Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

sábado, 21 de octubre de 2017

Domingo XXIX durante el año, ciclo A.

1ª lectura: Libro de Isaías 45,1.4-6; Salmo 96(95),1.3.4-5.7-8.9-10a.10c; 2ª lectura: Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b; Evangelio según San Mateo 22,15-21.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y nos llama, tal como somos, a ser misioneros/as de su amor.

Celebramos hoy el Domingo Mundial de las Misiones, y es una buena oportunidad para reflexionar sobre nuestra vocación misionera.

¡Qué lindo es leer en la profecía de Isaías “Yo te llamé por tu nombre”! Si bien Dios llama a toda la humanidad a una existencia en el amor, este llamado es personalizado, es decir, no llama a una masa de individuos; llama a cada uno/a, con sus defectos y virtudes, por su nombre, como hijos/as amados/as que somos de Él.

¿A qué nos llama? A ser misioneros/as de su Amor, un amor hasta el extremo, un amor que “se la juega”, como vemos en el texto del Evangelio que meditamos hoy.

En este texto encontramos una vez más a los fariseos y sus secuaces tratando de atrapar a Jesús. Su forma de actuar es extremadamente hipócrita. Se acercan a Jesús halagándolo, diciéndolo todo lo bueno que es, tratando de hacerlo entrar en su juego. Jesús, descubriendo su malicia, no se deja enredar en ese mar de palabras azucaradas, sino que va al meollo, denunciando su hipocresía y la trampa que le estaban tendiendo. ¿Cuál es la trampa?: la pregunta que le hacen, es decir: ¿es lícito pagar los impuestos al César o no? Cualquier respuesta por sí o por no dejaba a Jesús en problemas. Si Jesús contestaba que sí, sería acusado de traidor a la causa judía, y de idólatra, al permitir que se “rindiera culto” al César al validar el pago de impuestos con monedas que llevaban su figura. Si contestaba que no, sería acusado de subversivo, de traidor a la causa del Imperio Romano, falta que sería castigada con la muerte; es como un callejón sin salida. Sin embargo, la respuesta de Jesús los pone en un aprieto. Parece simple, pero tiene unas connotaciones muy profundas: “al César lo que es del César; a Dios lo que es de Dios”. Pero, ¿qué es de Dios? La respuesta, una vez más, parece simple pero tiene connotaciones fundamentales: todo es de Dios y, en especial, nuestra vida es de Dios. Por eso, creo que esta respuesta tiene connotaciones que nos permiten reflexionar sobre nuestra relación con Dios, y las “idolatrías” que nos alejan de Él. Por ejemplo: todos tenemos una opción política, o nos sentimos simpatizantes de algún equipo de fútbol; esto es normal, pero estar dispuestos/as a dar la vida por un partido político o un cuadro de fútbol, es otra cosa. Recordemos que sólo Dios no nos falla ni nos falta, en cambio los políticos… Es válido dar la vida por aquello que nos construye como persona, o mejor, por Aquél que quiere que seamos realmente felices; es válido dar la vida por la salvación de nuestros/as hermanos/as, es decir, por su plena felicidad en comunión con Dios y nuestros/as hermanos/as.

A quienes son conscientes de este regalo de amor que es la fe, San Pablo dirige su felicitación, “por haber manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia”; por ser amados por Dios, que ustedes y elegidos/as a ser misioneros/as de su amor, porque éste no sabe vivir sino comunicándose, no resiste ser encerrado de forma egoísta. Por esto el salmista nos invita a anunciar “su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos. Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza”.

 A este Dios que es tan bueno vamos a pedirle que nos ayude a seguir tomando conciencia de su amor; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que fue la primera misionera, que nos regale el coraje necesario para ser misioneros/as de este amor que sana, salva y nos hace realmente felices.

domingo, 15 de octubre de 2017

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario Ciclo A.

1ª lectura: Isaías 25,6-10a; Salmo 23(22),1-6; Filipenses 4,12-14.19-20; Evangelio según San Mateo 22,1-14. 

