Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

lunes, 21 de marzo de 2016

Lunes Santo.

1ª lectura: Isaías 42,1-7; Salmo 27(26),1.2.3.13-14; Evangelio según San Juan 12,1-11.

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que por amarnos tanto, acepta nuestras muestras de amor, aunque sean irracionales, o alocadas a los ojos de los demás.

La Iglesia nos propone meditar hoy una escena del evangelio hermosa por demás, la cena de Jesús con sus queridos amigos de Betania. Si recordamos, el domingo anterior a Ramos meditamos la resurrección de Lázaro. Hoy los tres hermanos celebran este hecho y ofrecen a Jesús en agradecimiento esta cena. Lázaro no habla, pero su sola presencia dice tanto como para que las autoridades judías planeen matarlo, ya que, muchos al ver a Lázaro vivo comenzaban a creer en Jesús. Marta está sirviendo, pero no como aquella vez en que pidió a Jesús que rezongara a su hermana por no ayudarla en los quehaceres de la casa. Y María… merece un capítulo aparte.

María hace un gesto que incomoda a todos, menos a Jesús. Ella derrama a los pies de Jesús este perfume de nardo puro, que en la época costaba el sueldo de todo un año, y luego los seca con sus propios cabellos. Es un gesto de amor y gratitud fuera de serie. Imagino a Jesús apreciar este gesto con una actitud orante, este gesto lo habrá hecho orar a su Padre, y a su vez contemplar con sagrado respeto el misterio de la libertad humana. Judas se escandaliza, poniendo como excusa la ayuda a los pobres, pero Jesús rescata este gesto y a esta mujer, y anticipa lo que pronto sucederá, su Pasión y muerte.

Hoy la comunidad está reunida en torno a Jesús. En ella hay personas a las que Jesús les cambió la vida: Lázaro, Marta, y María; y otras que se resisten a ello como Judas. Hoy se mezclan la alegría y gratitud de los amigos de Jesús por la vida, y la incomprensión, el odio y los deseos de muerte de quienes rechazan a Jesús. Pero Jesús admitía conscientemente en su comunidad a Judas, porque si Dios no le mostraba su amor, ¿quién lo iba a hacer? Esto para decir que la comunidad nunca es perfecta, y que los que la integramos somos muy diferentes -gracias a Dios- con nuestros defectos y virtudes; pero en definitiva es Dios quien nos ama, y porque nos ama nos llama a vivir en comunidad aceptándonos tal como somos. Por esto, estamos invitados/as a aceptarnos de la misma manera, a respetar nuestras diferencias y relacionarnos con su amor.

De esta manera se cumplirá en nosotros las palabras del profeta Isaías, que si bien están dedicadas a Jesús, perfectamente se aplicarían a nosotros como comunidad-Cuerpo de Cristo: “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él… Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas”. Por esto podemos decir con el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, a quién temeré”.  

Es cierto que vivir en comunidad no es fácil, que no es fácil amar como Jesús ama, pero Él nos da la fuerza. Como también dice el salmista: “Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor”.

Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a amar a nuestros/as hermanos/as de comunidad como Él nos ama, y a María, Madre del amor, que nos ayude a tomar conciencia que “Jesús nos salvó para vivir en comunidad”. 

domingo, 20 de marzo de 2016

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, ciclo C.

1ª lectura: Isaías 50,4-7; Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24; 2ª lectura: Filipenses 2,6-11; Evangelio según San Lucas 22,14-71.23,1-56.


Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que por su gran amor envió a Jesús que nos salvó para vivir en comunidad. 

Pido disculpas a quienes ya me han escuchado decir cosas parecidas. Dios nos creó por amor, para ser felices, viviendo en comunidad con Él. Nos creó para vivir en comunidad. Este era su proyecto. Pero en los inicios de la historia el ser humano quiso sacar a Dios mismo de la comunidad, y hacerse una a su antojo. Así rompió la relación de amistad con Dios, y en consecuencia, si con Dios tenía todo, al romper la relación con Él perdió todo, y se rompieron las demás relaciones: consigo mismo, el ser humano empezó a sentir vergüenza, culpa; con los demás, echó la culpa a los otros; con la Creación, le echó la culpa a la Creación. Esto lo conocemos con el nombre de pecado original, y sus heridas permanecieron en la naturaleza humana. Pero inmediatamente Dios, por su gran amor, prometió que vendría un Salvador que sanaría todas las heridas y reconciliaría al ser humano con Dios.

