mucho tiempo. 

Esta Promesa se cumplió definitivamente en Jesús. En Él, Dios se hizo uno de nosotros, igual en todo, menos en el pecado; y siendo fiel al proyecto de amor del Padre hasta la muerte y muerte de Cruz, nos reconcilió con Dios, sanó todas nuestras heridas y nos abrió el camino de salvación. Y Dios lo resucitó al tercer día, cumpliendo sus promesas.

Con la Ascensión se cierra el círculo, que hermosamente describió san Pablo en su Carta a los Filipenses: “Jesucristo, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,6-11). Jesús salió del Padre, se hizo igual a nosotros, nos salvó, volvió al Padre, y ahora nos espera, preparándonos un lugar para ir con Él.

Jesús nos sanó y salvó; en Él Dios cumplió todas sus promesas. Pero nos salvó para vivir en comunión con Él y nuestros hermanos, porque el amor sano sólo sabe vivir comunicándose. Por eso, como Jesús envió a sus discípulos a todo el mundo a anunciar las obras de su amor, también nos envía a nosotros para ser mensajeros de su amor hacia tantos hermanos que viven angustiados, sin sentido, en oscuridad, y necesitan saber cuánto los ama Dios.

Es cierto que esta misión no es fácil, y muchas veces nuestros propios problemas nos paralizan, pero, como leímos en los Hechos de los Apóstoles, Jesús nos prometió enviar la fuerza del Espíritu Santo, para ser sus testigos en todo el mundo. El cumplimiento de esta promesa la celebraremos el próximo domingo, en Pentecostés.

A este Dios que nos ama tanto, vamos a pedirle que nos ayude a tomar conciencia del cumplimiento de sus promesas en nuestra vida, y a María, primera misionera de su amor, que nos ayude a tener la valentía de anunciar a nuestros hermanos cuánto nos ama Dios.

sábado, 30 de abril de 2016

Domingo VI de Pascua, ciclo C.

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 15,1-2.22-29; Salmo 67(66),2-3.5.6.8; Apocalipsis 21,10-14.22-23; Evangelio según San Juan 14,23-29.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que porque nos ama elige habitar en nosotros y traernos su paz.

Como digo muchas veces, ésto es algo tan grande, que es difícil comprenderlo en toda su profundidad. Jesús nos dice que, a pesar de nuestros defectos, Él viene a habitar en nosotros. No tenemos, entonces, ningún motivo racional para sentirnos solos, porque Él está siempre en nosotros; pero sabemos que asumirlo a nivel afectivo es un proceso mucho más largo. Pero esta frase obviamente aplica a nuestros hermanos, es decir, aunque algunas cosas de mis hermanos no me gusten, también en ellos habita Jesús, y por lo tanto deberíamos amarlos y respetarlos como lo hacemos con Jesús. Ciertamente que esto no es fácil, pero recordemos que Él nos sostiene con su amor, y es Él quien lo hace posible. Y este amor no es otro que el Espíritu Santo Paráclito, para cuya llegada en Pentecostés nos estamos preparando. Como dice Jesús, el Espíritu Santo nos ayuda a comprender su Palabra y a ponerla en práctica.

Por todo esto sabemos que Él nos da su paz, porque "Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rom 8,31). Si su amor nos sostiene, no temeremos aunque las preocupaciones nos cerquen. Porque la paz que nos deja no es ausencia de conflictos, sino paz que nos ayuda a atravesar los conflictos, confiados en que todo pasará, mas su amor por nosotros no pasará.

Con razón el salmo nos invita a cantar con alegría y dar gracias al Señor, por tanto bien que nos regala, sin que hagamos nada para merecerlo. Esta gratuidad de Dios no fue fácil de comprender para los primeros cristianos provenientes del judaísmo, para quienes aún era fuerte el pensamiento de querer agradar a Dios "haciendo cosas" que prescribía la ley de Moisés. Pero la voz del Espíritu Santo, presente en el discernimiento de la comunidad, corrigió el rumbo, y nos enseñó que no es lo que hagamos sino que "somos salvados por la gracia del Señor Jesús" (Hech 15,11).

A este Dios que nos regala su amor, le vamos a pedir que nos ayude a tomar real conciencia de su presencia en cada uno de nosotros; y a María, Madre de Misericordia, le vamos a pedir que nos ayude a ser misioneros de esa paz que Jesús nos regala, para tantos hermanos que viven en la desesperanza y desesperación.  

jueves, 28 de abril de 2016

Jueves de la semana V de Pascua.

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 15,7-21; Salmo 96(95) 1-2a.2b-3.10; Evangelio según San Juan 15,9-11.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tanto, y quiere que seamos plenamente felices.