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama gratuitamente e invita a todos a la comunión en el Banquete de Bodas del Reino.

Recordemos una vez más lo que hemos dicho en cuanto a las diferencias entre una alegoría y una parábola: en la alegoría cada elemento tiene un significado que aporta al sentido del mensaje que se quiere trasmitir; esto no es así en la parábola, donde lo que importa es el mensaje y no los elementos que la integran. Digo esto para no asustarnos con algunas expresiones muy duras que aparecen en el relato.

¿Cuál es, entonces, el mensaje que quiere trasmitir Jesús en esta parábola? 

Jesús denuncia, una vez más, cómo el Pueblo Elegido de Israel se niega a reconocerlo como su Salvador; eligen apegarse ciegamente a la Ley y a las múltiples prescripciones que se habían inventado, dejando de lado la vivencia del amor, y la atenta escucha de la Palabra de Dios. Aún viendo a Jesús hacer cosas que sólo el Enviado del Padre puede hacer, aún así, persisten en su rechazo. Por eso, se autoexcluyen del Banquete de Bodas, y éste es ofrecido a quienes se encuentran en los cruces de camino. Aquí es importante resaltar que todos son invitados, "buenos y malos", es una invitación gratuita, pero que respeta la libertad personal. Sin embargo, para formar parte del Banquete se requiere estar en comunión. Creo que a esto se refiere la expulsión del que no traía traje de fiesta; es alguien que no está en comunión con lo que se celebra, y por esto, se autoexcluye.

Pero a quienes aceptan la invitación, como nos dice Isaías, Dios ofrece "un banquete de manjares suculentos, de vinos añejados, decantados"; porque Él "Destruirá la Muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo". Ésta es la manera como en la Biblia se habla varias veces de la salvación que Dios nos ofrece, una fiesta en la que seremos plenamente felices en comunión con Él y nuestros hermanos.

Por este motivo, con mucha razón el salmista dice que nuestro Dios es nuestro "pastor... que nos hace descansar en verdes praderas, nos conduce a aguas tranquilas, repara nuestras fuerzas, y nos guía por el camino recto, por amor a su nombre... Su bondad y su gracia nos acompañan a lo largo de nuestras vidas". Es que, como dice San Pablo, sólo Él puede "colmar con magnificencia todas nuestras necesidades".

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a reconocer que sólo Él puede hacernos sentir realmente plenos; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que nos regale sentir su ternura que nos preserve de buscar nuestra satisfacción fuera de Dios, para que al final habitemos en la casa del Señor por años sin término.

domingo, 8 de octubre de 2017

Domingo XXVII durante el año, ciclo A.

1ª lectura: Isaías 5,1-7; Salmo 80 (79),9.12.13-14.15-16.19-20; 2ª lectura: Filipenses 4,6-9; Evangelio según San Mateo 21,33-46.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos amó tanto, que envió a su único Hijo para salvarnos por ser fiel al Proyecto de amor del Padre hasta la muerte, y muerte de Cruz.

¿Cuál es ése proyecto? La profecía de Isaías nos lo muestra con la imagen de la viña, que el dueño del campo sembró, regó y cuidó con tanto cariño. Él nos creó por amor para amar y ser felices; ésta era la buena viña que Él plantó. Pero, como hemos dicho varias veces, nuestros primeros antepasados rompieron su relación con Dios, y por eso, “produjeron frutos amargos” en vez de uvas.