En la Plenitud de los Tiempos, como dice San Pablo, “Jesús, siendo de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres”… Y siendo igual a nosotros en todo, menos en el pecado, fue fiel al proyecto de amor del Padre hasta la muerte y muerte de cruz. “Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: "Jesucristo es el Señor"”. Lo que celebramos en esta semana santa es que Jesús, siendo fiel, nos salvó, sanó todas las heridas del pecado original, reconcilió todas las cosas con Dios por su Cruz, permitiéndonos vivir en comunidad con Él y con nuestros hermanos. Porque la salvación no es egoísta, ni individualista; la salvación es comunión con Dios y con nuestros hermanos; la salvación es vivir en comunidad con Dios, y con nuestros hermanos, por eso es que decimos: “Jesucristo nos salvó para vivir en comunidad”, y de esta manera ser felices.

Pero la semana santa es también un itinerario para llegar a comprender esta verdad tan profunda. Queremos proponerles descubrir el camino de la comunidad de los discípulos, y el de nuestra propia comunidad en este itinerario de salvación.

Hoy celebramos el Domingo de Ramos. Hoy la comunidad celebra la entrada de Jesús en Jerusalén como el Rey que llega. Pero existe confusión en la comunidad. Ven a este Rey como un líder político, que resolverá la situación del pueblo. Sería bueno preguntarnos como comunidad, si la imagen que nos formamos de Jesús muchas veces es alejada de lo que nos muestra el Evangelio, si pretendemos que Él resuelva nuestra vida como si fuese arte de magia, aún a costa de suspender nuestra libertad. A veces parte de la comunidad, generalmente los que sólo vienen hoy, se confunde con el ramo que se llevan, creyendo casi en sus poderes mágicos, olvidándose que en realidad el ramo nos recuerda el comienzo de una semana, en la que Jesús, por amor a nosotros entregó su vida y nos salvó para vivir en comunidad.

Pero la comunidad de discípulos, confundida ahora por el fervor de la multitud que aclama a Jesús como Rey, siente en su interior que no todo está bien. Jesús anunció tres veces su muerte en Jerusalén, así que frente a los tonos alegres de la fiesta se contraponen los tonos graves de la amenaza del mal y la muerte.

Esta semana no puede ser una semana más. En ella celebramos el centro de nuestra historia y de nuestra vida, en ella celebramos la verdad más real de la historia: Dios nos ama a cada uno/a tanto, que es capaz de dar su vida por cada uno/a; no existe ni existirá nadie que nos ame tanto; su amor es capaz de llenar nuestro corazón; si somos conscientes de esto nunca más nos sentiremos solos, ni poco amados. Celebramos que “me amó y se entregó por mí”, que nos salvó para vivir en comunidad y así ser felices.

Vamos a pedirle a Él que abra nuestro corazón a esta Verdad; y a María, que vivió como nadie este camino mezclado de dolor y alegría, que nos ayude a sentirnos muy amados de Dios, y a comprender que “Jesús nos salvó para vivir en comunidad”.  

sábado, 12 de marzo de 2016

Domingo V de cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Isaías 43,16-21; Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6; Filipenses 3,8-14; Evangelio según San Juan 8,1-11. 

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que gracias al amor fiel de Jesús nos salva de nuestros pecados y nos regala una nueva vida.

Contemplamos hoy otra escena formidable del evangelio, que merece una meditación mucho más extensa de la que ahora podemos hacer. Pero veamos algunos puntos.

Jesús ha venido predicando sobre la misericordia del Padre, con palabras y obras, y ha anunciado la salvación a los pobres de Dios, a todos aquellos que el fariseísmo había excluido. Esto fue visto por ellos como una amenaza, y comenzaron a buscar la forma de deshacerse de Jesús. Como no encuentran motivos reales de qué acusarlo, comienzan a tenderle trampas.

