Comentarios a las lecturas de la Misa diaria.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Miércoles de ceniza.

1ª lectura: Joel 2,12-18; Salmo 51(50),3-4.5-6a.12-13.14.17; 2ª lectura: Carta II de San Pablo a los Corintios 5,20-21.6,1-2; Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos regala un tiempo propicio para la reconciliación.

Comenzamos hoy el tiempo de Cuaresma, estos cuarenta días de preparación antes de la Pascua, un tiempo propicio para revisar nuestra vida y buscar la reconciliación con Dios y nuestros hermanos. Es un tiempo de preparación, de reflexión y de aprendizaje. La Iglesia nos ofrece no sólo la escucha de la Palabra de Dios, sino también tres gestos concretos, que nos ayuden a externalizar nuestro proceso: el ayuno, la limosna y la oración. Como leímos en el Evangelio, son los tres gestos de los que habla Jesús; pero también escuchamos de Él la recomendación de que estos gestos sean para ofrecércelos a Dios, y no para que los demás digan "¡qué santo es!". Nuestro Padre, que ve en lo secreto conoce nuestras intenciones, y como dice el libro de Joel, quiere que cambiemos el corazón y no las vestiduras.

Es un tiempo para identificar aquellas prácticas que van en contra del Proyecto de Dios (la felicidad plena o salvación), es decir, para descubrir el pecado en nuestra vida. El pecado es aquello que hacemos intencionalmente, con plena conciencia, de que estamos rompiendo nuestra relación con Dios, con nuestros hermanos, con la Creación o con nosotros mismos. Como ya dije, si bien el pecado muchas veces nos reporta pequeñas gratificaciones inmediatas, nos aleja de la verdadera felicidad, y nos paraliza en el camino de conseguirla. Hacer un examen de conciencia, y reflexionar sobre nuestro pecado, lejos de ser una práctica masoquista, es ya el inicio de la sanación, ya que, identificar nuestros problemas es ya "medio camino" para la sanación. Una vez identificados, pedimos perdón por ellos, tratamos de identificar qué cosas están "en la raíz"y nos llevan al pecado, y pedimos la gracia necesaria para sanar y no volver a caer en ellos. Aún, esto no alcanza.

La naturaleza humana pide signos concretos y visibles del perdón. Nuestro Dios, conociéndonos a fondo, en su infinito amor, y de acuerdo a la pedagogía de la Encarnación, nos dejó en la Iglesia signos concretos y visibles de su amor y perdón: los sacramentos. El sacramento de la Reconciliación responde a nuestra necesidad y a la pedagogía de Dios. Además, no existe pecado que no dañe a la comunidad, ya que, por el Bautismo, formamos un Cuerpo. La frase "yo le confieso mis pecados solo a Dios", refleja una actitud que no nos sana, sino que al contrario, muchas veces se convierte en "una vía libre" para seguir haciendo aquello que rompe nuestra relación con Dios, lastima a la comunidad y nos aleja de la felicidad. También se dice no querer confesar los pecados a un hombre tan pecador como uno; pero es Dios, el que, teniendo en cuenta nuestra naturaleza y por la pedagogía de la Encarnación estableció el Sacerdocio, para que, hombres comunes y pecadores actúen en la Persona de Cristo. Es la Persona de Cristo quien escucha nuestra confesión y nos otorga el perdón, a través de la voz humana y concreta del hombre sacerdote, y por el Sacramento de la Reconciliación, actualizamos en nosotros los efectos de la Cruz, es decir, de ese amor hasta el extremo de Jesús que reconcilió todas las cosas consigo.

La Cuaresma es, en palabras de San Pablo, un tiempo favorable, para "dejarnos reconciliar con Dios", Él que, en palabras de Joel, "es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad".

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos regale la gracia necesaria para buscar la reconciliación; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, le vamos a pedir que tengamos un corazón atento a la Palabra del Señor, la única Palabra que sana y salva.

domingo, 31 de enero de 2016

Domingo IV del tiempo Ordinario, ciclo C.

Primera lectura: Jeremías 1,4-5.17-19; salmo: 70,1-4a. 5-6ab. 15ab .17; Segunda lectura: 1 Corintios 12,31-13,13; Evangelio: Lucas 4,21-30.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que ya antes de nacer nos eligió y consagró, para ser sus hijos y misioneros en el amor.