Jesús retoma esta imagen de la viña, y la utiliza para denunciar la actitud de las autoridades religiosas, que debían ayudar a llevar al pueblo a Dios, y en vez de eso, rechazó a los enviados de Dios, y hasta llegó a asesinar profetas. Y prosigue anunciando lo que le sucederá a Él mismo: “Por último envió a su hijo, pensando: "A mi hijo lo respetarán". Pero los trabajadores, al ver al hijo, se dijeron: "Ese es el heredero. Lo matamos y así nos quedamos con su herencia". Lo tomaron, pues, lo echaron fuera de la viña y lo mataron”.  Y así, al Hijo lo tomaron, lo sacaron fuera de Jerusalén, y lo mataron colgándolo de la Cruz. Pero gracias a esta fidelidad de Jesús hasta el extremo, nos reconcilió con Dios, y sanó todas nuestras heridas, convirtiéndonos en el pueblo de su heredad, en la nueva viña del Señor. Por esto Jesús se convierte en la piedra angular que los constructores desecharon. Tenemos dos explicaciones de la función de la piedra angular, ambas válidas para representar a Jesús. En primer lugar se deriva de la primera piedra en la construcción de una base de una cimentación de albañilería, importante, ya que todas las otras piedras se establecerán en referencia a esta piedra, lo que determina la posición de toda la estructura. En segundo lugar, podría referirse a la piedra "clave", que es la del medio más alto de un arco, que con su peso y posición sostiene el arco y el techo. En cualquiera de los dos casos, esta piedra es fundamental, tanto como base así como sostén de la estructura. Jesús, "desechado" por las autoridades de los judíos terminó siendo el Principio y Fin de todas las cosas; quién nos dio la vida y por Quien recibimos el acceso a la Resurrección. Al rechazar a Jesús se cumplió lo que Él anunció a los fariseos y otras autoridades de los judíos: "el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos" . El nuevo Pueblo de Dios está ahora formado por una multitud venida de los cuatro puntos cardinales, y quienes habían sido elegidos, decidieron autoexcluirse del Reino inaugurado por Jesús. Pero la dureza de corazón y entendimiento de fariseos y demás autoridades los llevaron a empezar a conspirar contra Jesús, para llevarlo a la muerte.

A nosotros, la fidelidad y el amor de Dios nos sostiene, de manera que podemos decir con San Pablo: "No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. 
Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús"; porque la última palabra no la tiene el mal y la muerte, la última palabra la tiene el amor y la vida gracias a la Cruz y Resurrección de Jesús.



A este Dios que nos ama tanto, vamos a pedirle que habite en nosotros su Espíritu, que custodie nuestros corazones y pensamientos, y nos llene con su paz. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que nos regale sentir su ternura de Madre, y así, como dice San Pablo, que podamos poner en práctica lo que hemos aprendido y recibido, para que la paz de Dios habite en nosotros.

domingo, 1 de octubre de 2017

Domingo XXVI durante el año, ciclo A

1ª lectura: Ezequiel 18,24-28; Salmo 25(24),4-5.6-7.8-9; 2ª lectura: Filipenses 2,1-11; Evangelio según San Mateo 21,28-32. 

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y acepta tal como somosSiento que éste es el mensaje principal del Evangelio que leemos hoy.

Para comprenderlo mejor, situémonos en el contexto. Jesús está hablando con las autoridades de los judíos, con los fariseos y maestros de la ley. Estas personas aparecen en el evangelio discutiendo a cada paso con Jesús, porque a pesar de verlo predicando y haciendo milagros, no lo aceptan como el Enviado por Dios. Estas discusiones “van subiendo de tono”, como en el texto que meditamos hoy.

Repasemos la parábola: un hombre tenía dos hijos a los que pide que vayan a trabajar a su viña. El primero dice no quiero, pero luego va; el segundo dice voy, pero no va. Jesús pregunta quién de ellos habrá cumplido la voluntad del padre. Ellos responden sin dudarlo: el primero; pero con esto entraron en un callejón sin salida. Jesús compara al primer hijo –el que dijo que no, pero después fue- con los publicanos y las prostitutas: éstos, con su vida de pecado dijeron no al Dios predicado por las autoridades, pero aceptan a Jesús y se convierten en sus discípulos; por consiguiente, las autoridades representan a los que dijeron voy, y no fueron: ellos vivieron toda la vida de acuerdo a la ley de Moisés, pero cuando llegó el Enviado de Dios, no lo aceptaron. Lo importante es cumplir la voluntad del Padre, que en San Juan es conocer y creer en Jesús; en Marcos, en seguir a Jesús como discípulos. Son, entonces, los publicanos y prostitutas que aceptaron a Jesús los que cumplen la Voluntad del Padre. Por esto Jesús les dice que los precederán en el Reino de Dios. 