La trampa que hoy le tienden a Jesús está muy bien pensada. Responda lo que responda Jesús, estará en problemas. Veamos:

Le presentan a Jesús a una mujer hallada en flagrante adulterio. La ley de Moisés era clara, y la sentencia para esta mujer es muerte por lapidación. ¿Y Jesús? ¿Qué dirá al respecto? Si dice que no hay que ejecutarla, como imaginamos, lo acusarán de estar en contra de la ley de Moisés, y por lo tanto, no sería el Enviado de Dios, porque niega la ley que es palabra de Dios para ellos; el Mesías no puede negar a Moisés. Si responde que sí, tiene dos problemas: por un lado, se niega a sí mismo, y toda su predicación, quedando por un farsante; y por otro, tendría problemas con los romanos, que en el tiempo de Jesús se reservaban la sentencia a muerte. Como vemos, parece una trampa sin escapatoria. Por eso, más admiración nos despierta la respuesta de Jesús: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra". "Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos". Y de esta manera, Jesús nos enseña que nuestra justicia es limitada. Nosotros juzgamos a partir de los que vemos, es decir, a partir de las evidencias; pero hay elementos que se nos escapan, esto es, qué es lo que pasa por la mente y el corazón de la persona, elementos que Dios sí conoce, y por eso, su justicia es perfecta. Por este motivo, una y otra vez, Jesús nos enseña de palabra y de obra, que no debemos juzgar a nuestros hermanos, que sólo Dios lo puede hacer. Es cierto, la mujer fue encontrada en flagrante adulterio, las evidencias la condenan, pero ¿qué llevó a esa mujer a esa situación?, ¿qué estaba en la mente de la mujer?, cómo se sentía?, ninguno de estos elemento están en el juicio de escribas y fariseos.

El diálogo posterior que Jesús mantiene con la mujer es sanador en todo sentido: primero, al dialogar con ella, le reconoce su dignidad de persona, la admite como a un interlocutor válido, la que no tenía voz por el juicio de fariseos y escribas, la recupera gracias al Maestro; segundo, Jesús rompe la barrera machista que impedía a un hombre a hablar con una mujer extraña; y tercero, la invita a una vida nueva, le ofrece el perdón, pero la invita a cambiar de vida.   

Así, una vez más, Jesús cumple las escrituras: "abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas", "hizo algo nuevo", puso un camino "en el desierto y ríos en la estepa", lo hizo para salvar a esta mujer, y a todos nosotros. Por eso, el salmista nos invita a decir, "El Señor hizo grandes cosas por nosotros".

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale ser misericordiosos como lo es Él; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a no juzgar, a entender que hay elementos que se nos escapan, y que sólo Dios conoce.

sábado, 5 de marzo de 2016

Domingo IV de cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Josue 5,9a.10-12; Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7; 2ª lectura: Carta II de San Pablo a los Corintios 5,17-21; Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que en su infinita misericordia, como Padre bueno, nos espera con los brazos abiertos para recibirnos cada vez que nos alejamos.

El texto del evangelio que hoy meditamos, es la llamada "Parábola del Hijo Pródigo", y es un texto que nos daría para hacer un retiro espiritual, dada la profundidad de su simbología; pero intentaré no extenderme mucho.

Recordemos que en la parábola lo que importa es el mensaje que quiere transmitir, a diferencia de la alegoría donde cada elemento tiene su propio significado. Por esto, no tenemos que dejarnos distraer por la "escenografía". 

Nuestra primera reacción a la parábola, seguramente será ponernos del lugar del hijo mayor, y reclamar ante la "injusticia" que significa el festejo del regreso del irresponsable del hijo menor. Pero ésta, es la reacción normal ante una lectura superficial del texto; cuando uno profundiza en él, descubre una historia muy distinta.

Es cierto que las actitudes del hijo menor son muy reprochables: pide su parte de la herencia, que iba a recibir luego de fallecido el padre, es como si dijera que para él, ya está muerto; se va a un país lejano, rompe la comunión con su familia, es como si renegara de ella, y de la vida compartida con ella; gastó todos sus bienes en una vida que lo deshumanizó; y en el fondo de la crisis, en vez de pensar en pedir perdón al padre, piensa en que éste lo trate como a uno de sus trabajadores.