Este misterio grandioso es lo que nos enseña el profeta Jeremías en la primera lectura de hoy. Una vez más, si tomásemos real conciencia de lo que significa, muchas cosas en nuestra vida cambiarían.
Conozco una niña de cinco años que ya lo tiene claro. Se llama Catalina. Al ver fotos de su familia anteriores a su nacimiento se preguntaba dónde estaba ella, y le angustiaba no verse con sus padres y hermanos. La solución que encontró, sin duda inspirada por el Espíritu Santo que desde el bautismo habita en ella, fue una versión propia de esta profecía de Jeremías. "Cuando sacaron esta foto, yo estaba en la mente de Dios", una respuesta brillante, que a mí, por ejemplo, después de estudiar cinco años teología, no se me había ocurrido; porque ella no repite la profecía, sino que la vive como realidad que es. A otros como yo, entenderlo intelectualmente se nos hace fácil, pero vivirlo afectivamente como Catalina, se nos hace muy difícil. Pero es nuestra más profunda identidad: antes de nacer fuimos soñados por Dios; Él soñó, deseó, amó nuestra existencia. Existimos porque Él nos ama. No existe lo que algunas personas dicen: "soy un accidente de la naturaleza"; "soy el producto de una borrachera"; ¡no!: existo porque Dios me ama y me llamó a existir. Si se tomara conciencia de esto, ya no habrían personas que se preguntasen cuál es el sentido de la vida; tampoco habría gente que sintiera que no le importa a nadie; ni nos sentiríamos un número en una cultura que cosifica. Nuestra más profunda identidad es la de ser hijos amados de Dios.

Como digo siempre: éste es un regalo que no hemos hecho nada para merecerlo; pero es también una tarea, porque Dios nos creó por amor, para amar como Él ama y ser felices.

Nosotros hemos tergiversado y diluido el concepto de amor, y lo utilizamos indebidamente cuando decimos "amo mi computadora, mi auto, mi trabajo, mi equipo de fútbol", etc. Pero el verdadero amor al que Dios nos llama es el que nos enseña el Apóstol San Pablo en su hermoso himno al amor: un amor que se entrega, un amor que promueve al otro. Éste es un amor que va contracorriente, como vemos reflejado en el texto del evangelio que hoy compartimos. El amor que muestra Jesús, amor que no discrimina, amor que promueve y salva, encuentra resistencia en quienes debían ser sus primeros destinatarios, y su vida corre riesgo por amar así. Pero su amor es fiel hasta las últimas consecuencias, y por eso, es el amor que nos sana y salva.

Con razón el salmista nos invita a decir: "Mi boca, Señor, anunciará tu salvación... Él es nuestra Roca y nuestra Fortaleza... Él es nuestra esperanza y seguridad... Desde el vientre materno fue nuestro Protector".

A este Dios que nos ama tanto, le pedimos una vez más tomar real conciencia de su amor por nosotros ya antes de nacer; y a María, Madre del amor, que nos ayude a ser como ella, misioneros de este amor, el único que nos sana y salva.

domingo, 10 de enero de 2016

Bautismo del Señor, ciclo C.

1ª lectura: Isaías 40,1-5.9-11; Salmo 104(103),1b-2.3-4.24-25.27-28.29-30; 2ª lectura: Carta de San Pablo a Tito 2,11-14.3,4-7; Evangelio según San Lucas 3,15-16.21-22.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que hoy nos dice a cada uno, "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".

Varias veces lo he dicho, y lo seguiré repitiendo, ya que ésta es una de las verdades que es más difícil integrar a nuestra vida. Otras cosas se nos hacen más fáciles: reconocer nuestra debilidad y nuestro pecado, por ejemplo, ya que los tenemos ante nuestros ojos todos los días. Comprender intelectualmente que somos hijos amados de Dios es relativamente fácil, pero asumirlo afectiva y existencialmente es un proceso más largo. Y debe quedar claro que no es sólo una idea bonita para reconfortarnos; es una verdad que la Iglesia a trasmitido desde los primeros tiempos, ya que, gracias al Bautismo pasamos a formar parte del Cuerpo de Cristo, y a partir de allí, todo lo que se diga de Cristo de puede decir de nosotros, miembros de su Cuerpo. Es ñesta nuestra más profunda identidad: somos hijos muy amados de Dios.

En Jesús se cumplen todas las promesas que los profetas nos trasmitieron, como la que leímos hoy. Isaías nos dice que Jesús es quien viene a consolar a su pueblo, a revelar la gloria de Señor, a apacentarnos como Buen Pastor. Él es la gracia que se nos ha manifestado, como dice San Pablo. Él se entregó por nosotros para liberarnos de toda la iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo de elegidos, un Pueblo de hijos amados. Él nos hizo renacer por el Bautismo y derramó abundantemente el Espíritu Santo. Y todo esto, no porque lo merezcamos; no podemos hacer nada para merecerlo. Es Dios, en su infinita misericordia, que nos regala tanto amor. Es gratuito, pero no obligatorio, es decir, se regala gratuitamente a todos, pero no obliga a nadie a recibirlo. Por esto, estamos llamados a responder con decisión a este amor, aceptarlo.