Esto debe haber sido percibido por las autoridades como algo escandaloso, casi como un insulto, pero afirmaciones como éstas son las que hicieron que las autoridades empezaran a conspirar contra Jesús. Es interesante notar que Jesús no dice que estas autoridades serán excluidas del Reino, sino que publicanos y prostitutas entrarán antes que ellos. Jesús no los excluye; son ellos los que deciden autoexcluirse.

Este texto nos deja varias enseñanzas. Por un lado, que Jesús nos ama y acepta tal como somos, con nuestros defectos y virtudes, y aunque seamos muy pecadores, Él nos hace merecedores del Reino. Por otro lado, el ser amados de esta manera es una invitación a amar de la misma forma, como dice San Pablo: “tengan los mismos sentimientos de Cristo”, que siendo rico se hizo pobre para salvarnos, y por su muerte y resurrección reconcilió todas las cosas consigo. Él ya nos ha enseñado: “no juzguen y no serán juzgados, porque la misma medida que usen para medir será usada con ustedes”; porque como dice Isaías ni nuestros pensamientos ni nuestros caminos son los de Dios; los suyos nos superan como el cielo supera a la tierra; y como dice Eclesiastés: “se ven caras y no corazones”, es decir, juzgamos en base a lo que vemos, pero no conocemos las intenciones que hay detrás de cada hecho, o dicho de otra forma, no tenemos todos los elementos para juzgar; Dios sí los tiene.

Además, el salmista nos recuerda que su amor y compasión son eternos; porque Él es fiel, bondadoso y recto; Él muestra el camino a los extraviados y guía a los humildes; enseña su camino a los pobres, porque es nuestro Dios y Salvador.

A este Dios que es tan bueno, le pedimos que nos muestre sus caminos, que nos guíe por las sendas de la fidelidad. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que nos proteja para no errar el camino, y si nos caemos, para que nos ayude a levantarnos.  

domingo, 24 de septiembre de 2017

Domingo XXV durante el año, ciclo A.

1ª lectura: Isaías 55,6-9; Salmo 145(144),2-3.8-9.17-18; Filipenses 1,20b-26; Evangelio según San Mateo 19,30.20,1-16.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama gratuitamente, que respeta nuestros tiempos, y con infinita paciencia nos espera hasta el último momento.

Hace casi dos meses compartí con ustedes la diferencia que existe entre una parábola y una alegoría. Comprender esta diferencia nos ayuda a acercarnos al mensaje que Jesús quiso trasmitir. Recordemos: En una alegoría, cada elemento que la integra tiene un significado propio que viene a hacer su aporte al concepto general que se quiere trasmitir. Al leer una parábola, en cambio, debemos centrarnos en el mensaje que quiere trasmitir, y no dejarnos distraer por los elementos "escenográficos" que envuelven el mensaje.

Si leemos el evangelio de hoy en clave de alegoría, nos enojamos al ver cómo se le paga lo mismo al que trabajó una hora que al que trabajó todo el día. Vemos esta situación como claramente injusta, y al propietario de la viña como a alguien que actúa según su capricho. Pero Jesús no nos propone la alegoría de los trabajadores, sino, una parábola.

Entonces debemos preguntarnos: ¿qué pretende enseñar Jesús con esta parábola? ¿Acaso Jesús quiere hablarnos de la justicia laboral?; ¿acaso quiere denunciar a los patrones caprichosos? La respuesta la encontramos al comienzo del texto: "el Reino de los Cielos se parece..." El mensaje que quiere trasmitir Jesús es sobre el Reino de los Cielos, es decir, en sencillo, sobre el proyecto de amor que el Padre tiene para que seamos plenamente felices en comunión con Él y nuestros/as hermanos/as. Y, ¿cuál es este mensaje? 