Pero miremos el texto como Jesús quiere que lo miremos. El padre de la parábola es Dios Padre, que nos regala la vida en herencia, sin merecerlo de nuestra parte. ¿Quién es el hijo menor? ¿Quién es el mayor?

El hijo menor representa al hijo que rompe la relación con el Padre, es decir, peca. Ahora bien, los únicos dos que nunca rompieron su relación con Dios son Jesús y María; por lo tanto, el hijo menor nos representa a nosotros. Tenemos que admitirlo, para poder estar dispuestos a recibir el abrazo del perdón del Padre. En caso contrario, nos creeremos perfectos, como el hijo mayor, que aparentemente nunca se alejó del Padre, pero por su reproche demuestra que todo este tiempo que permaneció junto a él, estaba a disgusto, esperando cobrar una recompensa. Sin saberlo, afectivamente, el hijo mayor también se había ido lejos.

Todo esto nos enseña dos etapas de un proceso: primero, estamos llamados a reconocer con sinceridad nuestra debilidad y pecado para; segundo, abrirnos al perdón que Dios nos quiere ofrecer. Por esto, San Pablo nos dice que "El que vive en Cristo es una nueva criatura"... porque Dios "nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación"... "somos, entonces, embajadores de Cristo"... para aconsejar a nuestros hermanos: "Déjense reconciliar con Dios".

El amor misericordioso de Dios es un regalo tan grande que nada que hagamos nos hace merecedores de él: pero es un regalo, es gratuito. Por eso, el salmista nos invita a decir: "Bendeciré al Señor en todo tiempo... Busqué al Señor: El me respondió y me libró de todos mis temores, que lo oigan los humildes y se alegren... Miren hacia Él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán. Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias". Pero como digo siempre: es un regalo y una tarea. Estamos llamados a ser misioneros de este amor, que es el único que nos sana y salva.

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale reconocer nuestra debilidad y pecado, para abrirnos a su abrazo misericordioso; y a María, Madre de misericordia, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor, para tantos hermanos y hermanas que tanto lo necesitan.

sábado, 27 de febrero de 2016

Domingo III de cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Éxodo 3,1-8a.13-15; Salmo 103(102),1-2.3-4.6-7.8.11; 2ª lectura: Carta I de San Pablo a los Corintios 10,1-6.10-12; Evangelio según San Lucas 13,1-9.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es misericordioso y nos tiene una paciencia infinita.

Seguimos avanzando en este Tiempo de Cuaresma, y el texto de hoy nos invita a meditar sobre la paciencia y misericordia que Dios nos tiene.

La mentalidad de los judíos de la época de Jesús era muy concreta, y consideraba que cada uno tenía la vida que merecía; por lo tanto, a los que le iba bien eran bendecidos por Dios, y a los que le iba mal era debido a su pecado o el de sus padres. Es un razonamiento simplista, completamente falso, como lo demuestra la experiencia cotidiana, o como ya lo había hecho la Sagrada Escritura en el libro de Job, tratando el sufrimiento del inocente. Pero no nos escandalicemos de aquellos judíos, porque aún hoy mucha gente, y mucha cristiana, sigue sosteniendo esto, y cuando algún hecho negativo nos sorprende, muchas veces es nuestra primera reacción "algo habrá hecho", "se lo merecía", etc. Insisto en que la realidad nos muestra día a día la falsedad de este razonamiento, cuando vemos tantos inocentes sufrir y tantos culpables teniendo éxito; y ésto sin que Dios tenga responsabilidad, ya que , Él respeta nuestra libertad, y permite que estas cosas ocurran.

Zanjada esta cuestión, Jesús nos invita a reflexionar sobre la misericordia de Dios. Él es un Padre bueno, que espera hasta el último momento nuestra conversión, y aunque caemos, una y otra vez, nos regala una nueva oportunidad. Sin embargo, como he dicho muchas veces, esto no es una "vía libre" al pecado, es decir, es falso pensar "pequemos, igual Dios nos perdona". San Pablo una y otra vez nos exhorta, como hoy: " no nos dejemos arrastrar por los malos deseos... No nos rebelemos contra Dios"... "somos hijos de la Luz", comportémonos como tales.