Pero como he dicho otras veces, es un regalo, a la vez que una tarea. Es que el amor de Dios "no sabe vivir sino comunicándose" (Venerable Baltasar Pardal), desde la Creación, gran acto de amor de Dios, hasta la entrega de amor en la Cruz, hasta nuestra propia existencia, son actos de comunicación del amor de Dios. Es un amor que no resiste ser guardado egoístamente, sino que pide salir, comunicarse.

Por esto, hay otras palabras de hoy que también están dirigidas a cada uno de nosotros: "¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice el Señor! Hablen al corazón del hombre", díganle "¡Aquí está tu Dios!", a tantas personas que viven sin sentido, sin rumbo, que andan como ovejas sin pastor; para anunciarles que sólo Dios llena de sentido nuestra vida, sólo Él nos puede hacer plenamente felices.

A este Dios que es tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a tomar cada vez más conciencia de su amor; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que fue la primera misionera de Jesús, que nos ayude a ser dignos misioneros de este amor que es el único que nos sana y salva.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Primeras 100 razones para decir ¡Qué bueno es Dios!

Nos acercamos al final de este año, y como no podré volver a publicar hasta enero, comparto con ustedes esta nube de palabras, con las cerca de cien razones que he publicao hasta el momento.
Que en esta Navidad puedan descubrir muchas otras razones para decir ¡Qué bueno es Dios!


domingo, 6 de diciembre de 2015

Domingo II de adviento, ciclo C.

1ª lectura: Baruc 5,1-9; Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6; Filipenses 1,4-6.8-11; Evangelio según San Lucas 3,1-6.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que hace maravillas por nosotros.

Seguimos avanzando en este tiempo de Adviento, tiempo de espera y preparación a la llegada del Señor en Navidad. Por eso, hoy escuchamos en el Evangelio la voz de Juan Bautista, esa voz que, como dijo el profeta Isaías, "grita en el desierto": "Preparen el camino del Señor".

Juan predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Hoy Juan nos dice a nosotros "Preparen el camino del Señor", preparen el corazón, saquen de él todo aquello que los aleja de Dios y los hermanos, abandonen los caminos del egoísmo, individualismo, consumismo que llevan a la frustración, y opten por el Camino Verdadero que lleva a la Vida, a la felicidad plena en Jesús. Entonces "todos verán la salvación de Dios".

Por eso, el profeta Baruc nos invita a sacarnos el traje de la angustia y la preocupación, y vestirnos de la confianza en el Dios fiel a las promesas que nos hizo. Nos invita a levantar la cabeza y la mirada hacia el horizonte: el horizonte de la Promesa de nuestro Salvador; a recordar las maravillas que hizo por nosotros, y a llenarnos de alegría con ellas. 

San Pablo nos invita a confiar en que Aquél que inició en nosotros la obra buena, la va a llevar a su pleno cumplimiento.
Con sus palabras le pedimos a Dios que nos ayude a crecer en el conocimiento de su amor, para discernir lo que es mejor, y así ser encontrados irreprochables el día que Cristo; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que por excelencia supo contemplar y proclamar las maravillas que Dios hace por su pueblo, nos ayude a descubrir su presencia amorosa, y las maravillas que obra en nosotros cada día, para que con ella digamos: "proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque hizo en mí maravillas".

domingo, 29 de noviembre de 2015

Domingo I de Adviento, ciclo C.

1ª lectura: Jeremías 33,14-16; Salmo 25(24),1b-6.21; 2ª lectura: 1 Tesalonicenses 3,12-13.4,1-2; Evangelio según San Lucas 21,25-28.34-36.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que, fiel a sus promesas, nos anima y sostiene en medio de las dificultades que vivimos.

http://www.salesianosuruguay.org
Comenzamos hoy el tiempo de adviento, y con él, un nuevo año litúrgico. El tiempo de adviento es un tiempo de espera, y de preparar el corazón para la llegada de Jesús, en un doble sentido: la venida de Jesús al final de los tiempos; y la venida de Jesús en Navidad. Esto se explica porque la liturgia es actualización, es decir, no recordamos simplemente lo que pasó hace dos mil años, sino que celebramos que hoy Jesús nace entre nosotros.