Hoy Jesús nos manifiesta cuánto nos ama, con el mismo Amor con que Padre e Hijo se aman, en el Espíritu Santo. Somos amados como Dios Padre ama a su Hijo, y como el Hijo ama al Padre; este amor no es otro que el mismo Espíritu Santo. Con este mismo Amor somos amados. Esta es nuestra más verdadera identidad, la de seres profundamente amados por Dios. Si fuésemos realmente conscientes de lo que  esto significa, toda nuestra vida cobraría un nuevo sentido, y todas nuestras heridas afectivas se verían sanadas.

Pero en lo cotidiano muchas situaciones nos llevan a pensar lo contrario: que somos un “accidente de la vida”; que somos inservibles; que no valemos; nos sentimos despreciados, rechazados, en definitiva, poco amados. Esto nos lleva a sentirnos angustiados, solos, y a enfermarnos de depresión. Finalmente, el no sentirnos amados nos lleva a preguntarnos qué sentido tiene existir. Jesús es el único que puede sanarnos definitivamente, si nos hacemos conscientes de su amor, si descubrimos esta verdad: somos profundamente amados. Pero el mensaje de Jesús no es un mensaje de autoayuda, donde lo que importa es la sanación personal, sino que, como el amor sano solo sabe vivir comunicándose, el sabernos amados nos debe llevar a amar más y mejor a nuestros hermanos. Sabemos lo difícil que puede resultar practicar esto con algunas personas, pero se hace posible si permanecemos en el Amor de Jesús, y nos alimentamos de Él. Sólo amando como Jesús ama vamos a alcanzar la más completa felicidad a la que todos estamos llamados.

A este Dios que es tan bueno vamos a pedirle que nos ayude a tomar cada vez más consciencia de su amor y a María, nuestra Madre, que nos ayude a permanecer en el amor de su Hijo y amar como Él ama.

miércoles, 27 de abril de 2016

Miércoles de la V semana de Pascua.

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 15,1-6; Salmo 122(121),1-2.3-4ab.4cd-5; Evangelio según San Juan 15,1-8.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tanto, y nos acepta tal como somos, con nuestros defectos y virtudes, y porque nos ama elige permanecer con nosotros.

Este verbo, permanecer, es el favorito en la Biblia para hablar de Dios, es el verbo que mejor lo describe. Dios es el que permanece: porque es eterno, porque existió, existe y existirá siempre; también porque es el Fiel por excelencia: permanece junto a nosotros, a pesar de nuestro pecado, nuestras infidelidades, nuestras traiciones, etc. Como dice el Señor en la profecía de Isaías: “aunque la madre se olvide de sus hijos, yo no me olvidaré de ti” (Is 49,15). Él no nos abandona. Somos nosotros lo que muchas veces nos alejamos de Él, y por eso experimentamos su lejanía.

Por esto Jesús nos propone, en el ejemplo de la vid, permanecer unidos a Él como las ramas al tronco, para recibir de Él la Gracia para tener una vida plena. Sólo unidos a Él podemos dar los frutos que Dios espera. No es al revés. No es que hay que hacer cosas que nos hagan merecer estar unidos a Jesús, sino que, hay que permanecer unidos a Jesús para que lo que hagamos sea de acuerdo a su Voluntad, para que lo que hagamos dé frutos de amor. 

Esto no era entendido por algunos de los primeros discípulos, como leímos en la lectura de Hechos. Algunos de ellos pensaban que era necesario cumplir la ley de la circuncisión para “ganar el derecho” de ser discípulos, como para “ganar” la adhesión a Jesús. Pero pronto los Apóstoles, reunidos en Jerusalén, comprendieron que la fe es un don gratuito de Dios, y que no era necesaria la circuncisión para recibir tal regalo. Fue necesario realizar una “poda” en la fe de los primeros cristianos, para retirar los resabios del legalismo, y ganar en gratuidad.

Aún hoy nuestra fe necesita una poda de vez en cuando. Muchas veces empezamos a acomodar a Dios, al Evangelio, a las enseñanzas de su Iglesia de acuerdo a nuestras ideas. De vez en cuando es bueno que nuestras ideas entren en crisis y volvamos a la fuente, a la fe verdadera que nos trasmite Jesús en el Evangelio a través de su Iglesia.

Sólo manteniéndonos unidos al tronco, que es Jesús, podremos recibir la savia, su Gracia, que nos permita tener una vida plena, y producir frutos de amor agradables al Padre.

A Él le pedimos que nos regale seguir creciendo en la fe; y a María, nuestra Madre, que nos ayude a permanecer unidos a su Hijo, como los sarmientos a la vid.

lunes, 25 de abril de 2016

Lunes de la semana V de Pascua.

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 14,5-18; Salmo 115(113B),1-2.3-4.15-16; Evangelio según San Juan 14,21-26.  

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tanto, y eligió habitar entre nosotros.

Es esto lo que Jesús explica a sus discípulos. Quien ama a Dios y observa sus mandamientos -y recordemos que para Jesús el mandamiento más importante es el del amor, el de amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos- recibe la visita de Dios, quien además se queda a habitar en el corazón del creyente.