En este año estamos llamados especialmente a ser misioneros de la misericordia. Recibimos este llamado como lo recibió Moisés. Dios ha visto la opresión de nuestro pueblo, y nos pide anunciarles su amor y misericordia, la única que nos libera y salva. Porque, como dice el salmo: "El Señor hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos;... El Señor es bondadoso y compasivo,  lento para enojarse y de gran misericordia; Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por nosotros".

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a comprender su amor y misericordia por nosotros, y a ser misericordiosos como lo es Él; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor para tantos hermanos que aún no lo conocen.

domingo, 21 de febrero de 2016

Domingo II de Cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Génesis 15,5-12.17-18; Salmo 27(26),1.7-8.9abc.13-14; Filipenses 3,17-21.4,1; Evangelio según San Lucas 9,28b-36.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que hoy nos dice a cada uno "Tú eres mi Hijo, mi elegido".

Ésta no es sólo una hermosa frase para sentirnos bien; es nuestra más profunda identidad. Lo sabemos gracias a San Pablo, que nos enseñó que por el Bautismo pasamos a formar parte del Cuerpo de Cristo, y a partir de este hecho, todo lo que se diga de Jesús se puede decir de nosotros, en cuanto miembros de Cristo. Por esto, con toda propiedad podemos decir que estas palabras del Padre están también dirigidas a cada uno de nosotros: "Tú eres mi Hijo, mi elegido". 

Meditamos en el texto del evangelio de hoy el misterio de la Transfiguración, en el cual, Jesús deja entrever su naturaleza divina a Pedro, Santiago y Juan. Los especialistas dicen que éste fue un gesto de Jesús para prepararlos al difícil momento de la Pasión. Nuestro querido San Pedro, una vez más hace gala de su impulsividad, y le pide a Jesús hacer tres carpas para quedarse en esa situación. Es perfectamente comprensible. Está con Jesús, se siente en el Cielo; ¿qué hay de malo en su planteo? Que sin saberlo él (Lucas dice que Pedro no sabía lo que decía, es decir, no había pensado en el alcance de su afirmación), es una actitud egoísta. Me explico. Quedarse en esa situación, soñada para Pedro, implicaba que Jesús no cumpliera su misión, no nos amara hasta la muerte y muerte de Cruz, y no nos habría salvado. Evidentemente, Pedro no tenía ni idea de estas consecuencias. Pero Jesús sí tenía clara su misión, por eso los invitó a bajar del monte y continuar cumpliendo la Voluntad del Padre.

En este segundo domingo de cuaresma, meditar este texto es una invitación para que nosotros también nos preparemos, que teniendo en el horizonte la Resurrección asumamos con toda su profundidad la Pasión y Muerte de Jesús.

Este episodio, entonces, en la vida de los discípulos es una oportunidad para hacer lo que más tarde nos enseñaría San Ignacio de Loyola: en tiempos de satisfacción espiritual (consolación) reservar fuerzas para los momentos de crisis (desolación). Es un excelente consejo para vivirlo nosotros.

Pero las lecturas de hoy nos aportan otros hermosos consejos para nuestros tiempos de crisis. En la primera lectura contemplamos a Abram , un anciano que no esperaba nada nuevo de la vida, al que Dios sorprende con su llamado y una nueva misión. Obviamente Abram se debe haber sentido desconcertado, como nos desconcertamos nosotros en las crisis. En esos momentos, recordemos las palabras de nuestro Dios: "Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas"; como para decirnos "levanta la mirada, sal del encierro de tus preocupaciones, contempla la inmensidad y belleza de la Creación, y aún así, nosotros somos su creación más amada". Por eso, el salmista nos invita a decir "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?... El Señor es el baluarte de mi vida... tú, eres mi ayuda". Y cuando la angustia parezca oscurecer nuestra mirada, recordemos el consejo del salmista: "Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor". Espera en el Señor porque Él no nos abandona nunca, porque Él es fiel a sus promesas..