Creo que Jesús nos quiere hablar del amor gratuito de Dios, que nos acepta tal como somos, y nos espera con paciencia infinita hasta nuestro último momento. Entonces, "la paga" para un cristiano de toda la vida, como a alguien que se abre a la fe en el último segundo de su vida, es la misma: el Reino de los Cielos, el proyecto de amor del Padre.

Si esto nos parece injusto, es porque como dice el profeta Isaías: "los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes.". Porque como dice el salmista: "El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones", no como nosotros, que somos frágiles, que muchas veces nos equivocamos, que muchas veces no sabemos ver con los ojos de Dios. 

Son muchas, entonces, las razones que tenemos para decir ¡qué bueno es Dios!
A este Dios que es cariñoso con todas sus creaturas, le vamos a pedir que nos ayude a seguir tomando conciencia de su gran amor por nosotros; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, le vamos a pedir que interceda para que nos dejemos guiar como ella por el Espíritu, de modo que vivamos de tal manera, que como dice San Pablo, que Cristo sea glorificado por nuestras acciones.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Domingo XXII durante el año, ciclo A.

1ª lectura: Jeremías 20,7-9; Salmo 63(62),2.3-4.5-6.8-9; 2ª lectura: Romanos 12,1-2; Evangelio según San Mateo 16,21-27.

 ¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y nos acepta tal como somos. Esto es lo que, una vez más, nos enseña este encuentro entre Jesús y Pedro.

El domingo pasado, el evangelio nos mostraba a nuestro querido Pedro, reconociendo en Jesús al Mesías, al Hijo de Dios; y recibiendo la felicitación del Maestro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". Celebramos una de las mejores facetas de Pedro; pero igual que nosotros, da dos pasos y parece echar por tierra el elogio de Jesús. Hoy vemos a Jesús anunciando su Pasión, y nuestro Pedro se "desubica", sale de su lugar de discípulo, se pone en lugar de maestro para corregir al MaestroPor este motivo Jesús, el mismo que lo elogió, le hace una dura corrección: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de tropiezo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres". Lo llama como al Adversario, como al que se opone a los planes de Dios. Muy bien reflexionaba mucho tiempo después San Ignacio de Loyola: "el mal espíritu muchas veces se disfraza de bien". Detrás de una "buena" intención de querer "cuidar" a Jesús, de querer evitarle un "mal", está la sombría intención del mal espíritu de que Jesús no sea fiel al proyecto del Padre (que sea fiel hasta las últimas consecuencias). Por eso, Jesús enseña a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"; el que quiera ser discípulo debe estar dispuesto a asumir las consecuencias que trae consigo ser fieles a la Voluntad del Padre. Porque, añade: ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Este mismo lema inspirará al mismo San Ignacio a dejar una vida "exitosa", para entregarse por completo al Señor.

San Pablo refuerza esta última idea al invitarnos a no tomar como modelo a este mundo, es decir, a no ser seducidos en la búsqueda del prestigio, del poder y del poseer, sino que, nos dediquemos a discernir cuál es la Voluntad de Dios, o sea, buscar lo que es bueno, agradable y perfecto a sus ojos.

El profeta Jeremías nos invita a dejarnos seducir por el Señor, con la experiencia de que cuando lo hacemos, el amor de Dios es en nuestro corazón como un fuego encerrado, y que mueve a San Pablo a decir ¡Ay de mí si no evangelizo!

El salmista nos comparte su experiencia, que lo es nuestra, de la necesidad de Dios. Lo buscamos ardientemente, como busca el sediento al agua; por Él suspiramos como tierra reseca; porque experimentamos su amor, y sabemos que vale más que la vida, que sólo Él puede saciar nuestra alma, que siempre ha sido nuestra ayuda, que somos felices cuando experimentamos que nuestra alma está unida a Él y que su mano nos sostiene.