¡Qué bueno es Dios!, entonces, que aceptándonos tal como somos, con nuestros defectos y virtudes viene a habitar con nosotros. Aunque muchas veces nos sintamos lejos de Dios, no es Él el que se aleja: experimentamos la lejanía, o por el pecado que daña nuestra relación con Él y nuestros hermanos, o porque nos falta crecer en fe y confianza en Él, o porque el mal espíritu busca alejarnos de Dios. Pero lo verdadero es que Dios habita en medio de su pueblo y no nos abandona nunca. Y si alguien preguntara como le preguntaban al salmista, “¿dónde está tu Dios?”, la respuesta es “mira la Cruz”, Él eligió estar a nuestro lado, se hizo solidario con nuestros dolores y heridas, y amándonos hasta la muerte y muerte de Cruz, nos reconcilió con Dios. Y esta verdad es tan real, tan definitiva, que debe ser motivo de esperanza para todos: aunque por momentos veamos todo oscuro, aunque por momentos el sufrimiento nos doblegue, aunque parezca que el mal triunfa, es el Amor en Cruz madurado el que tiene la última palabra. La Resurrección de Jesús es el gran sello de esta Buena Noticia de esperanza. Al final, es el bien el que triunfa.

Sabemos que permanecer en su amor no es fácil. Sabemos cuán difícil se hace amar a nuestros hermanos; cuán difícil se hace aceptar las diferencias, cuán difícil es amar como Él amó. Pero también sabemos que no estamos solos. Dios nos envió su Espíritu Santo, para ayudarnos en nuestra misión, para comprender la profundidad del amor de Dios y seguir creciendo en la fe. Este mismo Espíritu Santo es el que permitió que Pablo y Bernabé hicieran milagros como hacía Jesús, y al mismo tiempo, los protegió de no confundirse con el aplauso de la gente y de creer que lo que producían era por su carisma personal.

A este Dios que es tan bueno con nosotros le vamos a pedir que nos ayude a ser cada vez más conscientes de su amor. Y a María, nuestra Madre, que nos ayude a amar a los demás al estilo de su Hijo.

domingo, 24 de abril de 2016

Domingo V de Pascua, ciclo C.

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 14,21b-27; Salmo 145(144),8-9.10-11.12-13ab; Apocalipsis 21,1-5a; Evangelio según San Juan 13,31-33a.34-35.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ayuda a amar como Él nos ama.

Contemplamos un texto del evangelio de San Juan. Nos encontramos en el contexto de la Última Cena, donde Juan nos relata el episodio del lavatorio de los pies, con el que asocia a la Eucaristía con el servicio, el amor a Dios con el amor a los hermanos, y todo esto con la muerte y resurrección de Jesús.

El texto comienza con la partida de Judas. Siendo Jesús la Luz del mundo, Judas al apartarse de Él va a la noche, a la oscuridad. Comienza en este evangelio la "hora de la glorificación", comienza el ciclo de la Pasión de Jesús, y es el momento de la gloria porque, como dice San Ireneo de Lyon, "la gloria de Dios es que el hombre viva", y Jesús entrega su vida para salvar la nuestra.

En este contexto, en el que Jesús dirige su "discurso de despedida" a los discípulos, les encomienda el mandamiento nuevo. ¿En qué sentido es nuevo?, porque ya hemos encontrado esta formulación en un diálogo entre Jesús y un maestro de la ley, es decir, ya existía una conciencia de la importancia del mandamiento del amor. Es "nuevo", porque ya no depende solo de nuestras fuerzas. Me explico: La Ley, lo diez mandamientos, las normas de los judíos, parecen depender exclusivamente de la voluntad y decisión de la persona. En el caso del mandamiento nuevo, nos sostiene el amor de Dios. ¿Por qué digo esto? Porque en el textos original (griego) la palabra que se usa para decir "como" también significa "porque"; es decir, podríamos entender "ámense unos a otros como yo los he amado", o "ámense unos a otros porque yo los he amado". De todas formas lo que nos quiere trasmitir que podemos amar como Él ama, porque Él nos amó primero y nos llenó con su amor, y es sostenidos por ese amor que se nos hace posible amar a los demás. Si dependiera solo de nosotros sabemos lo difícil que sería, porque nos cuesta aceptar a los demás tal como son, con sus defectos y virtudes, etc. Sólo sostenidos por su amor es posible amar como Él ama.

Con razón el salmo nos invita a bendecir al Señor, porque "es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas". 

¿Por qué amar como nos pide Jesús? Porque sabemos que es el camino que Él nos regala hacia ese "cielo nuevo y una tierra nueva", donde "Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó". Hacia ese horizonte caminamos, y el camino es el amor.

A este Dios tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a seguir creciendo en la vivencia de este mandamiento del amor; y a María, Madre del Amor, le vamos a pedir que nos regale la capacidad de aceptar a nuestros hermanos tal como son, y amándolos, podamos llegar juntos un día a ese cielo nuevo y tierra nueva donde seremos plenamente felices.