San Pablo nos recuerda que "El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso", como en las Bodas de Caná, tomará nuestra pobre agua y la transformará en el vino mejor. Pero para hacernos beneficiarios de esta promesa, San Pablo nos exhorta "hermanos míos muy queridos,... perseveren firmemente en el Señor"

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a tomar conciencia de su amor; y a María, Madre de la Luz, le vamos a pedir que nos ayude a perseverar como ella, firmes en la fe.
  

domingo, 14 de febrero de 2016

Domingo I de Cuaresma, ciclo C.

1ª lectura: Deuteronomio 26,4-10; Salmo 91(90),1-2.10-11.12-13.14-15; 2ª lectura: Romanos 10,8-13; Evangelio según San Lucas 4,1-13.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que por amor a se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado, y vivió todo lo que nosotros vivimos, incluso las tentaciones.

Estamos en el inicio del tiempo de Cuaresma, tiempo de preparar el corazón para celebrar el acontecimiento más importante de nuestra vida: la entrega del Amor que nos salvó, la Pascua.
Queremos acercarnos a Dios, pero el mal espíritu nos quiere alejar y nos tienta.

Meditamos en el evangelio las tentaciones de Jesús, que los estudiosos dicen no constituir un hecho puntual, sino que estas tentaciones estuvieron presentes a lo largo de toda su vida. Veamos:

1) "Convertir las piedras en pan". La tentación de utilizar su poder de manera mágica para resolver los problemas. Leído así parece muy burda, pero en el fondo está la pregunta que se hacen tantos: si existe Dios, ¿por qué hay hambre en el mundo? Luego de la multiplicación de los panes, Jesús reprende a quienes lo siguen solo porque les dio pan hasta saciarse y no por sus palabras de vida. Es que su misión no era erradicar el hambre del mundo; ésa es nuestra misión, porque Él creó alimentos para todos, pero que existan personas al borde de la muerte por la hambruna es fruto del egoísmo del ser humano, y Dios lo permite por un misterio difícil de comprender: la libertad humana. Es que si Dios resolviera nuestros problemas de manera "mágica" (como "Deus ex machina") anularía nuestra libertad, y perderíamos la dignidad de personas que Él nos regaló, porque sólo puede amar quien es libre. Por esto, "no solo de pan vive el hombre".

2)  "Te daré todo este poder". La tentación de dominar y oprimir, de utilizar el poder para beneficio personal. Luego de la multiplicación de los panes quisieron tomar a la fuerza a Jesús para proclamarlo rey. Muchos esperaban que Jesús fuese el libertador de Israel a fuerza de persuasión y espada. Pero como dice San Pablo: "Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres". "Él, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza". El poder de Jesús, es un poder que se hace servicio, por amor, para salvarnos. Todos poseemos cierta porción de poder: ¿cómo lo ejercemos?

3)  "Si tú eres Hijo de Dios, tírate..." El mal espíritu es astuto, y utiliza la Palabra de Dios para tentarnos, como diciéndonos, "si es cierto que Dios te ama, entonces no puede permitir que te pase nada malo". Es una tentación muy presente en nuestra vida. Dijimos que Dios nos creó libres para amar; por esto, no nos guarda en una "cajita de cristal" para que no nos pase nada. Pero cuando sufrimos algún accidente, o pasamos por alguna experiencia que consideramos negativa, experiencias propias de la vida, nos surge esa pregunta fruto de nuestra emoción afectada "¿por qué Dios permitió esto?, ¿por qué no me protegió? Esto hace que nos enojemos y nos alejemos de Dios, dejando satisfecho al mal espíritu. Jesús nos invita a apoyarnos en su Palabra. Su amor sostiene nuestra existencia.

Jesús venció las tentaciones siendo uno de nosotros, enseñándonos que también nosotros podemos vencerlas con su ayuda. Porque, como dice San Pablo, "La Palabra está en tu boca y en tu corazón... El que cree en él, no quedará confundido... todo el que invoque el nombre del Señor se salvará"

Por esto, cuando sintamos que nos acecha el peligro recordemos las palabras del salmista: "En el peligro, Señor, Tú estás conmigo"; Él es nuestro refugio, nos cuida en todos nuestros caminos, nos defiende y protege.

A Dios, le pedimos Gracia para mantenernos firmes en la fe; a María, le pedimos que nos ayude a tener un corazón dispuesto para recibir su Palabra, la única que nos sana y salva.