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a seguir tomando conciencia de su amor que nos acepta tal como somos; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, Madre del buen discernimiento, que nos ayude a abrir nuestro corazón a la inspiración del Espíritu para elegir lo que es bueno, agradable y perfecto a sus ojos.

sábado, 12 de agosto de 2017

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo A

1ª lectura: Primer Libro de los Reyes 19,9a.11-13a; Salmo 85(84),9ab-10.11-12.13-14; Romanos 9,1-5; Evangelio según San Mateo 14,22-33.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos rescata de nuestras tormentas, de nuestras situaciones difíciles y crisis.  

Una vez más meditamos un evangelio cargado de imágenes y conceptos para reflexionar. Veamos:

Inmediatamente antes de este episodio del evangelio sucedieron dos hechos importantes: la muerte de Juan Bautista y la multiplicación de los panes.

La muerte de Juan Bautista fue para Jesús un episodio que suscitó varios sentimientos, el dolor de perder a su primo y precursor, y que fuera de una manera que no le hacía honor a la vida que llevó (recordemos que estaba preso por denunciar la corrupción de Herodes, y éste lo decapitó a pedido de su hija, luego que ésta lo cautivo con su baile). Jesús quería retirarse pero la gente no lo dejó; y Él, al verlos como ovejas sin pastor (según San Juan), sintió compasión, dejó de lado sus necesidades, les predicó, y obró el milagro de la multiplicación de los panes. 
Luego de este episodio, Jesús obliga a los discípulos a cruzar el lago mientras Él se retira al monte a orar. Jesús nos enseña a confiar en manos de Dios nuestras necesidades, preocupaciones, problemas, como un hijo confía en su padre.

Los discípulos comienzan a vivir una serie de situaciones que sabemos bien qué significan: mar, barco, noche, viento en contra = crisis. Los discípulos que a la luz del día ven a Jesús multiplicar los panes y saciar a más de cinco mil personas, ahora, solos en el barco, en el medio de la noche, y con el viento en contra, entran en crisis. Pero Jesús les sale al encuentro: -"Ánimo, no teman, Soy Yo". Jesús sale a nuestro encuentro en las crisis, nos anima y fortalece.
Pedro pide ir caminando sobre el agua hacia Jesús, Éste se lo concede. Y hay aquí una imagen que invito a meditar con profundidad: mientras Pedro tiene los ojos fijos en Jesús, puede superar las adversidades; cuando se distrae con la fuerza del viento, las olas, las dificultades, se hunde. Pedro nos enseña que en nuestras dificultades y crisis debemos mantener los ojos fijos en Jesús y permanecer firmes en la fe; porque cuando nos distraemos de Él y nos centramos en nosotros mismos, en nuestras dificultades, nuestros sufrimientos, etc., nos hundimos, y este hecho está probado por la psicología.
Cuando Jesús sube a la barca el viento se calma. Cuando atravesemos nuestras "tormentas" debemos estar seguros de que Jesús está con nosotros en el barco; si nos damos cuenta de esto, nuestras tormentas se calman.

Pero, muchas veces no nos damos cuenta de su Presencia, porque esperamos alguna manifestación extraordinaria. Elías, en la primera lectura, nos enseña que Dios no elige manifestarse en los grandes cataclismos, sino en la brisa suave, en una brisa respetuosa; como para decirnos que su Presencia en nuestra vida es una brisa suave, respetuosa de nuestra libertad, y que nos exige tener nuestros "sentidos espirituales" atentos a ella.
Por todo esto, pidamos al Señor como el salmista: "Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación"; ayúdanos a darnos cuenta de tu presencia en nuestra cotidianidad. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que supo perseverar firme en la fe a pesar de las dificultades, que nos ayude también a nosotros a crecer en la fe, para que aún en medio de las dificultades podamos decir: "verdaderamente, Éste es Hijo de Dios".