El texto del evangelio que hoy leemos nos invita a reflexionar sobre la Venida de Jesús al final de la historia. Es un texto que presenta características del género literario apocalíptico. Un género literario es como un molde donde el escritor vuelca el contenido a trasmitir. Este molde o estructura presenta unas características propias que lo hacen reconocible. Debemos no dejarnos distraer por estas características, por el molde, y concentrarnos en el mensaje que se nos quiere trasmitir. En los textos apocalípticos, el "molde" está formado por una serie de imágenes impactantes, catástrofes en el cielo, en la tierra, en el mar, muerte, angustia, que no debemos permitir que nos distraigan del mensaje principal. ¿Cuál es este mensaje? En todos los textos apocalípticos la constante es que el mal despliega todo su poder y parece acorralar al bien, parece que el bien va a ser derrotado, pero al final es a la inversa, el bien es el que vence; la sola aparición de Jesús sana y calma todas las situaciones desesperantes. Por esto, paradójicamente, el mensaje de los textos apocalípticos es un mensaje de esperanza.

En el evangelio que hoy leemos debemos concentrarnos en dos grandes mensajes que nos trasmite Jesús:
1)  "tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación". Aunque los problemas nos invadan, aunque haya grandes conflictos a nuestro alrededor, somos invitados a "levantar la cabeza" y mirar más allá, mirar el horizonte, es decir, hacia dónde peregrinamos. Caminamos hacia el cielo y tierra nueva donde no habrá más llanto, ni sufrimiento ni muerte, porque todo lo de antes pasó, peregrinamos hacia la plena felicidad en plena comunión con Dios y nuestros hermanos. Ésta es nuestra esperanza: que la última palabra sobre nuestra vida no la tiene el dolor, el mal y la muerte, sino la Vida y Amor de Dios.
2) "Estén prevenidos y oren incesantemente". Es una invitación a esforzarnos por ser las mejores personas que podamos ser, como si Jesús fuese a aparecer de un momento a otro; a no dejarnos estar, sino, como dice San Pablo, a "crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás".

Todo esto es posible porque somos sostenidos por su promesa, que el profeta Jeremías hoy nos recuerda, la Promesa de que un Salvador nos nacerá, y apoyados en las palabras del salmista:
"Él nos guía por las sendas de la fidelidad".

A Dios vamos a pedirle con el Apóstol San Pablo,  que nos haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, que fortalezca nuestros corazones en la santidad y nos haga irreprochables; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que es la mujer de la espera por excelencia, que nos regale preparar el corazón para que en esta Navidad Jesús vuelva a nacer en nosotros.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo B.

1ª lectura: Daniel 12,1-3; Salmo 16(15),5.8.9-10.11; Hebreos 10,11-14.18; Evangelio según San Marcos 13,24-32.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que, como dice el salmo, está a nuestro lado y por eso no vacilaremos.

Nos acercamos al final del evangelio de Marcos, y al de nuestro año litúrgico. Por eso, el evangelio nos invita a levantar la mirada y mirar hacia el horizonte, es decir, hacia lo que se viene.

El texto que hoy meditamos se encuentra en el capítulo 13, donde Jesús anuncia la destrucción de Jerusalén, acaecida en el año 70 D.C. y el fin del mundo. El género literario que utiliza es el apocalíptico. Un género literario es como un molde en el que se vuelca la masa; es decir, lo importante de este género no es fijarse en las imágenes que nos describe, que son el molde, sino en el mensaje que quiere trasmitir. Este mensaje es "levanta la mirada", aunque el mal parezca avasallarnos, aunque despliegue todo su poderío, aunque parezca reinar el odio y la muerte, al final es el bien y el amor de Dios el que triunfa.

Por eso, el salmista nos invita a confiar en Dios que nos protege, que nos enseña el sendero de la vida y está siempre a nuestro lado. Confiando en Él no vacilaremos.

Pero el evangelio de hoy también nos invita a estar vigilantes, y buscar seguir creciendo en la fe y el amor, a no dejarnos estar, a buscar crecer como si el mundo se fuese a terminar en un instante. Esto, sostenidos en la confianza que nos trasmite la carta a los Hebreos, de que Jesús se ofreció a sí mismo para el perdón de nuestros pecados.

A este Dios que es tan bueno, le vamos a pedir que nos ayude a creer y confiar más en Él; y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que nos proteja y ayude a levantar la mirada, para comprender que la última palabra sobre nuestra vida es la de la Vida y el Amor de Dios para nuestra felicidad.